lunes, 18 de febrero de 2019

Por qué no es lo mismo buscar un chico guapo que buscarlo con la polla grande

Como espero explicar en este post, quién soy yo para juzgar a quien solo busca sexo, pero sí me molesta la gente que marea. Cuando después de charlar un rato con alguien en una aplicación, tras responder a las preguntas típicas de como te llamas, donde vives, en que trabajas, o si incluso se ha ido más allá y se han hecho comentarios sobre alguna afición común y te piensas que has dado con alguien con quien tienes cierta afinidad, te cascan, después de una hora de charla o incluso más, el tienes más fotos o, más sincero, el cómo andas de rabo en alguna de sus mútiples variantes. Casi siempre que se formula una de esas dos preguntas, el no pasar la foto de polla o no dar una descripción lo suficientemente detallada de tu miembro supone la pérdida de interés del interlocutor.

Reconozco que, a fuerza de ver esa reacción en el otro, he desarrollado a mi vez una reacción ante esa pregunta y ahora soy yo el que pierdo el interés por la persona que me la hace. En primer lugar porque si hablo con alguien es o bien porque ese alguien ha mostrado interés en el BDSM, y para mí el BDSM es justo lo contrario a sexo basado en cuerpazos, pollones, XXL, etc., o bien porque busco amistad o afinidad con una persona, o tal vez estoy buscando sexo, pero no deshumanizado, no con alguien que busca un pollón.

A ver, si para ti es un requisito para quedar con alguien el que tenga la polla de un tamaño o de una forma determinada, eso significa dos cosas, que son así aunque tú te pienses que no: la primera, que solo te interesa el físico de las personas con las que hablas (de hecho probablemente ni siquiera todo su físico, sino solo su polla), y la segunda, íntimamente relacionada con la primera, que no buscas nada más que un polvo. De ambas se deduce que todo el interés que has fingido en la otra persona, sus aficiones, su vida, su trabajo, etc. no ha sido más que un paripé, que me atrevo a calificar de hipócrita, porque no te has atrevido a abordar desde el principio lo único que te interesaba. Insisto, si el tamaño de la polla es un requisito para ti, es que es lo único que te importa de tu interlocutor. Cuanto antes te dejes de engañar a ti mismo pensando que eres profundo, romántico y valoras mucho la personalidad de la gente, menos tiempo perderás tú y harás perder a los demás.

Que quede claro que esto lo digo con el máximo respeto a quienes buscan solo sexo, lo tienen claro y no marean a nadie. Jamás me atrevería a juzgar ni valorar los estilos de vida de la gente. Mucha gente vive en pareja abierta, y quién soy yo para opinar sobre ello, o bien no busca pareja porque tiene una vida social con muchas amistades y actividades que les llenan y solo se meten en las apps para buscar sexo, o bien han optado por una vida solitaria dedicada a buscar sexo compulsivamente porque follar es lo que más les gusta en el mundo. Las tres opciones me parecen fantásticas y, si en las preferencias de estas personas para sexo esporádico es requisito un tamaño de polla determinado, unos músculos determinados, un vello determinado, una edad determinada, me parece genial; me encanta cuando alguien va al grano, me pregunta antes de un minuto si le paso foto de polla, le digo que no, nos despedimos tan amigos y ya está. He salido de dudas con él, sé que buscamos cosas diferentes, y sin haber perdido tiempo puedo pasar página y buscar en otro perfil; perfecto. 

Este post no habla de ellos sino de los timewasters, la gente que no sabe lo que quiere, que está muy perdida, y que se engañan a sí mismos con mil fantasías románticas, pero en realidad lo único que está buscando es un polvo rápido; por desgracia, al menos en mi experiencia, son multitud, incluso sospecho que son la mayoría de usuarios de las apps gays. Y mucha de esta gente, como anda perdida, intenta encontrarse con nuevas experiencias sexuales y quieren probar el BDSM, así que nos abordan con mucha frecuencia a los perfiles de amos y dominantes, porque piensan que quieren algo diferente, aunque en realidad solo quieren el polvo de siempre, o más bien no saben lo que quieren.

La defensa más frecuente de los timewasters buscapollones es encender el ventilador: a todo el mundo le importa el físico a la hora de buscar una pareja sexual o romántica, por lo tanto todo el mundo es igual que ellos. Pero decir que es lo mismo buscar a un chico que te resulte guapo que buscar a un chico con la polla grande es un argumento perverso por muchas razones. Para todos el físico es importante, vale, pero el físico abarca cosas muy diferentes; si por físico entendemos la cara o la apariencia general, esta está íntimamente ligada a la personalidad; pero si entendemos por físico detalles anatómicos concretos, entonces estamos deshumanizando a la persona y considerándola un objeto de consumo. 

La cara es lo que nos permite distinguir a unas personas de otras y nuestra expresión, la forma de estar, de movernos, y nuestro cuerpo tomado como conjunto dicen mucho de como somos. Pero si nos centramos en la polla o los pectorales, en cambio, estamos aislando partes del cuerpo que son anónimas y que no dicen nada sobre nuestra personalidad; una foto de la cara me dice algo de ti como persona, y una foto de tu polla, tu culo o tus abdominales no. Así que no, no es igual de superficial buscar una cara bonita que una polla bonita; una cara siempre va a transmitir algo o mucho de la personalidad y el carácter de una persona, nunca va a ser tan superficial ni tan deshumanizado como interesarse por una polla o por unos pectorales. Quien pone como requisito músculos o polla grandes está cosificando a la persona, pensando en ella como en un objeto para su placer, como un dildo humano. 

Por supuesto las personas disponemos de nuestra libertad sexual, y una forma de ejercitarla puede ser convertirnos en objetos para otras personas o utilizar a otras personas como objetos; siempre que sea de manera consentida, este sexo deshumanizado es muy respetable; no nos enriquece ni nos va a hacer mejores personas, pero nos permite pasar un buen rato y disfrutar de nuestros instintos. Fenomenal siempre y cuando no nos llevemos a engaño, es sexo deshumanizado, no nos engañemos pensando que es la búsqueda de un amigo ni de una pareja. Y por lo tanto no mareemos preguntando por el trabajo ni fingiendo un falso interés sobre la vida del otro ni creando falsas expectativas que son frustrantes para nosotros y para nuestro interlocutor. 

Si estás buscando un tio con una polla grande, o más bien, si estás buscando una polla grande, y resulta que, vaya hombre, estas van siempre adheridas a un tio, estupendo, estás en tu perfecto derecho, pero déjalo claro desde el minuto uno, sé sincero y atrévete a reconocer que lo demás no te importa. Apaga el ventilador y deja de pensar que todo el mundo es igual que tú; y piensa que buscar solo sexo esporádico no te hace para nada mala persona pero jugar con y marear a los demás sí.

lunes, 21 de enero de 2019

Podcast Mundo LGBT sobre BDSM

El podcast Mundo LGBT ha tenido la amabilidad de hacerme una entrevista y permitirme difundir el BDSM. Un saludo muy cordial a JotaJota, el entrevistador. Aquí podéis ver el podcast, en el que he intentado aclarar conceptos y desmentir tópicos sobre el BDSM.

#057 – BDSM con Ángel

domingo, 20 de enero de 2019

Relato BDSM: El cachorro

Este relato va dirigido a los pups. Es una fantasía mía que puede coincidir o no con la filosofía pup, acertar o no, pero está escrito con mucho respeto, o al menos esa es mi intención.

EL CACHORRO

- Te llamarás Golfo.

El entrenador bautizó al cachorro mientras le sonreía y le acariciaba la cabeza; el bautismo era el rito con el que comenzaba siempre el aprendizaje. El nombre era irónico, ya que el joven parecía cariñoso y dócil, pero le gustaba precisamente ese contraste. Cuando había topado con un perrete más bribón y descarado le había dado un nombre de sumiso, como Toby o Boby. Y los casos realmente difíciles de auténticos golfos, ya no los aceptaba; la demanda de sus cuidados era muy alta, tenía que seleccionar a sus pupilos y no valía la pena perder tiempo y recursos en jovencitos que  no sabían lo que querían, por guapos que fueran o que se pensaran que fueran.

Golfo empezó a interiorizar que debía pensar en sí mismo con ese nombre durante su entrenamiento y en todo su contacto posterior, que esperaba que fuera frecuente, con su cuidador y con otros perretes; su nombre humano no había quedado atrás del todo pero sí esperaba apartarlo de su vida privada. Se consideraba afortunado por haber sido aceptado por uno de los entrenadores mejor valorados en las webs y redes sociales de pups.

Con unos cuantos años ya de experiencia adiestrando a cachorros, el maduro entrenador había desarrollado un buen olfato que le permitía identificar rápidamente a los aspirantes con posibilidades y no malgastar tiempo con la multitud de coleccionistas de fotos, buscadores de pollones, y morbosos aburridos en busca de charla erótica y de nuevas fantasías con los que había que tratar para conseguir dar con un auténtico perrete sumiso. No buscaba adoptar, porque tenía ya dos cachorrillos juguetones en casa, pero sí le gustaba hacer comunidad e introducir a jovencitos con poca experiencia en el mundo pup. Con Golfo desde el primer momento había sido evidente su potencial, su interés y su sumisión.

