viernes, 15 de agosto de 2025

Relato: Tristán capítulo 9

 Tristán. Episodio 9: El catálogo


- ¿Se puede, señor?
- Adelante.

Matías, el mayordomo de Don Lope, entró en la habitación del amo, encontrándose con una bonita imagen habitual en la casa. El señor de la casa todavía no se había levantado y se encontraba, aun en pijama, sentado en el borde de la cama acariciando el culo de un chico joven, uno de sus criados, que yacía sumiso sobre su regazo. Por el color muy oscuro de su piel, Matías reconoció enseguida a Kamir, un muchacho de origen pakistaní, el último incorporado al equipo de servicio doméstico de la casa y, probablemente debido al factor novedad, el favorito del amo a la hora de compartir su cama por la noche.

El mayordomo no dejó de percibir un tono más negro de lo habitual en las nalgas del joven, que era el equivalente al enrojecimiento en la piel blanca. Ninguno de los muchachos jóvenes al servicio del amo se habría atrevido a preguntar ni comentar nada, pero Matías tenía ya edad para estar jubilado y trabajaba en la casa desde que Don Lope era casi un niño, por lo que para el amo era más un amigo que un empleado.

- ¿Kamir ha sido desobediente, señor?
- Al contrario, Matías; ha sido muy dulce y sumiso toda la noche; y sabe muy bien como complacer a un caballero por las mañanas. Solo estábamos jugando un poco.

Con la sonrisa satisfecha de quien ha recibido una estupenda felación nada más empezar el día, Don Lope dio unas palmadas cariñosas en el culito pequeño y redondo del muchacho, que se había llevado unos azotes antes de la entrada de Matías, pero no como castigo sino solo por el placer que le proporcionaba al amo el contacto firme de la palma de su mano contra la piel de su sirviente más joven; Kamir acababa de cumplir los 19 años cuando fue comprado por su actual amo en una subasta en la Abadía de frailes especializados en la formación de chicos para el servicio doméstico.

- Le traigo el correo, señor. Parece que hay noticias de la Abadía.
- Es verdad, imagino que mandan el catálogo de este mes.

Para clientes especiales como Don Lope, los frailes seguían editando una versión impresa del catálogo de chicos que estaban finalizando su formación en la Abadía y que estarían disponibles en las próximas subastas. Manteniendo a Kamir todavía sobre sus rodillas, el amo recibió el catálogo, un grueso tomo de papel couché, y lo extrajo del sobre. La portada, en la que se mostraba una fila de colegiales arrodillados sobre sillas e inclinados sobre una serie de pupitres puestos uno al lado de otro en una posición que parecía ser de castigo, con sus traseros en pompa,  cubiertos por un pantaloncito gris muy corto que dibujaba perfectamente el contorno de sus nalgas y mostraba la totalidad de sus muslos desnudos; las pantorrillas las tapaban unos calcetines largos que llevaban casi hasta la rodilla. Las caras de los chicos permanecían ocultas pero los uniformes que llevaban y la piel lisa y brillante de sus piernas evidenciaban su juventud; se encontrarían entre los 18 y los 23 años, las edades más habituales de los aprendices que se formaban en la Abadía.

La muy sugerente foto intensificó la sonrisa en el rostro del caballero, que pensaba para sí que el día no podía empezar mejor; aunque tenía trabajo que hacer, y Matías no tardaría en recordárselo, no pudo evitar abrir el catálogo y buscar otra versión más explícita de la portada, idea que se cruzó tanto por su cabeza como por la de su mayordomo.

- Excelente portada la del catálogo de este mes, señor. Probablemente por razones de pudor han seleccionado una foto donde los chicos todavía tienen el uniforme puesto, pero tal vez en el interior haya variantes más ... atrevidas de la misma imagen.
- Me has leído el pensamiento, Matías. Aquí está, en las páginas centrales.

En efecto en el centro del catálogo aparecía la misma foto de portada, con los mismos chicos en la misma posición y mismo escenario, pero con los pantaloncitos y los calzoncillos bajados hasta la mitad de los muslos, con lo que la parte central de la imagen era una fila de hermosos, redondos y jóvenes culos masculinos desnudos. Dependiendo del tamaño y forma de las nalgas, en algunos casos era claramente visible el ano del muchacho, así como los genitales colgantes; por supuesto, todas las zonas íntimas se encontraban perfectamente rasuradas.

- Magnífica escena, señor.
- En efecto, Matías. La Abadía se ha superado este mes; pero, si mi intuición no falla, todavía no hemos visto lo mejor.

Como había adivinado el sagaz caballero, los frailes todavía se reservaban otro as en la manga. Al pasar la página, se encontraba una tercera versión de la misma imagen, esta vez con las nalgas desnudas atravesadas por marcas horizontales, con toda probabilidad producidas por una vara de considerable grosor. Además varios globos encima de cada uno de los traseros indicaban el nombre del chico azotado y la página del catálogo donde se podía encontrar más información sobre él. 

Don Lope buscó a uno de los muchachos, el que presentaba unas marcas más intensas con varios puntos morados, además de enseñar un precioso ano rosáceo. El chico le sonrió desde la página indicada del catálogo, vestido con el mismo uniforme, un polo blanco, un minúsculo pantalón gris y calcetines muy largos. Se llamaba Diego, tenía 21 años aunque aparentaba aun menos, y una tierna mirada de chico bueno y obediente. El catálogo le dedicaba varias páginas; en la segunda de ellas era visible la misma foto de portada, con el muchacho inclinado sobre un pupitre para ser azotado, antes de que desnudaran su trasero pero, en esta ocasión, desde un ángulo transversal donde eran visibles tanto el cuerpo inclinado como la cara del chico, en la que se apreciaba una expresión temerosa. 

A continuación más imágenes del castigo: primeros planos de las nalgas desnudas, de la cara del joven enrojecida y convertida en una mueca tras recibir el impacto de uno de los azotes, y también un plano más amplio del momento posterior, con Diego ya de pie de cara a la pared frotándose con ambas manos el culo marcado y dolorido, con los pantalones y los calzoncillos a la altura de las rodillas, y girando hacia atrás la cabeza con expresión avergonzada.

No faltaban otras imágenes igualmente sugerentes; una del muchacho desnudo inclinado a cuatro patas sobre la cama, con la cabeza de nuevo vuelta hacia atrás mirando a la cámara con una sonrisa que tal vez pretendía ser insinuante pero se quedaba en tímida, lo cual era muy del agrado de Don Lope, al que no le gustaban los muchachos demasiado orgullosos de lucir su cuerpo. Aunque el caballero se fijaba también en la sonrisa de los chicos, naturalmente era su hermoso trasero, su ano sonrosado y sus genitales colgantes el centro de atención de la foto, que iba acompañada de un texto en el que se resumía la formación y las habilidades de Diego y se recalcaba su carácter sumiso y complaciente.

- Que chico tan guapo; tiene un culo precioso. Tendremos que ver a cada uno de ellos con calma, Matías. Habrá que reemplazar al golfo de Adrián. 

El que había sido hasta hace no mucho el criado favorito de Don Lope había dejado embarazada a su hija. El matrimonio tendría lugar en breve, lo cual había producido una vacante entre el servicio.

- Le echaré un vistazo cuando pueda, señor.
- Por favor, sí. Me fío de tu criterio; y conoces bien mis gustos.