Cuando el entrenador le propuso una entrevista, el joven no dudó, ni siquiera cuando le explicó que tendría que desnudarse íntegramente y dejarse acariciar y meter mano para valorar su candidatura. De hecho, encontró excitante ser examinado, aunque temía el posible rechazo. No tenía músculos marcados ni un vientre plano; ahora que conocía más al entrenador, ya sabía que eso no era un handicap sino un mérito. Le gustaban tipos muy diferentes de cuerpos, delgados, atléticos o redondos, grandes o pequeños, pero sí exigía que fueran jóvenes, de piel suave y naturales, no moldeados en gimnasio. Nunca pedía fotos porque no se fiaba de ellas y pensaba que las cámaras estaban hechas para mentir en el peor de los casos, o en el mejor nunca serían capaces de captar la suavidad de la piel ni la capacidad de entrega y de sumisión de un joven.

En el cara a cara, Golfo lo conquistó con su modestia, su naturalidad, su docilidad y su culito redondo y apetitoso. Se dejó desnudar sin afectación y el entrenador lo colocó en su regazo para acariciar largamente su piel y disfrutar de su suavidad, especialmente la de sus nalgas. Al muchacho le sorprendió no ser azotado ese primer día, aunque sí recibió el aviso de que su entrenamiento sería estricto, se le exigiría obediencia total y se le castigaría con frecuencia; el entrenador acompañó estas palabras de unas palmadas en el precioso culito desnudo sobre su regazo, ilustrando claramente en qué consistirían esos castigos.

De hecho, si el joven aceptaba recibir una educación como cachorro, lo primero que hacía siempre su entrenador con los aprendices era construirse una pala de madera personalizada para castigarlos, y así se lo advirtió. La pala llevaría su nombre y al final de su entrenamiento le sería regalada al dueño que lo adoptara. La combinación de mimos y caricias con la aplicación frecuente de castigos corporales de cierta severidad producía cachorros muy sumisos y cariñosos. Pero el entrenador se apresuró a tranquilizarle respecto a su falta de experiencia, tanto en ser azotado como penetrado, ya que eso podía aprenderse fácilmente; el ser obediente y dócil no tanto y Golfo lo era.

Ya una vez aceptado como pupilo, el joven preguntó por la posibilidad de conocer a Tato y Lucho, los dos cachorrillos del entrenador, que de hecho participarían en su formación, puesto que los juegos y la interacción con otros perritos ya adiestrados eran fundamentales. El entrenador lo cogió de la mano y le permitió caminar a dos patas, privilegio por no haber comenzado todavía su entrenamiento, mientras lo llevaba al cuarto donde había encerrado a los cachorros para que no alborotaran durante la entrevista.

Al ver entrar al amo, los cachorros se colocaron en la posición de sumisión que se les había enseñado, a cuatro patas inclinados con el culito en pompa. El entrenador disfrutó de las hermosas nalgas de los dos muchachos ofrecidas ante él, totalmente afeitadas dejando el ano, el periné y todos sus encantos bien a la vista. El menos corpulento, Lucho, tenía las nalgas muy coloradas, producto de unos azotes aplicados recientemente. Naturalmente ambos jóvenes estaban desnudos; solo sus rodillas, manos y pies estaban acolchados para evitar el roce al ir a cuatro patas y su cabeza cubierta por la máscara de perrito.

- ¡Tato, Lucho, aquí!

Los cachorros se dieron vuelta y se dirigieron a cuatro patas hacia su amo, poniéndose de rodillas, sacando la lengua y haciendo ruidos guturales al llegar junto a él. Este les acarició cabeza y lomo y se dejó lamer mientras les presentaba a su nuevo compañero, que apreció las jaulas de castidad que encerraban los penes de ambos.

- Este es Golfo, un nuevo perrito. Tenéis que portaros muy bien con él.

Tato y Lucho olisquearon y lamieron al visitante que, tras mirar al que iba a ser su entrenador pidiéndole permiso, se puso inmediatamente a cuatro patas para jugar con sus nuevos amigos. Una sensación de euforia lo embriagó al verse aceptado entre cachorros como uno más.





- Golfo, trae las palas de castigo.

El cachorro se dirigió raudo y veloz, a cuatro patas, para cumplir la orden de su entrenador. Ya tenía la equipación de perrito: la máscara le daba calor pero tenía permiso para quitársela cuando le pareciera necesario; las manoplas y las rodilleras le protegían mucho, teniendo en cuenta que buena parte del día la pasaba a cuatro patas, y la jaula de castidad, que sí debía llevar 24 horas, apenas la notaba, igual que el collar. Comer de rodillas y de la mano del entrenador y beber del cuenco le resultó más fácil de lo que pensaba. Lo más duro era no hablar lenguaje humano, salvo un pequeño rato que le concedían antes de la siesta, siempre y cuando el tema de conversación estuviera relacionado con su vida actual como cachorro que recibe entrenamiento. Su identidad humana era un tema tabú; no conocía los antiguos nombres humanos de Tato y Lucho, ni ellos el suyo.

El entrenador era permisivo en dejarle utilizar el baño como a un humano y en aceptar a Golfo en su cama, aunque atado por los tobillos y las muñecas, en lugar de hacerle dormir a los pies. También en permitirle llevar los objetos agarrados en unas anillas que tenía  en el collar para no tener que cogerlas con la boca y proteger así los dientes. Tomó las palas de castigo de Tato y de Lucho y las colgó del collar.

Los dos cachorros habían desobedecido al entrenador, que para ellos era su amo, jugando fuera de la habitación autorizada donde tenían sus juguetes. No era la primera vez que lo hacían, pero además se habían peleado, algo que el amo no toleraba y que solía ser el principal motivo de los castigos que recibían. Al llegar a casa, el amo enseguida notaba cuando los cachorros habían hecho alguna trastada y temían el castigo. Las señales de la pelea no ofrecían duda, así como el desorden en el despacho del amo, que no había tardado en colocarlos sobre sus rodillas.

Las nalgas de ambos cachorros, pequeñas y estrechas en el caso de Lucho y grandes y muy redondeadas en el de Tato, pero igualmente agradables a la vista en ambos casos,  se encontraban ya enrojecidas por la mano del amo, pero las palas, que llevaban escritos sus nombres, eran muy efectivas a la hora de conseguir un buen color en un culo bonito y sobre todo una total sumisión del cachorro.

Tato emitió un grito agudo al sentir el impacto de la pala, e inmediatamente le siguió su compañero. Curiosamente las nalgas pequeñas de Lucho eran mucho más resistentes y el amo tenía claro que el castigo de cada cachorro debía ser individualizado, por lo que el culo grande pero sensible de Tato recibió azotes igual de aparentes pero bastante más flojos que los de su compañero para conseguir uniformidad en el rojo de las nalgas y en los gemidos, casi aullidos, de los traviesos.

Golfo contemplaba el castigo con excitación; no ser él el azotado le provocaba una curiosa mezcla de alivio y envidia. Había probado ya la pala, naturalmente la suya propia con su nombre, y era una experiencia intensa que había llegado a hacerle saltar las lágrimas. Conocía la sensación ardiente que estaban experimentando sus compañeros, el impacto que parecía que iba a despellejarle las nalgas, aunque luego, acabados los azotes, se disipaba en unos minutos. A pesar de que el dolor pareciera insoportable por momentos, le encantaba la sensación de sumisión que tenía estando sobre las rodillas de su entrenador, ofreciéndole el culo para un castigo.

Una vez bien azotados, los dos cachorros traviesos fueron colocados de rodillas cara a la pared hasta nueva orden. Su amo observó con satisfacción los dos culos de color rojo oscuro, y pensó contento que los azotes les escocerían al menos durante el resto del día, antes de prestar atención al cachorrillo restante, que experimentó una mezcla de excitación y temor cuando se le ordenó colocarse también sobre las rodillas del entrenador. Este mantuvo el suspense unos segundos antes de revelar el motivo por el que Golfo se encontraba en esa postura, que no era ser azotado sino que se le colocara su rabo de perrito. Para ello había sido entrenado durante varios días a través de penetraciones digitales y uso de plugs; el entrenador separó las nalgas del joven para comprobar que el ano había experimentado una dilatación que le permitía ser penetrado con el plug al que iba sujeto el rabo. Una vez implantado, el equipamiento del cachorro estaría completo.

Golfo protestó al notar la introducción del plug; el entrenador hizo caso omiso y presionó, pero la resistencia del muchacho impidió la colocación correcta del rabito. Para asegurar una mejor colaboración, envió a Lucho por la pala de castigo de su compañero, cosa que el cachorro hizo con mucho agrado. El uso contundente de la pala evitó nuevas protestas; Golfo tendría tanto las nalgas como el ano escocidos durante el resto del día, asegurando así su obediencia y sumisión.

Una vez colocado el rabito de Golfo, el entrenador repitió la operación con sus otros dos cachorros, ya que sus rabos habían sido retirados durante el castigo para poder azotarles con comodidad. Una vez completado el equipamiento de los tres, decidió añadir como castigo adicional atarles y amordazarles durante un buen rato. Los mantuvo obedientes de cara a la pared mientras preparaba las cuerdas y las mordazas; con el culito rojo para el resto del día, ninguno de los cachorros se atrevió a protestar.

Uno a uno fueron amordazados en primer lugar y luego acostados en una misma cama y atados de la misma manera, con las muñecas enlazadas entre sí a la espalda y unidas rígidamente al torso; los tobillos también unidos entre sí y a los muslos, dejando las nalgas, rojas, calientes y separadas por el rabito, accesibles a la mano del entrenador, que se entretendría un buen rato en acariciarlas mientras veía y escuchaba a los cachorros retorcerse e intentar inútilmente buscar una posición más cómoda. Golfo, siendo nuevo y menos acostumbrado a estar atado, era el que más se retorcía. La cara se le llegó a poner tan roja como el culito y los ojos llorosos, pero formaba parte de su aprendizaje el superar la rabieta y aceptar el tiempo de castigo que le quisiera imponer su amo. No obstante, el entrenador se volcó con él y las caricias en el cuello y detrás de las orejas acabaron calmándolo.
El entrenador observó con calma, mientras los acariciaba, a los que ya veía como sus tres cachorros.