Lo cierto es que Don Lope no era difícil de complacer, ya que tenía unos gustos muy amplios. No tenía ningún prejuicio respecto al origen étnico de los chicos y le gustaba la variedad, y lo mismo respecto al físico: sabía apreciar tanto la delgadez de un joven estrecho de hombros y un tanto aniñado, siempre y cuando tuviera un culito redondo y no plano, como la voluptuosidad de un chico ancho con algún kilo de más, nalgas enormes y un tanto flácidas. Aunque los ojos, y las manos, enseguida se le fueran a los cuartos traseros de los chicos, era siempre al final la expresión de la cara la que decantaba su elección: la inocencia, la sumisión y la búsqueda de autoridad y de una vida ordenada y disciplinada eran lo que le atraía de un chico, y la belleza para él siempre existía en un rostro joven que reflejara estas características. 

- Pero la Abadía le ha mandado otra carta, señor. Y esta sí parece ir dirigida expresamente a usted.

Sorprendido, Don Lope echó un vistazo al segundo sobre, en el que se leía: "Anexo al catálogo mensual individualizado para Don Lope Gil Valverde". Lo abrió intrigado, encontrándose con un pequeño librito mucho más delgado, impreso también en papel especial de fotografía.

La portada consistía nuevamente en un primer plano del trasero de un joven vestido con un uniforme deportivo, muy similar al maillot de un luchador de estilo grecorromano o libre. Una tela elástica diseñada para permitir la máxima movilidad en cada músculo y que por ello se ceñía a la piel resaltando el contorno del cuerpo del deportista. Así la curva y el volumen de las nalgas se mostraba con la misma precisión que si el muchacho estuviera desnudo, pero con un mayor realce que acentuaba su belleza. Ningún título ni texto alguno acompañaban a la imagen, tal vez para no dejar ninguna duda de que esta hablaba por sí misma.

Aunque Don Lope no solía caer en la frivolidad inmadura de puntuar los cuerpos de los jóvenes que le atraían, aquel culo merecía sin duda un 10. Los glúteos realizaban una curva amplia encerrando un volumen relevante, casi exuberante, pero dentro de una proporción armónica que impedía calificar al joven de culón. La carne de las nalgas se apreciaba musculosa pero tampoco en exceso; aunque esto no se podría saber con seguridad hasta tocarla, parecía guardar la proporción de grasa suficiente para aportar cierta blandura. El amo apreciaba los traseros ni demasiado recios ni demasiado blandos sino firmes y esponjosos, y aquel parecía sencillamente perfecto. 

La contraportada mostraba la misma imagen pero ampliada, con toda la parte posterior del cuerpo del chico. Las manos entrelazadas sobre la nuca en posición de sumisión, la espalda desnuda en la zona de los hombros salvo por las asas del maillot, y las piernas desnudas salvo el extremo superior de los muslos. Un cuerpo ni esbelto ni musculoso, con un poco de grasa más de lo ideal pero excelentemente distribuida.

El crush del amo por ese cuerpo, más en concreto por ese culo, fue instantáneo y de una intensidad que sorprendió al interesado, que a sus 55 años se veía demasiado mayor para experimentar ya pasión de ningún tipo. Abrió con cierta ansiedad las escasas páginas del suplemento, que consistían en más fotos del joven todas tomadas desde atrás y claramente centradas en sus nalgas, con ropa sugerente, que no dejaba prácticamante nada a la imaginación, pero sin llegar al desnudo total. Y por fin acompañadas de algo de texto: en letras más grandes se veía el nombre del muchacho, Tristán.

Las primeras páginas mostraban el cuerpo de Tristán vestido con uniforme escolar, reproduciendo de hecho las imágenes de los chicos que componían el catálogo oficial: de nuevo en primer lugar una foto de frente con polo blanco, pantalón gris muy corto que dejaba todos sus muslos al descubierto y calcetines altos hasta justo por debajo de la rodilla. Pero la cara estaba cortada a la altura de la nariz; solo la boca del muchacho era claramente visible. Luego el colegial arrodillado e inclinado sobre un pupitre con el culo en pompa y la cabeza vuelta hacia atrás pero tapada por los hombros; apenas alcanzaban a verse sus ojos.

A continuación otra variante de la misma foto del colegial de rodillas con culo en pompa, pero esta vez con un pantalón todavía más corto, ya sin pernera y con el dobladillo situado en la mitad inferior de las nalgas, dejando parte de las mismas al descubierto; el mismo modelo que empleaba Don Lope en el nuevo uniforme de sus empleados. En esta ocasión era la boca entreabierta la parte de la cara volteada y visible.

En la siguiente foto, se mantenía la misma ropa pero cambiaba la posición de castigo del muchacho, en esta ocasión de pie de cara a la pared y con las manos en la nuca. Una tercera mano masculina, de apariencia fuerte y sin duda perteneciente a un hombre de mayor edad que el chico, aunque todavía joven, tiraba de la cintura del pantalón hacia arriba, levantándolo y dejando la mitad de las nalgas al desnudo.

El resto de fotos mostraban a Tristán con diferentes tipos de ropa interior: boxers ajustados, slips, y por último unos minislips que podrían considerarse de transición hacia un tanga y que consistían en un triángulo que dejaba al descubierto también toda la mitad inferior de aquellas nalgas que tenían encandilado a Don Lope. La palabra continuará, seguida de varios puntos suspensivos, cerraba aquel anexo especial y exclusivo para el amo de la casa.

Don Lope aplaudió mentalmente la astucia por parte de los frailes al dosificar la información sobre aquel muchacho, y tenerlo desde ya esperando en vilo la continuación de aquel folleto, y por otro lado al  invertir la situación típica de presentar a un chico guapo de cara y buscar luego la oportunidad para poder verle el culo, y en su lugar cautivar la atención de un hombre maduro ofreciéndole un magnífico y joven trasero masculino semidesnudo y retrasando luego el mostrar la cara de su poseedor. 

-Muy sugerente este anexo, señor. Los frailes parecen haber sacado a este chico del catálogo y tenerlo reservado para usted.
- Desde luego estoy muy interesado y deseoso de recibir el anexo II, Matías.

Tras un lapso de obnubilación ante este misterioso Tristán, el amo reanudó las caricias sobre las nalgas de Kamir, el sirviente que continuaba desnudo y relajado sobre su regazo, el cual emitió una especie de ronroneo en respuesta.

- ¿Te gusta este chico, Kamir? Le enseñó las fotos de Tristán.
- Tiene un culo muy bonito, amo.
- Desde luego. Me han excitado estas fotos y darte una pequeña azotaina me relajará.

Esta declaración fue suficiente para provocar una erección en Kamir, perfectamente perceptibles para su amo por el roce entre sus muslo y los genitales del joven, que demostraba ser un sumiso nato que disfrutaba de la mezcla de azotes y caricias. Además, el componente de humillación que suponía estar desnudo delante de hombres mayores era muy importante para él, al venir de una cultura en la que la desnudez suponía un tabú muy relevante que se había roto generando a la vez vergüenza y excitación. 

- Déjanos solos, por favor, Matías. Le voy a calentar un poco el culo a este granuja y luego nos ponemos con las tareas del día.
- Por supuesto, señor.

El mayordomo cerró la puerta dejando a amo y sumiso a solas para disfrutar de su juego. Don Lope levantó la mano derecha y la dejó caer con relativa fuerza sobre las nalgas desnudas de Kamir, intensificando su erección y provocando un gemido en el que se entremezclaba el temor al dolor y el deseo de seguir sintiendo el impacto de la mano del amo y el calor que producía en su piel.



martes, 12 de agosto de 2025

Relato: Tristán capítulo 8

Continúa la historia en un nuevo capítulo. Intento que no me queden demasiado largos. 

Capítulo 8: El castigo de Adrián 

Horacio sonrió ante la astucia de su antiguo pupilo, tan hábil a la hora de seducir a hombres maduros como a chicas jóvenes y un tanto bobaliconas, y que iba a conseguir, mediante un sonoro braguetazo, labrarse una posición segura en una de las casas de más prestigio y dinero de la ciudad. Al enterarse de la situación tan comprometida en la que se encontraba su hija, Don Lope había azotado severamente al sinvergüenza de su criado favorito pero se había visto obligado a continuación a dar el visto bueno al matrimonio, con la condición de que su yerno seguiría bajo su batuta y su disciplina. El suegro, como pater familias, mantendría su derecho a castigarlo si no cuidaba debidamente de su esposa y también a acceder a su cuerpo; el joven tendría la obligación de satisfacer, aunque de maneras muy diferentes, los deseos tanto de su esposa como de su suegro.

Adrián era además un astuto narrador que acababa su relato con una detallada descripción de su castigo cuando se descubrió el embarazo de su ahora prometida. Se había escondido en casa de un amigo previendo la airada reacción de su amo, con la intención de dejarse ver unos días más tarde con los ánimos un poco más apaciguados. Pero Don Lope no era tonto y no le costó sonsacar a su hija donde se encontraba escondido su pretendiente. Se presentó con dos de sus sirvientes en la casa del amigo encubridor, llamado Gerardo, que era también un antiguo criado suyo, y, cuando este intentó mentir torpemente y negar la presencia de Adrián en su casa, se llevó dos sonoras bofetadas del que a fin de cuentas seguía considerando como su amo porque había dejado la casa de Don Lope hacía menos de un año. Tras inclinar la cabeza y pedir perdón, demostrando que no había perdido los modales sumisos que le habian inculcado, dirigió a sus dos antiguos compañeros, los criados que acompañaban a Don Lope, a la habitación donde se escondía el joven crápula.

Naturalmente los dos sirvientes escogidos por el amo para esta misión eran corpulentos y redujeron sin problema a Adrián, atreviéndose incluso uno de ellos a empujarlo a rastras ante Don Lope cogido de la oreja. Este útimo, tras propinar otro buen par de bofetones al fugitivo, dio una seña a uno de los criados; tras afirmar con la cabeza, este último sacó del zurrón que llevaba consigo dos trozos de soga y una mordaza que colocó rápidamente sobre la boca del joven huido, sofocando sus quejas y sus posibles gritos mientras su otro compañero lo agarraba con fuerza. El reo, aunque ya silenciado, intentaba inútilmente escapar del castigo que sabía que merecía, pero sus brazos estaban fuertemente sujetos por su compañero más corpulento, mientras el otro procedía a atarlos con una de las cuerdas. La otra iba destinada a los tobillos de Adrián, que fue levantado en vilo y sentado sobre una mesa para posibilitar el acceso a sus pies. En esta ocasión, el propio Don Lope se encargó de sujetar las piernas del fugitivo para evitar el pataleo mientras las cuerdas entrelazaban sus tobillos. Posteriormente una cuerda adicional fue utilizada para unir además las rodillas del joven, añadiendo una garantía extra de inmovilidad.

Reducido y convertido en un fardo fácil de cargar sobre los hombros de su amo, Don Lope se lo llevó así de la casa de Gerardo, su antiguo criado, del cual se despidió con una palmada en la cara, en esta ocasión cariñosa, tras una nueva disculpa por parte de este. 

- Lo siento, amo. Pensé que podía ser una buena idea ocultar unos días a Adrián de su vista hasta que la situación se calmara. Crea que mi intención no era faltarle al respeto. Puede castigarme a mí también si lo ve conveniente.
- Eres un buen chico, Gerardo. Celebro ver que te van las cosas bien y tienes una buena casa. La mía siempre estará abierta para ti si lo necesitas.
- Gracias, amo. Y lamento el comportamiento de Adrián; espero que lo castigue como se merece. Adios, Adrián, y suerte -dio un azote a su compañero a modo de despedida, aprovechando que su posición sobre el hombro de Don Lope realzaba sus nalgas y las ponía muy a su disposición.

Don Lope recorrió contento la calle acompañado de sus dos criados, y también, como no, del tercero arrastrado sobre su hombro mientras le regañaba en voz alta haciendo pública y notoria su condición de fugitivo apresado; para reforzar su charleta, de vez en cuando propinaba un sonoro azote en el culo del joven que le hacía removerse ligeramente. No era inhabitual que algún sirviente, sobre todo los más jóvenes o los de menos peso, fueran transportados de esta guisa como ejemplo para cualquier otro criado que se propusiera escaparse o desobedecer.

Una vez en casa, Adrián fue desatado bajo la supervisión del amo y la colaboración de los dos sirvientes que lo habían acompañado, así como de un tercero como refuerzo ante un posible forcejeo, para ser desnudado, colocado sobre el banco de castigo y atado al mismo. El banco constaba de dos niveles; el primero servía para poner de rodillas al criado y el segundo para inclinar la mitad superior de su cuerpo desnudo. Un par de cinchas resistentes de cuero sujetaban firmemente a la estructura los muslos del joven; lo mismo con las pantorrillas, y dos pares de cinchas impedían a su vez que el torso se separara de la superficie del banco. Por último, en la parte superior del aparato existía un cepo para aprisionar el cuello del muchacho. Como resultado, sus nalgas desnudas, porque en el banco siempre se ataba a los chicos completamente desnudos, quedaban ofrecidas y destacadas, en una posición idónea tanto para azotar al joven como para violarlo.

Dada la especial gravedad de la falta, Don Lope mantuvo a su criado más díscolo y desvergonzado expuesto en el banco de castigo sin anunciar durante cuánto tiempo. Mientras, mandó a Matías, su mayordomo, el único hombre maduro de la casa aparte del amo, que preparara "con paciencia y cariño" un haz de varas recio y adecuado para la ocasión.

Adrián no pudo ver pero sí imaginar la sonrisa de satisfacción de Matías, un gran amante de la técnica de lo que los anglosajones denominan "birch", un haz de tres o cuatro varas de madera unidas y enlazadas formando un único instrumento de castigo. El mayordomo había sido de los afortunados instruidos en el arte de seleccionar las ramas de árbol adecuadas, acondicionarlas eliminando con cuidado los salientes, nudos y protuberancias, recortándolas para proporcionar a todas la misma longitud, ponerlas en remojo para aumentar su flexibilidad, y unirlas en una especie de trenza. El haz de varas había sido en su momento todo un descubrimiento para Don Lope, que escuchó con mucho interés las explicaciones de su mayordomo respecto a su elaboración y su gran efectividad e impacto, que lo hacía idóneo para las faltas más graves de los jóvenes. 

Aproxidamente un par de horas más tarde, aunque Adrián, desnudo y amordazado en el banco de castigo, no tenía noción del tiempo y no pudo calcularlo hasta que se lo relataron posteriormente, el mayordomo presentó ante Don Lope un estupendo haz de cuatro varas para ser utilizado en las nalgas desnudas del que hasta entonces había sido el criado favorito del amo. Todo el personal de la casa, un total de seis jóvenes sirvientes, además de Matías, fue convocado para presenciar el castigo. Cuando uno de los criados retiró la mordaza de la boca de Adrián, este, que ya conocía las tradiciones de la casa, supo que era porque su castigo iba a tener lugar. Al amo le gustaba oír los quejidos de los chicos cuando los azotaban.