Con su rabito, su máscara y su mordaza, Golfo estaba ya listo para presentar a la comunidad pup; se le ocurrían un par de posibles amos para él, ambos con experiencia: uno de ellos se había quedado sin cachorro porque este había tenido que moverse de ciudad y otro tenía ya a uno adoptado pero se había mudado a un piso más grande y se veía en condiciones de aumentar la familia. Golfo había demostrado adaptarse bien no solo a su cuidador, sino también a otros cachorros, sin más celos que los razonables. Estaba listo por tanto para empezar con la siguiente fase de su entrenamiento; el encuentro con otros cachorros y amos en espacios públicos donde tendría que jugar, convivir y ser castigado en público, ya que el entrenador, al igual que otros amos y cuidadores, llevaba siempre una mochila con mordaza, cuerdas y pala de castigo a las quedadas y le gustaba afirmar su autoridad y asegurar el buen comportamiento de los cachorros con unos azotes o un tiempo de inmovilización.

Golfo volvió a inquietarse y retorcerse, emitiendo un quejido al que la amortiguación de la mordaza daba un toque todavía más canino. Solicitaba la atención de su entrenador, que sonrió ante el tierno intento de chantaje; no tenía ninguna intención de saltarse los turnos de caricias de cada perrito. Siguió acariciando el culo grande y suave de Tato mientras oía los lamentos de sus dos compañeros, ya que Lucho se había unido a Golfo formando un dúo y hasta incluso sus movimientos entre las cuerdas parecían coreografiados, y pensaba en llamar al amo que organizaba la siguiente quedada pup para avisarle de que acudiría no con dos sino con tres cachorros. 

jueves, 10 de enero de 2019

Relato BDSM: El cuento del criado

EL CUENTO DEL CRIADO
(Adaptación libre de El cuento de la criada de Margaret Atwood)
Elmo escuchó la arenga con la mirada perdida en el vacío, sin cometer el error de buscar alguna mirada cómplice entre sus compañeros. Las nalgas le escocían de la última aplicación de la vara de Tío Oscar, el vigilante de su residencia, por lo que cambió su postura de brazos en cruz por manos a la espalda para acariciarse con mucho disimulo el trasero, notando el calor que emanaba de este. No era el único de los jóvenes residentes, un total de 12, que no podía evitar alguna mueca y que intentaba aliviar el dolor de las nalgas con disimulo; no podían saber donde se encontraba Nick, el Ojo del régimen que vigilaba su residencia y que solía colocarse detrás de ellos para que los chicos se sintieran controlados en todo momento. Tío Oscar iba paseando su mirada penetrante y escrutadora por los que consideraba sus cachorros, mientras repetía una vez más las bondades del sistema de Gilead, que había sacado a la juventud de la decadencia y la abominación, y el privilegio de los jóvenes habitantes de aquella residencia, aunque Elmo lo consideraba más bien un barracón, por albergar la semilla de la nueva generación, todo un honor y una responsabilidad.
Suponía que algunos de sus compañeros asimilaban el discurso de Gilead, propagado por todos los Comandantes, los Tíos y los Ojos del régimen, pero él no podía evitar haber nacido con espíritu crítico. Era consciente, eso sí, de su suerte porque su detención había coincidido con el cambio de política natalista en Gilead. Que la práctica totalidad de los Comandantes eran estériles era un secreto a voces incluso ante la ausencia de medios de comunicación. Los casos de nacimientos de niños de otras razas o con rasgos que hacían patente de una manera embarazosamente manifiesta que no habían sido engendrados por los Comandantes había trascendido, por el simple motivo de que la natalidad era demasiado escasa para permitirse el lujo de deshacerse sigilosamente de esos niños y de condenar a las doncellas que habían buscado quedarse embarazadas de la única manera que les era posible; al fin y al cabo, habían cumplido con la función que les estaba encomendada.
Para hacer frente al problema, el régimen había ideado granjas para varones jóvenes fértiles, un sistema paralelo al ya creado para las doncellas. La fertilidad era tan preciada que el sistema no podía ahorrarse a ningún semental potencial si querían que existiese una nueva generación en Gilead con la suficiente diversidad genética, lo cual requería que fueran muchos y variados los donantes de esperma, aunque fuesen hijos de traidores, como el caso de Elmo. Todos los varones jóvenes, sea cual fuere su situación legal, policial o judicial, habían sido sometidos a pruebas de fertilidad, y las de Elmo habían dado un resultado aceptable. La elección entre la residencia, o más bien granja, de sementales, o de mancebos, como el Régimen les llamaba, y el ahorcamiento le llevó menos de un segundo; su padre había nacido para héroe, pero él no.
Finalizada la arenga, los chicos fueron enviados a sus camas. Elmo pidió permiso para ir al baño; tal vez podría haberse aguantado pero era una ocasión para dar un paseo. Nick, el vigilante, le acompañó, llevándolo debidamente esposado tal y como establecían los protocolos de las residencias masculinas. Los muchachos debían dirigirse al urinario con las manos en la nuca y sus pantalones, que carecían de bragueta, eran bajados por el vigilante. Los calzoncillos habían sido prohibidos para los sementales porque podían calentar en exceso los testículos y bajar la calidad del esperma. A Nick le gustaba bajarles los pantalones hasta las rodillas, contemplar las nalgas de los chicos y en ocasiones aumentar su humillación sosteniéndoles el pene con la excusa de evitar salpicaduras; en esta ocasión no lo hizo porque quería contemplar con calma las nalgas de Elmo, sus favoritas dentro de la residencia. Observó con gran placer las marcas dejadas por la vara y las acarició con suavidad mientras el joven terminaba de orinar.
- Veo que tienes el culito todavía muy caliente. Te pondré un poco de ungüento antes de dormir.
- Gracias, señor.
Tras propinarle una palmada cariñosa, le subió los pantalones y volvieron al barracón de las camas, donde el Tío Oscar supervisaba como los chicos se desnudaban. Debían poner toda la ropa al lado de la cama y a continuación enfundarse la camisa de dormir, que les cubría hasta la mitad de los muslos.
Nick y el Tío Oscar disfrutaron de la hermosa colección de cuerpos desnudos, unos más estilizados, otros más atléticos e incluso alguno tirando a gordito, ya que no siempre los cuerpos más apolíneos ni los chicos más dotados eran los más fértiles. Ambos hombres sentían predilección por las nalgas de los jóvenes, en su mayor parte cruzadas, como las de Elmo, por marcas de la vara.
Las últimas pruebas realizadas por los científicos del régimen de Gilead, que tenían el aumentar la fertilidad como prioridad absoluta, indicaban una correlación entre la producción y calidad del esperma y la aplicación habitual de azotes en la región glútea. Al parecer, al estudiar los métodos empleados en las granjas con índices de calidad espermática más elevados, las mejores eran aquellas donde los Comandantes aplicaban castigos corporales. Al enterarse de los resultados de los estudios, el Comandante Fred, siempre al tanto de las últimas innovaciones, se apresuró a comprar varas y correas de castigo antes de que su precio se pusiera por las nubes, y de sustituir al mucho más benévolo Tío anterior por Tío Oscar, firme partidario de la disciplina tradicional. Desde entonces el chasquido de la vara y los lamentos de los mancebos formaban parte de la cotidianeidad en la residencia.
Una vez acostados, los jóvenes eran objeto de revisión. Linterna en mano, Nick o Tío Oscar les revisaban el interior de la boca, el pelo y les levantaban la camisa de dormir para la revisión íntima por delante y por detrás. Debían sujetarse el pene y enseñar los testículos y el periné, y a continuación, en caso de no estar circuncidados, estirar el prepucio y enseñar el glande. En función del tiempo disponible y del ánimo en el que se encontraran, a veces los vigilantes optaban por sujetar las manos a los muchachos y agarrar pene y testículos ellos mismos. A continuación el joven debía darse la vuelta para la revisión anal, que nuevamente podía llevarse a cabo con la vista o también con el dedo. Una vez revisados y examinados, los mancebos debían dormir atados a los pies de la cama como medida de seguridad mediante unos grilletes, que desde el último cumpleaños del Comandante eran cómodos, de plástico y no dejaban marcas; la generosidad del señor del lugar, que al parecer los había pagado de su bolsillo, se la recordaba casi cada noche el Tío Oscar en su arenga.
Debían descansar bien para poder rendir al día siguiente y mantener los estándares de calidad del esperma, que tenían un nivel aceptable en la residencia; los tocamientos de los que eran objeto continuamente los chicos y el estado de semiexcitación en que se encontraban respondía no solo a los deseos tanto de Nick como de Tío Oscar, sino a instrucciones del Comandante, como parte del plan para convertir su granja en una de las más eficientes de la región.
Junto con las varas y correas para azotar a los chicos, había sido idea de Nick, cuya imaginación era muy apreciada por el Comandante, adquirir también un buen número de estimuladores tanto manuales como eléctricos. La estimulación de la próstata era, después de los azotes, la técnica más efectiva para mejorar la potencia de la erección y de la eyaculación, por lo que los mancebos eran sodomizados mediante unos dispositivos fálicos de plástico que podían introducirse y manejarse a mano o mediante descargas eléctricas. Tanto Tío Oscar como Nick, no obstante, optaban no pocas veces por el propio dispositivo fálico de carne que formaba parte de sus cuerpos para estimular a los chicos, con un resultado igual de eficaz; naturalmente esta técnica sí estaba prohibida pero el riesgo que afrontaban los vigilantes era casi nulo, sobre todo si el Comandante, como se rumoreaba, era también partidario de estos métodos.
Elmo no era el único chico al que Nick violaba con frecuencia, pero empezaba a darse cuenta que sí era a quien lo hacía más sistemáticamente. Volvió a apreciar este favoritismo en la inspección de antes de dormir. El vigilante pasó con él mucho más tiempo que con ningún otro de los mancebos acariciándole y poniéndole crema en las nalgas y penetrándolo con el dedo. Contra su voluntad, el joven no pudo evitar una gran erección ante las caricias; Nick redobló sus atenciones y se acercó a él para susurrarle al oído:
- El Comandante desea verte a solas. A las 11 esta noche en el hall de la residencia.
El mensaje le sorprendió tanto que más tarde llegó a dudar si había sido real y tuvo que comprobarlo poniendo a prueba las ligaduras de sus grilletes, que se soltaron con facilidad; efectivamente el vigilante le había dado la opción de soltarse, aunque con gran disimulo, puesto que nada en el comportamiento posterior de Nick habría hecho sospechar que le acababa de transmitir aquella información. El trato directo con el Comandante estaba prohibido; lo estaba incluso mirarle fijamente o directamente. Podía ser una trampa; la posición vulnerable de los chicos los hacía celosos entre ellos y las riñas y peleas eran frecuentes. Las atenciones que recibía de Nick, que otros muchachos habían notado sin duda, podían haber suscitado las envidias de otro joven al que tal vez el vigilante hacía aún más caso, hasta el punto tal vez de estar dispuesto a hacer caer a Elmo en desgracia para complacerle.
Aunque también era posible, y de hecho más probable que la otra opción, que el interés de Nick en él durante los últimos días fuera un pretexto para transmitirle mensajes del Comandante. El poder tiene también sus inconvenientes y para el jefe de la residencia no era tan fácil mostrar preferencia por uno de los mancebos en público; de gustarle alguno, cosa sin duda bastante frecuente ahora que con la nueva política de natalidad ya no tenía acceso a las doncellas, tendría que recurrir a estas triquilueñas y Nick era su hombre de confianza. En ese caso Elmo no podía de ninguna manera desobedecer una orden del señor del lugar, aunque se le hubiera dado de manera indirecta, mientras que si la invitación del Comandante era una trampa y Tío Oscar lo pillaba en el hall su castigo no pasaría de unos azotes y algún día de aislamiento. Una vez resuelto su dilema del prisionero particular, comprobó la hora en el reloj del dormitorio y, sin hacer ruido para evitar que lo delataran los compañeros, se levantó de la cama y se dirigió hacia el hall, no por el camino más corto sino por el que se usaba para ir a los servicios, de manera que si alguno de los mancebos lo veía podría suponer que Tío Oscar o Nick lo habían soltado y le habían dado permiso para ir solo al aseo, lo cual sucedía con cierta frecuencia aunque el reglamento estableciera que los muchachos debían ser conducidos atados.
El hall estaba frío y se preguntó cuánto tiempo debía esperar en caso de que el Comandante se retrasara. Pero su puntualidad fue exquisita y a las 11 en punto se abrió la puerta que se dirigía a las habitaciones interiores del señor del lugar, unos espacios que Elmo no conocía. Con cierta aprensión se dirigió a la puerta.
- Entra, sin miedo.
Se le hacía raro que el Comandante, a quien conocía de discursos y homenajes a los líderes de Gilead, se dirigiera a él en persona con su voz profunda y un tanto brusca. Pero así parecía estar ocurriendo; por primera vez lo veía en ropa de calle, sin corbata, y no sabía si debía o no mirarle a los ojos, puesto que en su vida diaria estaba prohibido. Le atrajo su barba poblada, su aire marcial y su masculinidad, aunque de cerca notó que era más joven de lo que había pensado, un hombre más de mediana edad que maduro. No mucho mayor que Nick, tal vez.
- Gracias por venir.
Lo agarró cálidamente del brazo y le habló como si hubiera acudido voluntariamente a la cita, mientras lo guiaba por los pasillos de las zonas de la residencia que generalmente estaban vetadas a los mancebos. Finalmente entró en una puerta que conducía a un confortable despacho con un aire a la vez oficial y hogareño: tapiz, muebles de madera noble y alfombra. El Comandante cerró la puerta, se sentó en el sofá y le hizo acostarse con la cabeza en su regazo.
- ¿Te encuentras bien?
- Me encuentro muy a gusto aquí, Señor.
Le levantó la camisa de dormir y se la quitó, dejándolo desnudo y hecho un ovillo mientras lo contemplaba con una sonrisa de oreja a oreja.
- Tenía muchas ganas de estar conmigo. Llevo días fijándome en ti, ¿no lo has notado?
- Señor, yo ..... no, Señor.
- Tienes un cuerpo muy bonito.
- Gracias, Señor.
Le palpó con delicadeza las nalgas, notando tanto la crema como las marcas, ya mucho más tenues, de la vara.
- ¿Nick te ha tratado bien? Le pedí que te pusiera mucha crema.
-... Sss, Sí, Señor. Ha sido muy amable.
- ¿Te han dolido mucho los azotes? Nadie quiere ser cruel con vosotros, pero Gilead necesita vuestro semen. Y desde que os azotamos regularmente la producción y la calidad de la residencia han subido. Y mucho.
- Lo entiendo, Señor.
- Excelente culito, muy suave al tacto. Nick me dijo que me iba a encantar, y casi siempre acierta con mis gustos.
Así que Nick seleccionaba chicos para el Comandante; probablemente ello le sirviera para mantener su cómoda posición de vigilante de residencia, un trabajo sin grandes preocupaciones y con acceso a chicos jóvenes que le debían obediencia.
El Comandante sentó a Elmo en sus rodillas y su boca buscó la suya. El joven se comportó con gran docilidad, dejándole hacer a la boca y a las manos del señor de la casa, que probaban y exploraban su cuerpo con deleite. Lamentó no poder dormir en la cama de su amo, que imaginaba grande, cálida y confortable. Tras un largo rato de caricias y manoseos fue enviado de vuelta a su dormitorio con la promesa de que mañana el Comandante en persona se encargaría de recoger su muestra de semen, como le había visto hacer con otros chicos con anterioridad.