Este tipo de correctivos formales eran bastante diferentes de las azotainas habituales en la casa, en las que el amo o Matías colocaban al joven infractor sobre sus rodillas y les bajaban los pantalones y los calzoncillos mientras le regañaban. El ambiente familiar y hogareño de este tipo de zurras paternales se veía reemplazado en las grandes faltas de disciplina por una atmósfera judicial y formal; Don Lope sacudió las ramas en el aire con expresión severa, desplazando la atención de los asistentes del hermoso y redondo culo desnudo de Adrián, colocado en posición central en la habituación y destacado por el banco de castigo. 

Tras comprobar la flexibilidad del instrumento, el amo lo acercó a las nalgas del joven para calcular mejor el ángulo de impacto y la fuerza que debía aplicar. Los otros criados presenciaban el ritual con una mezcla de deseo y de temor al pensar que ellos mismos podrían encontrarse, y de hecho algunos de ellos se habían encontrado en el pasado, en la misma posición que su compañero. Así se sentía habitualmente Adrián cuando lo convocaban para presenciar el castigo de algún otro joven sirviente de la casa. En el caso de Matías, aunque estaba consternado por la noticia del embarazo de la hija del amo, le complacía, y secretamente le excitaba, tener la ocasión de presenciar unos azotes con el haz de varas sobre uno de los culos más deseables de la casa.

Tras un breve silbido al cortar el aire, el instrumento golpeó las nalgas desnudas e indefensas del joven, que no pudo evitar proferir un agudo quejido. Unos segundos más tarde, un sinfín de pequeñas marcas enrojecieron la mitad inferior de sus glúteos. A pesar de su amplia experiencia de años siendo azotado regularmente en la piel desnuda, la intensidad y la quemazón de cuatro ramas impactando sobre sus nalgas sorprendieron a Adrián, que pensaba que su trasero había probado ya todos los instrumentos de castigo habidos y por haber.

El segundo azote intensificó el enrojecimiento de la piel, que abarcaba ya la práctica totalidad de la superficie de las nalgas del joven. En esta ocasión el quejido se retrasó un poco tras el chasquido del golpe, pero fue un aullido mucho más prolongado. El ardor era diferente a cualquier castigo de los experimentados por el joven, y la sensación de que nunca podría volver a sentarse le llenó los ojos de lágrimas. 

El tercer golpe desencadenó el llanto de Adrián, lo cual produjo una honda impresión en criados que llevaban menos tiempo que él en la casa y tenían las nalgas mucho menos curtidas; Matías, por su parte, notó el endurecimiento de su miembro ante el tono casi púrpura de algunos puntos de las nalgas del joven. El respeto ante un castigo intenso y solemne y la excitación erótica se entremezclaron en los asistentes mientras se sucedían los azotes y el joven castigado emitía balbuceos incoherentes y se retorcía sujetado por las ligaduras que no le permitían incorporarse del banco.

Fueron finalmente diez los golpes administrados, tras los cuales toda la piel de Adrián, desde el comienzo de las nalgas hasta la mitad inferior de los muslos, mostraba un color rojo oscuro y una densa trama de líneas horizontales que habían dejado un sinfín de puntos morados debido a pequeños hematomas. Pasarían varios días antes de que el joven, que tardó un rato considerable en relajar su cuerpo y dejar de emitir sollozos y pequeños aullidos de dolor, se pudiera sentar con normalidad. 

En el momento de escribir esta larga carta a su antiguo amo, el sirviente todavía mostraba una gran sensibilidad en toda la región glútea, que se mantenía aun ligeramente enrojecida, y recibía los cuidados de Matías, que le administraba diariamente una crema. También su futuro suegro se preocupaba por su estado y le hacía desnudar y mostrarle sus nalgas con frecuencia para revisar su recuperación.

Justo al finalizar la lectura, el Padre Julián llamó a la puerta de la celda de Horacio. Venía acompañado de Tristán, desnudo, maniatado y con una mordaza en la boca, puesto que ya había finalizado su tiempo de castigo. Tras agradecerle su atención y esperar a que se retirara, el entrenador, sumamente excitado por el relato sobre el castigo de Tristán, desligó las muñecas del joven, pero solo para sujetar a continuación cada una de ellas a una de las patas delanteras de la única cama de la celda, que ambos compartían y donde lo obligó a acostarse boca abajo. Tras las muñecas, fueron los tobillos del muchacho los que se vieron ligados a la cama, esta vez a las patas traseras. Sujeto por sus cuatro extremidades, sin opción de moverse ni de hablar, puesto que continuaba amordazado, notó como su entrenador se colocaba encima de él, liberaba su miembro, presa de una considerable erección, y por primera vez se introdujo dentro de él con un ímpetu que intentó controlar en la medida de lo posible. 

Acostumbrado a recibir los fríos y estáticos dilatadores, notar en su interior el miembro caliente del hombre, que entraba y salía continuamente de entre sus nalgas todavía enrojecidas y muy sensibles, fue una experiencia intensa y en cierto sentido más humana para el joven, que sabía que en ese momento estaba cruzando una línea que suponía un antes y un después, y que a partir de entonces tendría que satisfacer a su entrenador y a otros hombres no solo con su boca.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------------
 
Un rato más tarde, mientras Tristán descansaba de todas las emociones del día, Horacio fue a visitar al abad para informarle de que el joven había pasado, de manera muy satisfactoria, la última prueba con la que se podía dar su entrenamiento por finalizado. 

  • Su sumisión ha sido total, padre, y mi experiencia no podría haber resultado más placentera.
  • Me alegro mucho, Horacio. Por cierto, ¿qué tal tu culo? ¿Recuperado ya de tu castigo? Muestrámelo, por favor.


El entrenador obedeció; se inclinó para favorecer la inspección por parte del abad de sus nalgas, no solo visual sino también táctil.

  • Estupendo. No solo que te estés recuperando y apenas tengas ya la piel enrojecida, sino que Tristán esté listo para ser presentado a su futuro amo.
  • ¿Ya está decidido a quién va a ser entregado, padre?
  • Primero tendrá que conocer al chico y ver si es de su agrado, lo cual doy por hecho. Se trata de un caballero muy importante, uno de nuestros mejores clientes. Don Lope, precisamente al amo de Adrián, al que va a perder como criado debido a su próximo matrimonio y que necesitará reemplazarlo.


 

lunes, 11 de agosto de 2025

Relato: vuelve Tristán

Con años de retraso, que no voy a intentar justificar, por fin he continuado la historia de Tristán, que había dejado inacabada después de 6 episodios hace años. Por favor creedme si os digo que durante todo este tiempo nunca he dejado de tener en la cabeza que algún día continuaría el relato; he tardado muchísimo, no tengo ni idea de si alguien a estas alturas querrá molestarse en leer la continuación, pero yo sí necesitaba que la historia no se quedara a medias. Muchas gracias, y disculpas, a los lectores que durante este tiempo me han pedido que la prosiguiera.  

Antes del nuevo episodio, aclaro que la inspiración para este relato me la dio la literatura del siglo XIX y que se trata de un homenaje a mi escritor favorito, Benito Pérez Galdós, y a su obra Tristana; de ahí el nombre del protagonista, y también he llamado a otros personajes de la historia con nombres sacados del elenco de esa novela, como Horacio y Don Lope. 

En la sociedad descrita en las novelas de Galdós, y de muchos otros escritores españoles y extranjeros de esa época, los caballeros solteros o viudos tenían con frecuencia sirvientes masculinos jóvenes que ocupaban un puesto especial entre su servidumbre, por tener un trato muy próximo con sus amos, y por ejercer funciones variadas de  camareros, secretarios, recaderos, ayudantes de cámara, etc. Que los chicos recibieran castigos corporales de sus amos era algo frecuente, descrito en varias novelas de la época, algunas del mismo Galdós; mi mente calenturienta no puede evitar preguntarse además, por una parte, si en ocasiones los amos, los chicos o ambas partes se excitarían con estos castigos, y por otra si los chicos ofrecían además otro tipo de servicios personales a sus amos y/o si estos se los demandaban. Estas divagaciones fueron dando forma en mi cabeza al relato de Tristán, cuya continuación os ofrezco ya, sin más rollo previo.


Tristán. Episodio 7: Adrián


Resumen de episodios anteriores: Tristán es un joven sometido a entrenamiento en una abadía religiosa con el objetivo de hacer de él un criado sumiso y ponerlo a servir a algún caballero de buena posición. Es tutorizado por Horacio, el monitor de rugby de la abadía, y en el episodio anterior recibió un castigo severo por haberse rebelado durante una revisión médica; también Horacio fue azotado por el abad al considerársele responsable de la falta de disciplina de su pupilo. Estas incidencias han impedido al entrenador leer la carta de su antiguo pupilo Adrián, cuya boda le han anunciado recientemente y que había tenido anteriormente como amo al padre de Tristán.


El ardor de un par de azotes en sus nalgas todavía doloridas cortó de golpe el forcejo, inútil por otra parte, con el que Tristán intentaba revelarse contra sus ataduras. Horacio sonrió y miró con complicidad al Padre Julián, que era quien había aplicado el correctivo tras unir mediante una soga las muñecas y los tobillos del joven, que yacía desnudo boca abajo sobre una plancha de madera elevada a un metro del suelo, con la parte superior de la espalda, el trasero y la mitad superior de los muslos todavía enrojecidos.


Una mordaza le impedía quejarse en voz alta y la inmovilidad producida por las cuerdas, que también unían el collar que rodeaba su cuello con las manos y los pies, impidiéndole desplazarse o cambiar su postura, le obligaba a contemplar al compañero de su edad que había sido azotado conjuntamente con él y que se encontraba sujeto de la misma forma y obligado a su vez a mirarle. Cuando pensaba que su incomodidad y su humillación no podían ir a más, notó como le introducían, por el lugar acostumbrado, un dilatador ante la mirada del otro muchacho castigado, que también había sido sometido al mismo tratamiento.


Atados, azotados, con boca y ano bien taponados, y por supuesto con sus genitales constreñidos por una jaula de castidad, los jóvenes debían permanecer en esa posición en el jardín de la Abadía ante la vista de los religiosos que paseaban por allí y que no dejaban de elogiar el bonito espectáculo que suponían aquellos cuerpos desnudos, jóvenes y debidamente castigados.


La introducción del dilatador había sido la guinda que colmaba la excitación de Horacio ante aquella hermosa escena. Tras complacerse en la contemplación e intercambiar una charla cordial pero intrascendente con el Padre Julián, este último le confirmó que se quedaba al cargo de los jóvenes, a los que mantendría en aquella posición durante una hora para luego modificar su postura y hacerles adoptar alguna otra igualmente humillante; el castigo de los dos muchachos se mantendría, con variaciones en la posición y en el tipo de ataduras y sujeciones empleadas, a lo largo de toda la mañana. El entrenador quedaba libre, y se despidió amablemente con la intención de leer a solas en su celda, con la intimidad que le parecía que el motivo requería, la carta de Adrián que todavía tenía pendiente.


De camino a su celda, se cruzó con el abad, lo cual le hizo llevarse instintivamente la mano a las nalgas, que no estaban ya calientes pero sí todavía sensibles.


- Buenos días, padre.

- Buenos días, Horacio. ¿Cómo va el entrenamiento de Tristán?

- Diría que bien a pesar del último castigo, padre. De hecho ha aguantado con gran dignidad esta última corrección más severa.

- Y, además de la disciplina, ¿ya sabe complacer a un hombre correctamente?

- Ejem, ha desarrollado enormemente sus habilidades orales, padre. Me lo ha demostrado esta misma noche -El entrenador estaba sorprendido de lo directo de la pregunta.

- Así que está bien entrenado para dar placer con la boca. ¿Y respecto a la otra vía?

- Esto .... El entrenamiento con dilatadores ya está también muy avanzado, padre. Debería ser capaz ya de complacer plenamente a un hombre, al menos de una dotación que no se salga demasiado de lo común.

- Perfecto. Asegúrate de que es así porque tengo disponible a un muy buen amo al que se lo quiero recomendar.

- De acuerdo, padre.


La franqueza del abad le había desconcertado; supuestamente los adiestradores no podían penetrar a sus chicos pero era una práctica habitual que lo hicieran para dárselos a su futuro amo perfectamente entrenados para proporcionarles placer desde el primer día. Lo que ya no era tan habitual era que el propio abad lo reconociera, aunque solo fuera de manera oral y oficiosa.


Pero el hecho es que le acababa de dar permiso para poner fin a la virginidad del orificio más privado del cuerpo de Tristán y hacer al joven completamente suyo, aunque solo para para cedérselo a continuación a otro hombre. De no haber tenido la carta de Adrián en la cabeza, se había preguntado qué caballero sería el que estaba en la mente del abad. Desde luego debía ser uno de los principales benefactores de la abadía; era un símbolo de distinción reservado a muy pocos caballeros el que se les ofreciera directamente un muchacho sin tener que pujar por él en competencia con otros postores en una subasta.


-------------------------------------------------------------------------------------------


La carta era larga y muy detallada. Empezaba por recordar el último encuentro casual entre Horacio y su antiguo pupilo, cuando habían coincidido en la calle y al entrenador se le fue la mirada hacia dos bonitos traseros enmarcados en ceñidísimos e idénticos pantalones cortos, o más bien extremadamente cortos. Evidentemente los dos jóvenes pertenecían al mismo amo y usaban el uniforme de la casa; el más atrevido que había visto nunca Horacio en cuanto a mostrar la sumisión y la disponibilidad de los chicos. No es que la pernera fuera extremadamente corta, lo cual era habitual en los uniformes de los sirvientes en las casas de todos los caballeros distinguidos de la zona, sino que no existía pernera y el bordillo del pantalón dejaba una pequeña porción de las nalgas al descubierto, evidenciando, por el enrojecimiento claramente visible de la parte inferior de la nalga y la superior del muslo, que ambos muchachos habían sido azotados recientemente, aunque uno de ellos con mayor intensidad o tal vez hacía menos tiempo, ya que el tono de la piel era de un rojo más intenso frente al casi rosado del otro.


Precisamente el joven en el que la señal de unos azotes recientes era más marcada se inclinó para atarse el cordón del zapato. A Horacio le complació enormemente ver la acusada elasticidad del mini pantalón, que rápidamente se elevó exponiendo al público que pasaba por la calle aproxidamente la mitad de las redondas y bien coloradas nalgas del joven. El entrenador no pudo evitar detenerse de manera un tanto brusca para contemplar el atractivo espectáculo cuando el joven, al agacharse y mirar hacia atrás, notó la atención que recibía por su parte. Reconociéndolo, se dio la vuelta con una gran sonrisa.