Al día siguiente los mancebos se preparaban para la recogida de las muestras de semen. Para ello su vello púbico era afeitado previamente, tanto el de la zona genital como el vello perianal y anal. Elmo vio como sus compañeros eran colocados con el culo en pompa inclinados sobre la cama mientras Nick y Tío Oscar les enjabonaban y rasuraban el vello antes de que llegara su turno. Un cepillo grande y pesado de madera dura de fresno estaba a mano durante toda la operación, dispuesto a castigar el culito de cualquiera de los muchachos que no colaborara con total obediencia y sumisión al afeitado. El método era bastante efectivo; todos los jóvenes de la residencia estaban ya familiarizados con el cepillo de castigo y prefirieron la aplicación de la cuchilla.
Una vez todos preparados, fueron pasando en parejas a la sala de recogida de muestras, en la que tenían que colocarse tumbados boca abajo desnudos encima de un dispositivo conocido popularmente como la ordeñadora. Su pene era enfundado y acariciado con una herramiena eléctrica que le transmitía una vibración bastante agradable que ayudaba a mantener la erección. De acuerdo con el protocolo implantado en la residencia, antes eran azotados y violados con un plug o de la forma establecida por su vigilante.
Tras hablar con Tío Oscar, el Comandante se ocupó personalmente de Elmo y de uno de sus compañeros. Elmo observó primero como el otro joven era colocado sobre las rodillas del amo, que empezó rápidamente a propinarle una larga tanda de azotes con la mano. Solo después de muchas miradas no correspondidas, los ojos del amo buscaron los de Elmo, a quien dirigió un guiño antes de reanudar los azotes sobre el bonito culo que tenía en su regazo. Elmo tuvo que esperar mucho menos de lo que pensaba para encontrarse en la misma posición y probar la mano del Comandante, ya que este no dudó en castigarlos a ambos a la vez, colocando a cada joven sobre una de sus rodillas.
Tras los azotes, Elmo sí recibió un trato preferente al ser directamente sodomizado por el Comandante mientras que su compañero debía conformarse con recibir estimulación prostática mediante un plug introducido con calma por el propio señor de la casa. El joven se inquietó pensando en qué situación le colocaba su posición de favorito dentro de la residencia; sin duda debía aprovecharla puesto que no sabía cuanto duraría y cómo reaccionaría el amo después. Decidido a aprovechar el presente, Elmo se relajó y se dejó llevar por la estimulación en su próstata; pensando en los azotes que había recibido y los que sin duda le esperaban también al día siguiente, logró uno de los mejores orgasmos desde que se había convertido en mancebo de Gilead.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Relato BDSM: El banquete