La agradable sorpresa de ver a su antiguo protegido provocó una espontánea oleada de afecto en Horacio, que abrió sus brazos a los que Adrián corrió llamando la atención y provocando otra sonrisa en su compañero, algo más joven que él y también muy atractivo. El entrenador comprobó que seguía sin costarle nada levantar a Adrián en peso mientras se fundía en un abrazo con él, acompañado de unas palmadas en la mitad inferior de las nalgas, que seguía desnuda ya que el minipantalón no había recuperado su forma inicial. Durante ese breve contacto con las carnes desnudas no dejó de percibir el calor que todavía emanaba del trasero del muchacho, que seguía siendo, por otra parte, tan suave y carnoso como lo recordaba.


El joven le puso al día rápidamente del servicio que prestaba desde hacía más de un año en casa de Don Lope, uno de los caballeros más respetados de la ciudad, tras haber tenido que revenderlo su amo anterior, el padre de Tristán, aunque eso evidentemente lo desconocía Horacio en aquel momento, por su falta de medios para mantener servicio en la casa. Falta de medios que acabaría desembocando en la reciente venta de Tristán a la abadía.


No era sorprendente que fuera Don Lope una vez más el pionero en cualquier innovación referida a la sumisión y el castigo de los jóvenes que servían en su casa y se hubiera prestado a aquel atrevido diseño de uniforme, sin duda ocurrencia de los padres de la abadía. Adrián intentó bajarse el minipantalón en la medida de lo posible y reducir en lo que pudo la porción de sus nalgas que quedaba expuesta a la vista del viandante. La mayoría de los caballeros de cierta edad que pasaban por la calle, de hecho, moderaba el paso al acercarse a los chicos, visiblemente complacidos con lo que veían.


Horacio llevó al joven hacia una esquina un poco más apartada para hablar con él sin tanta atención de terceros. La mano con la que lo había agarrado por la cintura no tardó en tirar del minipantalón comprobando su gran elasticidad; toda la mitad inferior de las nalgas de Adrián volvió a quedar descubierta y la mano curiosa de su antiguo entrenador se desplazó hacia abajo para acariciar y palpar una carne que no podía evitar seguir considerando que le pertenecía en cierta manera. Tras ponerle al día de su buena situación en casa de Don Lope, el joven le recordó que debía llevar a cabo unos recados en compañía del compañero que le estaba esperando y se despidió de Horacio con un beso en los labios que a este último le pareció muy corto.


El relato de Adrián se movía desde este último encuentro al primero, cuando el muchacho formaba parte del equipo juvenil de rugby al que Horacio entrenaba y una tarde se quedó rezagado en el vestuario. Al ir a apagar las luces y cerrar, el entrenador se sorprendió al encontrarse a uno de los chicos dentro. La expresión del joven delataba que no se había quedado allí por encontrarse indispuesto ni por ninguna causa justificada, así que rápidamente se vio cogido de la oreja y arrastrado por la fuerte y dolorosa pinza formada por el pulgar y el índide del entrenador.


-¿Qué andas haciendo tú aquí? Teníais que haberos ido todos hace rato.

- Aaaah, yo ..... Aaaah.

- Te vas a enterar, chaval.


Horacio arrastró al joven hasta la silla que utilizaba si necesitaba sentarse durante los entrenamientos, y que no pocas veces utilizaba para castigar a algún jugador como iba a ocurrir ahora. Lo colocó con agilidad sobre sus rodillas y comenzó a propinarle azotes en el trasero.


La fuerza de la mano del entrenador sorprendió a Adrián, que nunca había recibido un castigo corporal durante los entrenamientos del equipo y que hasta entonces había pensado que sus compañeros más transgresores de las normas exageraban al reaccionar a los azotes, un correctivo muy utilizado por Horacio y recibido casi siempre con risas y comentarios jocosos por parte de los jugadores que no se encontraban sobre las rodillas del mister. Los impactos de la mano quemaban sus nalgas, más aun cuando tras los primeros azotes el pantalón del uniforme de deporte se vio empujado de manera brusca hasta los tobillos del joven. Adrián no habría sabido decir si el encontrarse desnudo de cintura para abajo le daba más vergüenza que el no poder evitar aullar de dolor y patalear de una manera impropia para un joven de 19 años.


Que el muchacho no llevara calzoncillos sorprendió a Horacio, pero para nada lo apartó de su objetivo de castigar con cierta severidad una infracción que hacía tiempo que se había propuesto erradicar. Con relativa frecuencia algunos jugadores se hacían los remolones en el vestuario y nunca con buena intención; masturbarse, liar porros o conspirar para gastar alguna broma pesada a un compañero eran solo algunas de las fechorías que el entrenador había abortado con un método ampliamente advertido a todo el equipo.


Adrián sabía que se arriesgaba a una azotaina si se quedaba en el vestuario después de finalizar el entrenamiento, pero estaba dispuesto a correr el riesgo con tal de atraer la atención del entrenador y dejar de ser un componente anónimo del equipo. Eso sí, había menospreciado, y mucho, el ardor producido por los azotes. Aunque el castigo duró unos pocos minutos, la percepción del tiempo del joven era muy distinta de la realidad, así como la sensación de que estaban desollando o triturando sus nalgas.


La realidad era que la piel que envolvía sus glúteos no presentaba ningún moratón, pero sí un tono rojo intenso que satisfizo al entrenador, el cual dio el castigo por concluido. Al masajear afectuosamente el trasero del joven, que seguía emitiendo unos lamentos que le hicieron sonreír, advirtió la redondez y la estupenda conformación de las nalgas de Adrián; se preguntó como es que apenas prestado atención al chico antes. Lo ayudó a ponerse de pie y a recomponerse, percibiendo entonces la belleza del rostro del muchacho, que, aunque le era familiar, parecía descubrir por primera vez.


Los mohines del joven, sus ojos enrojecidos, la forma en que se llevó las manos a las nalgas ardientes, el ser inconsciente de su desnudez ante un hombre más mayor y no intentar taparse, componían un conjunto tan inocente y tan atractivo que Horacio no se apartó cuando el chico acercó su boca a la suya. Se sentó de nuevo en la silla, pero en esta ocasión para sentar a su vez al joven en su regazo y besarlo y acariciarlo alternando la suavidad y la brusquedad de una forma que provocó una dura erección en ambos.


Horacio se llevó al joven a su casa esa misma noche y a partir de ese momento ambos fueron inseparables. Para evitar posibles conflictos con otros jugadores, Adrián dejó el equipo, en el que tampoco había sido nunca demasiado brillante, y se empleó como sirviente en casa de su antiguo entrenador. Este último nunca había tenido un ayudante ni tampoco un amante masculino, pero el descubrimiento de su rol de amo, tanto dentro como fuera de la cama que compartía con el chico, constituyó toda una epifanía; no se había imaginado todo el placer que le podía proporcionar el extender a su vida doméstica el rol dominante que ejercía con los jóvenes del equipo de rugby.


De manera complementaria, Adrián, por su parte, se sintió enormemente realizado al explorar su sumisión ante un hombre más fuerte, experimentado y de mayor edad. La inquietud y la ansiedad que habían protagonizado su adolescencia se desvanecieron en los brazos de su amo, maestro y amante. Se abrió ante él un abanico de opciones cada vez más amplio: unos días disfrutaba mostrándose dócil, otras travieso, a veces dulce, a veces rebelde, en unas ocasiones inocente y en otras coqueto y sexualizado. Lo cual desencadenaba a su vez diferentes roles complementarios en Horacio, que iban desde el paternalismo al control autoritario y desde el amante tierno al violador.