EL BANQUETE

Sebastián se dirigió al mercado aquella mañana con una intención muy precisa. Sabía que tendría que estar a primera hora para conseguir una buena oferta evitando la aglomeración que no tardaría en producirse cuando se corriera la voz. Afortunadamente el amo tenía contactos, era un buen cliente y Sebastían, a quien todos conocían como su mano derecha, recibía chivatazos de los mercaderes cuando llegaba nuevo producto de calidad. Las horas de ventaja eran clave.
El viejo sirviente, que se ocupaba de los asuntos del amo desde antes del nacimiento de este, como a veces le gustaba mencionar, prefirió, como siempre, hacer gala de la prudencia que su señor tanto apreciaba y no crear expectativas, aunque esta ocasión tenía el presentimiento de que iba a encontrar lo que el amo buscaba. Max, el mercader que le había llamado la noche anterior, conocía bien el género y era de fiar. Últimamente el señor de la casa estaba de mal humor, enfurruñado, y Sebastián conocía la mejor forma de animarle; pensaba en ello mientras entraba en el mercado, atravesaba la zona de alimentación y se dirigía a la parte, cerrada y reservada al público masculino, donde se exhibía el producto especial que andaba buscando.
El portero le saludó cordialmente y, como viejo conocido que era, fue flexible con las normas y no le aburrió advirtiéndole acerca de la peculiar mercancía que se vendía en el interior. Sabía que no iba a herir su sensibilidad precisamente sino todo lo contrario, y Sebastían bromeó al respecto mientras entraba.
Al introducirse en el recinto, iluminado a través de claraboyas y sin ventanas al exterior para asegurar la intimidad de los clientes, la impresión del producto expuesto fue inmejorable. Había oído hablar de la belleza de los jóvenes de las nuevas colonias del imperio pero la realidad superaba con creces cualquier foto o relato. Y jamás había visto tal abundancia de muchachos a la venta; Max no había mentido y, pese a sus habilidades comerciales, apenas había exagerado: Sebastían, que llevaba más de 20 años comprando esclavos para su amo y anteriormente 30 haciéndolo para el padre de este, no recordaba tanta cantidad, calidad y variedad en el producto desde hacía mucho tiempo. Chicos de todas las razas eran exhibidos totalmente desnudos en los mostradores y los mercaderes anunciaban que había más disponibles en catálogo. Los había altos, bajos, delgados, robustos, blancos, negros, simpáticos, serios, pícaros, tímidos, desde adolescentes hasta algún que otro treintañero, y tantos que era difícil decidirse solo por uno.
La expansión del Imperio y la incorporación de las últimas colonias había producido la llegada a la ciudad de un gran número de jóvenes de los pueblos sometidos. En las zonas más rebeldes, el ejército conquistador raptaba en venganza a los hijos varones de las familias opositoras, que se repartían como esclavos entre la tropa. En la mayoría de los casos, sin embargo, las familias de las nuevas colonias vendían a sus muchachos a los mercaderes de forma voluntaria, por considerarlo la mejor opción tanto para la economía familiar como para el futuro de los jóvenes, que podrían prosperar bajo la tutela, severa, eso sí, de un amo bien situado en la capital. Los precios habían bajado por el aumento de la oferta y este era el momento ideal para que Sebastián encontrara un compañero joven, leal, sumiso y guapo para su amo.
Delante de cada joven había un pequeño panel con su descripción; las habilidades de cada uno y los trabajos que sabían desempeñar en el hogar, si eran esclavos de primera o segunda mano, su experiencia previa, si eran vírgenes de boca y / o ano o si habían sido ya entrenados, y por supuesto su precio, que el viejo sirviente encontró mejor que razonable. Tras echar un vistazo a los excelentes músculos de los muchachos formados para trabajos manuales, el mayordomo se dirigió a la zona de esclavos de compañía, especializados en acompañar y servir al señor de la casa.
Aunque aquí los jóvenes estaban igualmente desnudos para que los mercaderes exhibieran su belleza y pudieran sacarle el máximo provecho económico, los paneles descriptivos eran mucho más extensos en detalles. Estos muchachos no solamente iban a proporcionar placeres carnales a sus amos y hacer tareas domésticas básicas, sino que se les proponía para acompañar al señor de la casa en la actividad diaria y en viajes, entretenerle, ser corteses con sus visitas y desempeñar funciones de gestión de cierta complejidad; para ello debían tener una sólida formación, conocimientos de lenguas y nuevas tecnologías que les permitieran ser administradores de la propiedad del amo en el futuro. Su precio era por ello muy superior; tener esclavos de compañía era una muestra de distinción y por eso aquel día era una ocasión tan buena para conseguir uno por un precio considerable pero asequible.
Sebastián leía los currículos de los jóvenes en los paneles y se deleitaba también con sus bonitos rostros, sus torsos, sus piernas y, sobre todo, sus nalgas, una preferencia que compartía con el amo. Los mercaderes colocaban su apetitosa mercancía en diferentes posiciones para atraer a los compradores; se fijó en un grupo de cuatro chicos inclinados para hacer su trasero más prominente y ofrecerlo sumisos a los clientes potenciales. Uno de los culos, redondo, carnoso y muy apetecible sin ser demasiado voluminoso, le llamó la atención. Se giró para ver la cara del muchacho, y supo entonces que había encontrado lo que buscaba. Un cuerpo delgado natural, sin espaldas, brazos y hombros ancheados artificialmente, un culito voluptuoso y una cara dulce con un poso de tristeza lógico en alguien tan joven que acababa de experimentar un cambio de vida tan brusco; mientras otros chicos intentaban borrar su inseguridad mostrando una falsa satisfacción para resultar más apetecibles, la ternura que vio en los ojos de aquel joven le conmovió. Conocía bien los gustos del amo, y sobre todo sus necesidades. Había muchachos más guapos, más exóticos, más sensuales y con mejores cuerpos, pero muy pocos con un culo tan azotable y menos aún con aquella capacidad de despertar confianza.
El joven se llamaba Lucas, tenía 21 años y su currículo no era excesivamente brillante para un esclavo de compañía. Hablaba dos idiomas y antes de ser vendido cursaba estudios universitarios; no destacaba en nada especial. Pero al amo no le gustaban los chicos pedantes ni intelectuales, sino los muy sumisos y, aunque jamás lo reconocería, sensibles y cariñosos, y eso es lo que Lucas transmitía. Ya se le educaría debidamente, y severamente, en las aptitudes que iba a necesitar en la casa.
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El amo leyó el mensaje de Sebastián, en el que hacía referencia a una agradable sorpresa, pero lo olvidó a los cinco minutos. Los negocios familiares le habían dado un día muy cansado, y encima le había enfadado el mensaje de Tito, un antiguo esclavo emancipado que volvía a necesitar dinero. De nuevo le contaba una historia sobre obras que tenía que hacer en su casa, pero el amo, que tenía muy buenos confidentes en todas partes, sabía de buena tinta que tenía deudas de juego. Cumplidos ya los 30 años, el amo había pensado que permitirle emanciparse era la única forma de que aquel cabeza hueca madurara, pero había sido un error. O tal vez con Tito evitar el error era imposible. Como conocía a su prestamista y este le debía un favor, solucionó el problema con una llamada en la que consiguió ampliar el plazo para devolver el dinero a cambio solamente de la promesa de azotar severamente a su antiguo esclavo, cosa que el amo pretendía hacer, y con gran gusto, tan pronto tuviera ocasión.
Mientras se resolvía este incidente, en casa Sebastián ultimaba la preparación de Lucas para presentarlo a su nuevo amo. El muchacho, educado y temeroso durante el camino a su nuevo hogar, había obedecido sin dar problemas cuando el mayordomo lo desnudó y le hizo esperar con las manos en la nuca en señal de sumisión mientras preparaba su aseo. Tampoco tuvo ningún mal gesto al ser acompañado desnudo del brazo hasta el cuarto de baño; ni siquiera intentó cubrirse cuando en el pasillo se encontró con otro de los esclavos de la casa, que le dirigió una mirada divertida. Sebastián le sujetó las manos a una barra en la pared para poder bañarle con comodidad; ni siquiera en las partes más delicadas del baño, como la retirada del prepucio para enjabonar el glande o la penetración con el dedo para hacer lo propio con el ano y periné, el muchacho ofreció resistencia alguna. Algo había tenido que ver, eso sí, el sacudidor de alfombras que colgaba de un gancho en la pared junto a las toallas y que el mayordomo le aclaró nada más llegar que servía para calentar los culos de los jovencitos que se portaban mal durante el baño y que tenía la intención de usarlo al primer comportamiento inapropiado.
Una vez limpio, el joven fue colocado a cuatro patas sobre un dispositivo muy versátil que todos los jóvenes esclavos de la casa habían probado muchas veces; servía para afeitarles la zona perianal, para azotarles en las nalgas o para violarlos. Sebastián no pudo menos que apreciar de nuevo lo deseable y hermoso del culito ofrecido ante él y salió de su mutismo mientras llenaba de espuma los alrededores del ano del joven.
- Precioso culito, nene. Al amo le va a gustar mucho.
- ¿Usted cree, señor? Gracias; espero agradar al amo.
- Solo tienes que ser muy obediente y educado; poner buena cara y hacer todo lo que se te diga. Ahora muy quietecito que tengo que pasarte la cuchilla.
- Sí, señor. El amo no quiere que tenga pelos, ¿verdad, señor?
- Eso es nene, el amo te quiere bien afeitado. Así, muy quieto.
- ¿Esta pieza en la que estoy agachado se usa también para azotar a los esclavos, señor?
- Eso es, para afeitaros y también para azotaros en caso de falta grave, con la vara o la correa. Para las faltas leves, el amo te colocará sobre sus rodillas y te azotará con la mano o con una regla.
- ¿Me azotarán esta noche, señor?
- Eso lo decidirá el amo. Pero es muy probable que quiera mostrarte lo que te espera en caso de desobediencia.
- De acuerdo, señor.
Al llegar a casa, el amo se encontró con un bonito espectáculo que suavizó su expresión ceñuda nada más entrar. Un precioso trasero desnudo colocado en pompa; la ausencia total de pelos le permitió apreciar la belleza del ano y de la zona perianal ya desde la distancia. Se acercó para comprobar su suavidad y le encantó el ronroneo mezcla de temor y de placer que emitió al ser acariciado el jovencito inclinado en esa postura tan sensual.
El amo giró la cabeza inclinada del muchacho, que se encontraba totalmente desnudo y atado al dispositivo que le hacía elevar y ofrecer las nalgas, y su sonrisa se amplificó al ver la belleza y la dulzura de su rostro. Notó a su lado la presencia de Sebastián y sonrió.
- Así que esta era la sorpresa, viejo zorro. Un chico joven y guapo de los que a mí me gustan. ¿De quién es esta preciosidad?
- Suyo, señor. Es Lucas, su nuevo esclavo de compañía.
- ¿Que lo has comprado? ¿Pero con qué dinero? Debe valer un ojo de la cara.
Al aclarar el buen precio de la adquisición, el amo acarició con mano suave pero firme el hermoso trasero de Lucas mientras asentía confirmando la opinión de su mayordomo sobre el nuevo sirviente de la casa.
- ¿Qué haría yo sin ti? Ni yo mismo habría escogido mejor. Vamos a empezar a entrenarlo esta misma noche. ¿Ha llegado el sinvergüenza de Tito?
- Sí, señor, le espera desde hace un rato.
- Bien. Lleva a Lucas al salón para que presencie el castigo; prepara unas disciplinas duras y una buena vara para Tito, y también una vara junior para este joven. ¿Está dilatado?