Ninguno de los dos tuvo nunca claro quién introdujo al otro en la idea de que los azotes, además de un castigo eficaz y de una muestra de cariño con un matiz de autoridad, que eran como el entrenador los usaba con los jugadores del equipo, tenían un gran potencial erótico que se podía explorar con juguetes domésticos, como una chancla de suela rígida o un cepillo de madera, o con otros más especializados, como las varas, las palas o las fustas. Casi al mismo tiempo que las azotainas eróticas, fueron explorando juntos la inmovilidad, otro terreno que resultó ser otra fuente inagotable de satisfacción. De agarrar con fuerza el entrenador las muñecas de Adrián para impedirle usar sus brazos, incrementando la indefensión y con ello el placer del chico, enseguida pasaron a emplear cuerdas, sogas y mordazas. La idea de un sirviente sumiso al que se impedía hablar, dejando su boca sin más finalidad que ser penetrada para el placer del amo, resultaba irresistiblemente sensual para ambos.


La carta llenó la memoria de Horacio de los momentos especiales que había vivido junto a su sirviente: las noches tranquilas en casa con Adrián echado sobre sus rodillas desnudo y dejándose acariciar como un gatito, la sumisión completa con la que el joven ponía su boca a trabajar si su amo se abría la bragueta, y la entrega total del sirviente cuando, en cualquier momento o lugar, su amo se excitaba y, sin mediar palabra, le hacía doblarse hacia delante o tumbarse para penetrarlo.


Era evidente que se encontraba en su lugar obedeciendo; las muy pocas veces que rechazó satisfacer una erección de su amo, o ser atado o azotado, habían sido por cuestiones puntuales de salud o malestar muy justificados. De lo contrario, el "no" no formaba parte de su vocabulario ni de su actitud. Se sentía a gusto complaciendo a su hombre y siendo su objeto de deseo; se sentía casi orgulloso al notar la excitación que producía en su amo y el sobeteo lascivo derivado de esta, una mano fuerte que se introducía bajo su ropa, recorría su cuerpo y se detenía en sus nalgas, sus muslos o sus pezones, al mismo tiempo que notaba una boca que chupaba o mordisqueaba su cuello o sus orejas.


El amo decidía sobre su vestuario y seleccionaba o le proporcionaba ropa que fuera fácil de quitar o de bajar, sobre todo la de cintura para abajo; esto era de suma utilidad tanto para los castigos que se le imponían como para los servicios de carácter íntimo que Adrián proporcionaba gustoso siempre que se le requiriera. Una fuerte erección surgió en Horacio al recordar muchos momentos íntimos de dominación y de placer, de caricias y de azotes.


Pero Adrián era ambicioso, sabía que la juventud y la belleza no duraban siempre, entre otras cosas porque su amo era el primero en recordárselo y aconsejarle, y, una vez iniciado en la sumisión, buscaba ofrecerse a hombres más maduros que pudieran ofrecerle un futuro y no seguir siendo una carga para Horacio, cuya posición económica no le permitía realmente contar con un servicio doméstico. Con gran sutileza, habló con el Abad a espaldas de su amo para que le consiguiera una buena posición, primero en casa de un señor relativamente adinerado, que el entrenador había descubierto que no había sido otro que el padre de Tristán; más tarde, cuando este último sufrió un revés económico considerable, en la casa de Don Lope. Allí el muy pillín había conseguido la atención de la hija de su amo; una relación por supuesto no tolerada por este hasta que había desembocado en un embarazo no deseado.

 

viernes, 1 de marzo de 2024

Nuevo podcast: el hetero que se acostaba con tíos

Por si os interesa, comento que he iniciado un nuevo podcast sobre cuestiones relativas al mundo gay que quedaban un poco fuera de lugar en este blog y en mi podcast Amos y cachorros.

Lo he llamado "El hetero que se acostaba con tíos", que fue una broma que me hizo un ligue hace años, decirme que yo no era gay sino un hetero que se acostaba con tíos, porque no conocía a muchas divas gays ni sabía que el Eixample era el barrio gay de Barcelona, y que me hizo gracia. Me pareció que podía ser un nombre simpático para un podcast de crítica y de cuestionamiento de los clichés que rodean el mundo gay, y también de crítica a la cultura woke, que no creo que nos esté ayudando ni liberando sino más bien lo contrario. 

No descarto actualizar esporádicamente el podcast Amos y cachorros, pero si os interesa seguir escuchándome podéis hacerlo aquí:

https://www.ivoox.com/podcast-hetero-se-acostaba-tios_sq_f12381270_1.html 


lunes, 29 de mayo de 2023

Erotismo inocente (o no): bondage en videoclips

 


Hacía tiempo que no encontraba nada nuevo que comentar en el blog, pero este videoclip reciente de Venturi, un grupo madrileño de rock indie, me ha llamado la atención. Sugiero que lo veais para poneros en contexto de lo que voy a hablar. Me parece un buen ejemplo para explicar lo que es el fetichismo. 

La canción se llama El fantasma de la fiesta y en el videoclip dicho fantasma se materializa en una especie de vaquero chulo que persigue y somete a los miembros del grupo:

 

La mayoría de espectadores probablemente no encontrarán un contenido erótico en este vídeo. Pero un fetichista amante de la dominación, y no digamos del bondage, sí va a encontrar en él una atmósfera impregnada de cierta sensualidad BDSM, aunque evidentemente es un material para todos los públicos y no hay ninguna imagen sexualmente explícita.

Vídeos de este tipo, de erotismo aparentemente involuntario e inocente, pueden servir como test de detección de fetichistas.

De hecho, quienes tenemos una sexualidad fuertemente fetichista no lo hemos descubierto viendo porno. Mucho antes de tener acceso a la pornografía, en la adolescencia, o incluso en la infancia, a partir de situaciones de la vida cotidiana, como puede ser ver vídeos musicales o un programa de la tele, nos hemos encontrado con escenas o situaciones que nos han despertado el morbo de una manera que resultaba difícil explicar a los demás. Mientras otros chavales gays descubrían su sexualidad a partir de un anuncio de calzoncillos o viendo a jugadores de fútbol, a algunos nos pasaba viendo a hombres o a chicos atados, golpeados, humillados o sometidos de alguna manera.

Sí, somos lo que se llama vulgarmente pervertidos; encontramos un componente sexual donde, según la sexualidad hegemónica, no lo hay o no debería haberlo. En eso consiste ser fetichista. 

Pongo otro ejemplo de videoclip en el que me encantó encontrar una escena en la que 3 de los componentes del grupo atan, amordazan y trasladan en volandas al cuarto. Se trata de Bien por ti, de Viva Suecia, un grupo bien conocido para quienes sigan el indie español.

 

Espero que si el algoritmo de Google acaba trayendo a este blog a gente fan del indie que busca información sobre sus grupos favoritos y no está interesada en BDSM, no se ofendan porque yo encuentre en estos vídeos un contenido erótico o sensual  que es muy posible que no esté para nada en la mente de los directores de los mismos ni mucho menos en la de los músicos.