- Parece virgen, señor. Lo he inspeccionado.
El amo humedeció su dedo índice con saliva antes de introducirlo con decisión aunque con cuidado en el ano del muchacho, comprobando que, en efecto, la vía era estrecha y habría que ensancharla. Sonrió con satisfacción al ver su erección incipiente; Lucas era un sumiso natural.
- Efectivamente. Habrá que entrenarlo entonces. Prepara también los dilatadores.
- Sí, señor.
- ¿Tito está preparado para su castigo?
- Todo listo, señor. Hago que le lleven al salón las disciplinas y la vara mientras traslado allí a Lucas.
- Gracias, Sebastián.
Al entrar en el salón, el amo comprobó que, tal y como su mayordomo le había indicado, Tito estaba fuertemente atado por muñecas y tobillos al poste de castigo y desnudo. Había engordado ligeramente tras su emancipación y su matrimonio, pero al amo no le disgustaba en absoluto la mayor redondez que notaba en sus nalgas.
Desde que había dejado de pertenecerle, el amo había tenido que castigar a Tito dos veces, por deudas y quejas de sus jefes en el trabajo, y esta sería la tercera. Naturalmente el joven rogó y suplicó que se le desatara, sobre todo al ver llegar a Jaime, uno de sus antiguos compañeros, portando las disciplinas y la vara con las que se le iba a azotar. El amo, haciendo caso omiso de las súplicas y de las promesas de enmienda, comprobó el buen estado de las disciplinas, unas tiras de cuero unidas en un mango a imitación de las antiguas herramientas empleadas para la flagelación o autoflagelación en los monasterios. Tras colocarse en la posición idónea, el amo, sin mediar palabra, descargó las disciplinas sobre la espalda desnuda de Tito.
El temor de Lucas era evidente ya desde antes de entrar en el salón, al que se le condujo desnudo y debidamente maniatado y amordazado. Los azotes y los gemidos de Tito se escuchaban en toda la casa, y la visión de la mitad superior de la espalda del joven notablemente roja habría sido impresionante para cualquiera sin experiencia en presenciar castigos, mucho más en un chico tan joven recién comprado como esclavo que sabía que antes o después se encontraría en la misma posición. Sebastián lo agarró con firmeza aunque sin violencia para que presenciara el castigo. También se encontraban en la sala Jaime y otro jovencito al que Lucas aun no conocía, ambos vestidos con una especie de uniforme compuesto por una camisa blanca y unos pantalones cortos. Lucas entendió que se trataba de otros esclavos que prestaban servicio en la casa y que se disponían a contemplar complacidos el castigo de su antiguo compañero.
Los azotes en la espalda continuaron durante varios minutos en los que los jadeos y gritos sordos del antiguo esclavo se intensificaban a ratos para convertirse en sollozos y murmullos. El amo, que conocía bien a Tito, ejecutó la merecida flagelación sin inmutarse hasta quedar satisfecho del tono de la espalda del joven. Se la acarició con calma durante un minuto antes de tomar la vara para iniciar la segunda parte del castigo, que se aplicaría sobre las nalgas desnudas, redondas y apetitosas.
Diez minutos después, el amo abrazaba a un lloroso Tito ya liberado, con la espalda y las nalgas muy rojas. A Lucas, a quien aterraba mirar el poste ahora libre por si iba a ser él quien lo ocupara a continuación, la escena le había perturbado enormemente y el cariño que ahora el amo mostraba por el joven al que acababa de azotar con bastante severidad le producía sensaciones tan encontradas que le producían una especie de mareo.
Tras el largo abrazo, el amo pareció recordar la presencia de Lucas y, tras amonestarle cariñosamente, se despidió de Tito y se dirigió hacia este, que bajó la mirada con gran aprensión. Lo tomó del brazo y se despidió del resto de los presentes mientras lo encaminaba hacia su habitación. El nuevo esclavo obedeció inmediatamente, aliviado de no haber sido atado al poste, pero recordando el comentario de su amo a propósito de una vara junior que le esperaba, probablemente en la habitación a la que se dirigían. Sebastián observó complacido como el amo conducía al joven esclavo desnudo y atado recién incorporado a la casa sintiéndolo ya de su propiedad.
Una vez en la habitación del amo, este se sintió muy complacido por lo bien que cuidaba Sebastián de los detalles; el instrumental para someter a Lucas estaba a su disposición encima de la mesa. Tranquilamente tomó la vara y la chasqueó en el aire para temor del joven a su servicio. Contempló las pinzas para los pezones, el collar, la mordaza y un aparato que su esclavo no pudo identificar inmediatamente, aunque intuyó que podía servir para encerrar su pene.
El amo sonrió en su interior al ver el temblequeo que Lucas intentaba disimular. Se acercó a él, lo agarró del cuello y lo trajo con él hasta la silla que estaba colocada en una posición en principio extraña en medio de la habitación. Se sentó y obligó al muchacho a ponerse de rodillas a sus pies para luego, en un movimiento hábil que pilló a su pupilo por sorpresa, colocarlo sobre sus rodillas.
El joven, inquieto y asustado al verse inmóvil con las manos sujetas sobre las rodillas de su dueño, se retorcía buscando una posición más cómoda. El amo empezó a acariciarlo para que se tranquilizara, y al cabo de unos pocos minutos el muchacho se encontraba tranquilo como lo que debía ser a partir de ahora, un animal de compañía que recibía caricias. La sensación de placer y al mismo tiempo de inquietud fue todo un descubrimiento para la líbido de Lucas, cuya erección empezó a hacerse perceptible sobre los muslos de su amo.
Este último comprendió que había llegado el momento de castigarle y levantó la mano que estaba acariciando las nalgas suaves del chico para hacerla caer de golpe. El azote resonó fuerte y sorprendió a Lucas, que no pudo evitar emitir un quejido antes de sentir el escozor de la mano fuerte y firme del amo sobre su otra nalga. Excitado por la contemplación y el tacto del hermoso trasero ofrecido sobre su regazo, el amo lo azotó con calma pero con continuidad durante las siguientes minutos.
Tras haber presenciado el castigo bastante más duro de Tito, Lucas se encontraba confundido ante la mezcla de placer y dolor que le proporcionaba la mano firme de su amo, que alternaba los azotes con las caricias. El amo buscaba a propósito estos sentimientos encontrados en el joven; tenía mucha experiencia en adiestrar a esclavos y Lucas no parecía ser un rebelde necesitado de que le pararan los pies sino un muchacho asustado necesitado de protección, y eso es lo que le quería transmitir. El joven parecía entender por su actitud, puesto que no había puesto ninguna resistencia en ser atado, desnudado ni conducido por la casa, cual era su lugar. Una paliza severa, como la que había recibido Tito y la que les había propinado en las nalgas a algunos de los esclavos que prestaban servicio en la casa en su primera noche, le hubiera despertado terror y ansiedad, y no era ese el objetivo, sino que entendiera que como esclavo debía ser azotado regularmente, pero la experiencia podía no ser tan desagradable si mostraba una total sumisión, como lo estaba haciendo.
No obstante, el amo sabía bien que hasta el jovencito más obediente y amable debía no temerle pero sí respetarle, y tener claro que cualquier atisbo de desobediencia sería castigado y que la palabra del dueño y señor de la casa no tenía vuelta atrás. El amo había hablado de que el nuevo esclavo iba a probar la vara, así que había que usarla. Con mucho cuidado, levantó al joven de su regazo, contempló el color rojo moderado que había tomado su bonito trasero y lo llevó despacio hacia una plataforma idéntica a la que el chico ya conocía por haber estado atado en ella nada más llegar a la casa; Lucas, de hecho, se preguntó si era la misma hasta que por algunos detalles en su construcción vio que era otra distinta y pensó que, si disponían de estos dispositivos en toda la casa, estaba claro que su uso debía ser muy frecuente.
Tomándose su tiempo, le sujetó muñecas y tobillos a la plataforma. Con una cuerda le rodeó también el torso inmovilizándolo completamente, con la cabeza inclinada impidiéndole ver más que el suelo y las piernas muy abiertas. El joven notaba la vulnerabilidad y la exposición de sus nalgas y su ano; sin embargo la autoridad natural de su amo y la mano firme que acariciaba su cuello y su pelo le tranquilizaron, incluso al escuchar el chasquido de la vara cortando el aire.
Lucas pegó un respingo al sentir el golpe de la vara, intenso y penetrante. Emitió un gemido que gustó al amo, volviendo a demostrarle que no estaba ante un gallito al que hubiera que meter en cintura sino ante un sumiso que se iba a adaptar deprisa a su nueva vida. Se aseguró por lo tanto de que los azotes se hicieran sentir, y disfrutó viendo las hermosas marcas horizontales que dejaban en las nalgas indefensas y expuestas del joven y escuchando sus jadeos, pero sin forzar sus límites. Tras unos diez golpes, acarició las nalgas y disfrutó sintiendo su calor mientras advertía a su esclavo:
- Esto no es más que un aviso, nene. Si incumples una orden mía o de Sebastián serás azotado fuerte con esta vara. ¿Crees que podrías aguantar un castigo como el de ese bribón de Tito?
- No, señor, creo que no podría. -El muchacho respondió con voz entrecortada y temblorosa.
- Entonces tienes que obedecer cualquier instrucción que se te dé, inmediatamente y sin contestar ni mucho menos poner pegas. Poniendo siempre buena cara. Si eres completamente sumiso, recibirás caricias y nos entenderemos bien. ¿Entiendes, nene?
- Sí, sí, señor.
- Correcto. Y, salvo que se te pregunte otra cosa, esas son las únicas palabras que debes decirnos a mí y a Sebastián: sí, señor.
Acarició las nalgas con más fuerza y descargó en ellas un azote con la mano. El joven comprendió que debía mostrar su conformidad.
- Sí, señor. Entendido, señor.
- Buen chico; ahora voy a desatarte para colocarte en castidad y para dilatarte, nene. Vas a ser entrenado como esclavo doméstico a mi servicio. No tienes que preocuparte de nada más que de obedecer y hacer lo que Sebastián y yo te indiquemos.
Tras desatarlo, el amo levantó al muchacho con cuidado de la plataforma de sumisión; un alzamiento brusco a veces podía causar un desvanecimiento, sobre todo en un esclavo novato. Le acarició el pelo de manera firme y paternal y le animó a que sacudiera tobillos y muñecas para desentumecerlos, con la amenaza de volver a atarle a la menor resistencia que ofreciera se le ponía en castidad y se le dilataba.
Sebastián entró en la habitación en el momento propicio para ayudar. Mientras Lucas yacía inmóvil en la cama con las manos en la nuca, los dos hombres agarraron sus testículos y los encerraron en la jaula metálica de castidad, añadiendo luego la funda que sujetaba el pene impidiendo cualquier amago de erección. Lo cerraron y se repartieron ambas copias de la llave. La jaula permitía al muchacho orinar y le recordaba que esa era la única función de su pene de ahora en adelante.
Tras felicitarle por su buen comportamiento, le hicieron darse la vuelta. Sebastián no pudo evitar comentar y expresar su satisfacción al ver las marcas de la vara en las nalgas del joven, cuya belleza alabó también antes de opinar, a petición del amo, acerca del grosor más adecuado del dilatador que introducirían en el ano del joven. Debía resultar efectivo y solo ligeramente molesto para dilatar la mucosa de manera progresiva sin dañarla. Frente a amos que pregonaban la brutalidad y la conveniencia de desgarrar a los muchachos a su servicio, el señor de la casa tenía claro que un poco de paciencia era la mejor opción; con un tratamiento intenso con dilatadores como el que tenían pensado para él, en unas pocas semanas Lucas estaría más que listo para satisfacerle y ser violado con total sumisión y sin resentimiento.
A pesar de sonoros suspiros y quejas, el dilatador fue introducido en toda su longitud en la cavidad rectal del esclavo, que tendría que retenerlo al menos durante una hora. Sebastián acarició las nalgas del joven antes de proceder a atarlo a la cama, procurando que las cuerdas no dañaran la piel y le permitieran una cierta movilidad sin que existiera la opción de soltarse. Una vez sujeto el joven, el veterano mayordomo se retiró dejando al señor de la casa con quien era evidente que sería desde aquel momento su esclavo predilecto.
El amo se desvistió y se metió en la cama con el joven desnudo. Lo abrazó estrechamente, de manera que Lucas se vio envuelto en los brazos fuertes del amo y notó su miembro tieso pegado a sus nalgas. El calor de su cuerpo lo tranquilizó, o simplemente su mente se desvaneció después de las experiencias tan intensas del día, durmiéndose plácidamente protegido por el cuerpo fuerte de su dueño.
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El adiestramiento de Lucas se desarrolló durante las siguientes tres semanas. El muchacho aceptó su rutina de levantar a su señor con una larga y suave felación, puesto que al amo le gustaba tener un dulce despertar por las mañanas. A partir del tercer día, una ligera seña tras desatarle era suficiente para que la boca del joven se dirigiese a su siempre tieso objetivo. A continuación, Sebastián lo bañaba meticulosamente y, a partir de la segunda semana, lo vestía con el uniforme de los esclavos de la casa; durante la primera semana y fase de su educación, había tenido que permanecer desnudo en todo momento. Si el amo se encontraba en casa, revisaba su indumentaria y salía con él de paseo; lo llevaba agarrado de la mano y con una vara en la otra, indicando que el joven que lo acompañaba se encontraba bajo su control, lo cual era ya obvio por el uniforme y los pantalones cortos del joven. Si se encontraba ausente, era Sebastián quien lo sacaba, también llevando la vara y agitándola en el aire de vez en cuando.
La intuición del amo no falló: Lucas era obediente por naturaleza; le gustaba recibir órdenes y complacer, y su dueño se aseguraba de reforzar esa tendencia natural mediante caricias y recompensas, a veces en forma de muestras de confianza. El muchacho tenía cierta formación y Sebastián, que tenía ya una edad, había pensado en él para reemplazarle en el futuro como mano derecha del amo en la casa. Naturalmente empezando desde abajo, aprendiendo tareas de gestión sencillas como avisar de qué artículos se acababan y qué compras eran necesarias, y sin descuidar su tarea principal, que era el dar compañía al amo: a veces conversación y, cuando no se le preguntaba, limitándose a permanecer callado a su lado o en su regazo. Por las noches después de una jornada complicada, o los sábados por la mañana cuando se podía disfrutar del día y de los pequeños placeres de la vida, al amo le divertía tratarlo como a su perrito, haciéndole caricias y sometiéndole a amables torturas de cosquillas, que solían acabar en azotes benévolos cuando el cachorro se retorcía e intentaba librarse de los dedos perversos del dueño.
El lugar especial que ocupaba Lucas en la casa, en la que nunca había habido un esclavo de compañía sin una función específica asignada, naturalmente había suscitado recelos entre los otros jóvenes. El amo y Sebastián, que ya habían previsto y comentado entre ellos estas tensiones inevitables, estaban preparados cuando estas desembocaron en ciertas faltas de disciplina que fueron rápida y severamente castigadas. Precisamente por su posición de privilegio, el amo esperaba un comportamiento ejemplar de Lucas y no dudaba en azotarlo delante de sus compañeros, para gran deleite de ellos, cada vez que este se dejaba arrastrar por insidias o comentarios malintencionados fruto de la envidia y daba una mala contestación.
Por supuesto, Lucas era entrenado también en dar placer. Su técnica masturbatoria y felatoria había hecho progresos significativos desde su llegada. El amo recurría a veces a algún otro esclavo de la casa, sobre todo el camarero, que era el que tenía la boca más experta, para que el nuevo mozo de compañía aprendiera de sus habilidades. El aprendizaje entre iguales funcionaba, y el camarero, un muchacho unos cinco años mayor que él y que llevaba ya siete sirviendo al amo y conociendo de manera experta su miembro y las maneras de estimularlo, enseñó a Lucas muchas técnicas y trucos. El amo se relajaba y, con gran deleite, se dejaba hacer por las bocas de los dos jóvenes desnudos arrodillados a sus pies.
Por fin llegó el día, en el plazo que había calculado Sebastián, en el que los dilatadores habían ensanchado la cavidad natural de Lucas lo suficiente para ser penetrado también analmente. El amo lo comprobó con gran satisfacción esa noche y a la mañana siguiente informó de ello a su mayordomo, así como de otra noticia que llenó a este último de satisfacción: Lucas iba a ser presentado en sociedad a través de un simposio o banquete.
Esta tradición de la antigua Grecia había sido recuperada por algunos de los señores más influyentes de la ciudad; el amo, más sencillo y discreto, había tildado en su día esta práctica de esnobismo y no era amigo de organizar estos eventos sociales. La organización de un simposio para la presentación en Lucas de sociedad, por lo tanto, tenía un gran significado, y más cuando ninguno de los esclavos adquiridos anteriormente por el amo habían sido objeto de tal atención. Algunos de los simposios griegos, de acuerdo con las investigaciones de los arqueólogos e historiadores, habían tenido como función la presentación en sociedad del nuevo efebo del que un caballero influyente se había hecho mentor y las cerámicas de la época muestran a los invitados varones del dueño de la casa tocando a chicos desnudos. Era obvio que el amo pretendía recuperar este modelo de evento y presentar a su esclavo predilecto a sus amistades, correspondiendo a invitaciones de naturaleza semejante donde había disfrutado de jóvenes muy apetecibles.
En varios casos, los esclavos objeto de simposio habían sido luego emancipados, adoptados y convertidos en hijos y herederos naturales de sus amos, sin que ello, por supuesto, hubiera supuesto ningún cambio en la obediencia y la sumisión debida a los señores de la casa ni en el régimen disciplinario de los jóvenes, que seguían siendo azotados y desnudados delante de las amistades masculinas de sus padres igual que los esclavos con los que compartían techo.
El amo pensó en los caballeros a los que debía invitar; tendría que corresponder a quienes les habían presentado a su vez a sus nuevas adquisiciones, además de otros amigos de confianza y personas de su círculo social más estrecho que compartían su punto de vista de que los jóvenes debían ser compartidos entre amigos y su gusto por utilizarlos en público. Tras hablarlo con Sebastián, cerró un grupo de ocho invitados, previando que alguno declinaría su asistencia por algún compromiso y que otros se limitarían a disfrutar observando pero no participarían activamente. Calcularon que serían alrededor de cinco los caballeros que utilizarían a Lucas; un reto para el chico, pero asumible.
Hasta ese momento el joven tenía ya cierta experiencia en ser cedido y utilizado por otros caballeros, precisamente dos amigos del amo que habían sido invitados al simposio. Como muestra de estatus, era costumbre entre los hombres de posición el tener en el salón de la casa a uno o dos chicos desnudos en posición de sumisión. Aunque fuera en general poco amigo de prácticas ostentosas, el amo sí recurría a esta forma de distinción, puesto que la veía como un acercamiento al mundo natural: el patriarca mostrando su dominio a través de la obediencia de los machos jóvenes de la manada. Por lo tanto cuando había visita dos de los chicos de la casa debían desnudarse, colocarse cara a la pared con las manos en la nuca y esperar instrucciones. A la hora de acercarse a la mesa de los señores para servirles las bebidas, no se consideraba de mal gusto sino todo lo contrario que el visitante acariciara las nalgas desnudas del esclavo y emitiera algún comentario favorable relativo a su redondez o suavidad, que el joven debía agradecer con humildad antes de retirarse hacia su rincón a la espera de nuevas órdenes. Si la charla era distendida y si los caballeros acababan tomando alguna copa de más, no era raro que los invitados pidieran permiso al amo para recibir un servicio oral del esclavo que fuera más de su agrado. Uno de los mejores amigos del amo, muy apreciado socialmente por su generosidad, ponía a disposición de sus visitas los cinco traseros desnudos de sus esclavos, puestos en fila con los calzoncillos por las rodillas y las manos en la nuca, todos ellos jóvenes y muy agradables a la vista, para que el invitado los observara, palpara y seleccionara su favorito para azotarlo o violarlo.
Naturalmente a Lucas le había tocado en más de una ocasión la tarea de entretener a las visitas en el salón; si se trataba de una cita de negocios, para enfatizar más el rango de macho alfa del anfitrión y la sumisión de los jóvenes varones de la casa, estos últimos debían tener las nalgas rojas, evidenciando que eran azotados regularmente. La primera vez que él y otro muchacho fueron llamados a toda prisa al salón, desnudados y colocados sobre las rodillas del amo y de Sebastián respectivamente, la desorientación de Lucas fue total al empezar a ser azotado sin conocer el motivo. La tranquilidad del otro joven, que recibía los azotes sin extrañeza, le hizo pensar en principio que le estaban considerando cómplice de alguna infracción cometida por este. En esos casos, sobre todo si la reunión era fructífera, más tarde, cuando la visita se había marchado, los chicos recibían algún pequeño premio o compensación por el castigo inmerecido.
No obstante, en su simposio de presentación en sociedad, Lucas sería el centro de atención y tendría que dar servicio y relax a varios caballeros, que tomarían turnos o más bien lo utilizarían a la vez, como le recordaba Sebastián guiñándole un ojo:
- Recuerda que los chicos tenéis dos vías que os permiten servir fácilmente a dos señores de manera simultánea. O incluso a veces dos amos intentan compartir la misma vía y se dan situaciones divertidas.
El prestigio del amo estaba en juego, y también el suyo. Si el simposio era un éxito su posición como favorito de la casa, heredero de Sebastían, y quién sabe si del propio amo tras una adopción, estaría ya consolidada y el joven habría conseguido el objetivo de su familia al venderlo al mercader de esclavos: un estupendo porvenir en una casa respetable que no podría conseguir de ninguna otra forma. El amo, por su parte, debía mostrarse generoso y ofrecer a Lucas sin condiciones ni límites; contaba con la caballerosidad de sus invitados para no propasarse, y azotar y violar al joven con energía pero sin brutalidad.
Finalmente los ocho caballeros aceptaron amablemente la invitación, mostrando la gran consideración social que tenía el amo. Se presentarían con regalos, seguramente pensados para la dominación del joven: varas, látigos, palas, mordazas, arneses, que serían probablemente estrenados ya durante el propio banquete.
La noche anterior al mismo, a Lucas le habría costado conciliar el sueño de no haber sido por el amo, que lo envolvió en sus brazos hasta quedar dormidos ambos. Sebastián se acercó sigilosamente para cerrar la puerta de la habitación. La estampa del joven sumiso y confiado protegido por su amo le enterneció y le convenció de que ya podía jubilarse tranquilo.