En resumen, si te suele pasar que encuentras eróticas situaciones, imágenes, etc. que te resulta difícil compartir o explicar porque a los demás les parece una marcianada, o si por otra parte te suele ocurrir que cuando tus amigos o conocidos hablan de sexo y de las cosas que les ponen, tú tienes que fingir o que ocultar qué es lo que más te pone a ti, pues eso es tener una sexualidad fetichista.

viernes, 28 de octubre de 2022

Asexuales y postsexuales

Las fotos que ilustran este post tienen como fuente la cuenta de Twitter https://twitter.com/DomTon7 DomTon es un sudafricano amante del spanking y también de la flagelación de la espalda y otras partes del cuerpo con varas y otros instrumentos. En su cuenta se define como "postsexual". Me gusta mucho su cuenta, una de las mejores en mi opinión para los amantes de los castigos corporales, aunque juega a un nivel bastante fuerte y no apto para cualquiera; pero el caso es que suscitó mi interés esta definición de postsexual.

Postsexualidad y fetichismo

Se trata de un término que se utiliza poco; lo convencional es hablar de postsexualidad para referirse a personas de edad madura o que, por algún otro motivo, han pasado a una etapa en la que el sexo les interesa menos. Pero existe también otra definición, recogida en la Wikipedia, según la cual postsexualidad sería un concepto de la sexualidad diferente al tradicional, que estaría basado en una idea del filósofo Michel Foucault, según la cual la frontera entre lo que es y lo que no es sexual no está clara; me interesa mucho esta idea porque encaja a la perfección con la sexualidad fetichista. Podríamos decir, en resumen, que la postsexualidad consiste en considerar que la sexualidad va más allá de la genitalidad.

Por ejemplo, desde un punto de vista convencional, las partes del cuerpo que se consideran de interés sexual en nuestra cultura son los órganos genitales, las nalgas y los pechos de las mujeres. Pero esto no es algo universal; sabemos que hay culturas en las que las mujeres llevan los pezones al aire sin que eso se considere una falta de pudor, mientras en cambio en ciertos sectores del mundo islámico el pelo femenino se considera sexual. O, si observamos los pantalones de los uniformes de fútbol de hace más de 30 años, eran mucho más cortos y ceñidos que los actuales; hoy en día se considerarían muy sexualizados, porque se ha desarrollado una visión del cuerpo del hombre como posible objeto sexual que no existía antiguamente.

Esta relatividad acerca de que es o no sexual es precisamente lo que define a los fetichistas. Para ellos los pies pueden ser una parte del cuerpo altamente erógena. O la ropa de cuero, o un uniforme de policía, pueden tener una carga sexual que es invisible para otras personas. Estar atado no es algo sexual .... a menos que seas un amante del bondage, y entonces puede que tu vida sexual gire en torno a las cuerdas y la inmovilidad. 

Así que postsexual puede ser un término interesante para definir a personas con sexualidades centradas en prácticas  que no son sexuales para la mayoría; mejor probablemente que el término fetichista, que estrictamente hablando solo debería usarse con quienes sexualizan objetos. Mientras un amante del cuero es un fetichista, a un fan del spanking o del bondage sería más adecuado llamarlo postsexual.

Asexuales

Conozco a personas amantes del BDSM con muy poco interés en la sexualidad convencional, es decir, en la penetración. Yo mismo explicaba en un post mi no mucho entusiasmo por el sexo anal, que es el "auténtico" sexo según la cultura gay dominante. 

Probablemente los amantes de prácticas fetichistas, o postsexuales, podemos parecer asexuales para los vainilla, los que tienen una sexualidad convencional basada en la penetración. Nos interesan poco las fotopollas, los planos detalle de anos dilatados, y en general la pornografía de penetración. 

De hecho no sería raro que un chico con una sexualidad fetichista se considerara en su adolescencia asexual, ante su falta de interés por la genitalidad. Hasta un día en que ese chico aparentemente asexual descubre un sitio web de spanking, de bondage o de cuero, y resulta que eso le produce una erección gigantesca; si te excita pensar en estar inmovilizado, en ser azotado, o en ser humillado, entonces no eres asexual, aunque a lo mejor el ser penetrado no te diga gran cosa.

  

Asexualidad y comunidad LGTB

Al parecer la última incorporación al llamado colectivo LGTBIQ, concepto del que soy cada vez más escéptico, son precisamente los asexuales. La corrección política actual pretende además que existen personas asexuales gays y lesbianas. Si no lo entendéis, bienvenidos al club. Si en una relación íntima con otra persona solo buscas afecto, besos y abrazos con cero genitalidad y cero fetichismo, ¿qué más te da que sea con un hombre o con una mujer? En fin.
 
La cuestión es que ahora ya no solo pretenden denominar asexual a cualquier hombre gay que no tenga una sexualidad centrada en la penetración anal y en los roles activo-pasivo, sino simplemente a quien vincule sexualidad con afectividad y tenga poco interés por encuentros sexuales ocasionales con desconocidos. Se han inventado la etiqueta de demisexuales, que estarían englobados dentro de los asexuales, para señalar y estigmatizar la "rareza" de los gays no promiscuos. 

En mi opinión, toda esta pretendida posmodernidad LGTBIQA+ esconde, bajo su purpurina, unos conceptos muy rancios de la sexualidad. En una relación gay tiene que haber un rol de hombre (activo) y un rol de mujer (pasivo), si no eres el típico hombre machote o la típica mujer damisela muy femenina es porque eres trans o no binario, y ahora también si no eres un gay estereotipo que vive permanentemente cachondo y pensando en follar eres asexual.
 
Yo tengo muy claro que los amantes del BDSM y de otras prácticas fetichistas o postsexuales que tienen poco o ningún interés en la genitalidad no son asexuales. De hecho muchos tienen una pulsión sexual muy fuerte, lo que ocurre es que no está centrada en la penetración sino en otras prácticas.
 
Visto lo visto, no tengo interés en que el BDSM sean las siguientes siglas que se sumen al alfabeto LGTBIQA. No creo que una visibilidad basada en la búsqueda de la extravagancia, que es lo que parece interesar ahora a los que manejan el cotarro en estos colectivos, sea lo que necesiten estas prácticas. 


miércoles, 12 de octubre de 2022

Cachorros y amos

 


El otro día me encontré de casualidad con un blog con este curioso nombre: https://cachorrosyamos.wordpress.com/

Evidentemente me llamó la atención. Aclaro en primer lugar que no tiene nada que ver conmigo ni con mi blog. Se trata de la primera novela de una escritora amateur peruana que utiliza el nombre Elena Blocker y es una historia gay.

Tal vez a algunos les sorprenda que una mujer escriba historias gays con contenido erótico; como soy lector de BDSM gay desde hace mucho tiempo, ya sabía que esto ocurre con relativa frecuencia, en parte porque a muchos mujeres les interesan las historias de hombres gays y en parte porque la corrección política actual dificulta muchísimo escribir una historia de BDSM hetero, o simplemente una historia hetero en la cual los personajes actúen de una forma que se salga de ciertos márgenes. Aplaudo la sinceridad de no utilizar un pseudónimo masculino, que sería más comercial.

Elena escribe muy bien; su historia es morbosa aunque no trata realmente de BDSM sino de un chapero explotado por su novio-chulo. Se preocupa por el desarrollo de los personajes; no es la lectura adecuada para quien busque pornografía para excitarse pero es un trabajo que se ofrece gratuitamente y que no tiene menos calidad que otros publicados en digital o en papel. Ante el parecido en el nombre con mi blog, no quería dejar de comentarlo.