martes, 28 de agosto de 2018

Relato BDSM: La cofradía

Espero que os guste este nuevo relato. 

Un aviso dada la temática del relato: aclaro que no tengo ninguna intención de criticar ni ofender a las cofradías ni a ninguna práctica religiosa, igual que escribo relatos sobre sumisión, amos y esclavos y no soy para nada defensor del esclavismo. Si a alguien le ofenden los relatos eróticos donde se hace referencia a estos temas, le sugiero que no lo lea.

LA COFRADÍA

La vara chasqueó el aire y mordió de nuevo las nalgas del joven, que emitió un aullido contenido. Aun sabiendo que con ello solo conseguiría agotarse más y sentir más incomodidad, el muchacho intentó estirar los brazos y las piernas para mitigar el escozor del azote, pero una vez más notó el tirón de las correas que sujetaban sus muñecas y sus tobillos con firmeza a la banqueta de penitencia y le impedían casi cualquier movimiento. La impotencia le hizo emitir un quejido lastimero que se intensificó con el siguiente impacto de la vara.

Javi contemplaba el castigo con una tranquilidad que a él mismo le sorprendía, teniendo en cuenta que pronto iba a llegar su turno. Tras llevar meses preparando su iniciación en la cofradía por fin el momento se aproximaba ya; la penitencia del muchacho que le antecedía estaba a punto de finalizar. Había perdido la cuenta de los azotes, pero probablemente pasaran ya de cien, que era el número que solía tomarse como referencia. Las nalgas del joven estaban atravesadas desde la pelvis hasta la mitad posterior de los muslos de líneas de marcas de vara que, por su gran número, formaban prácticamente un continuo de tono rojo muy intenso. Lo mismo ocurría con los otros tres chavales que ocupaban las banquetas contiguas. El castigo de los cuatro había comenzado simultáneamente, y concluiría también a la vez, para luego ser reemplazados por otros cuatro jóvenes disciplinantes, Javi entre ellos.

Notó como el brazo de César, su cofrade mayor, que rodeaba sus hombros desde hacía un rato largo, lo apretaba con más fuerza contra sí para transmitirle apoyo. Javi le miró y este le guiñó el ojo y le devolvió una cálida sonrisa que incrementó aún más su confianza. Desde que se había puesto esa mañana el hábito de los penitentes sabía que ese era el sitio donde quería estar y, lejos de nerviosismo, sintió paz al ver como azotaban a sus jóvenes compañeros cofrades. Ya no experimentaba envidia como en los años anteriores, porque por fin estaba a punto de convertirse en uno más de ellos. César le azotaría, sentiría su vara con intensidad en sus carnes, aguantaría el castigo con la misma emoción serena de sus compañeros y sería un cofrade, uno más en la comunidad.

Uno de los miembros del patronato de la cofradía comenzó a hacer señales a los cuatro cofrades mayores que aplicaban los castigos; era señal de que había que ir acabando. El patrón pasaba al lado de cada uno de los disciplinantes, contemplaba sus nalgas azotadas, las palpaba verificando las señales y el calor del castigo, e indicaba al cofrade mayor que la disciplina del novicio era satisfactoria. Tras el repaso y visto bueno del patrón a los cuatro traseros ofrecidos, los cofrades acababan el castigo de los penitentes con un par de azotes finales antes de frotar las doloridas nalgas con sal y vinagre.

El escozor redobló los gemidos y llegó a provocar algún grito. El público asistente al ritual aplaudió el valor de los muchachos y el buen trabajo de los cofrades mayores que habían ejecutado la penitencia.

En el breve periodo mientras los muchachos castigados eran frotados con sal y desatados, Javi revivió con toda claridad la secuencia de acontecimientos que le habían llevado hasta ese momento.

Su fijación con entrar en la cofradía había corrido paralela a su obsesión por César. Recordaba a la perfección la primera vez que lo vio en casa de su mejor amigo, Jorge, en cuya familia, a diferencia de la suya, sí era muy relevante la cofradía y todos los varones pertenecían a ella. Javi soñaba con hacerse cofrade tan pronto cumpliera la mayoría de edad, y el sueño suyo y de toda su familia era ser admitido entre los disciplinantes, la categoría especial de penitentes que hacía tan singular y famosa a la cofradía y al pueblo en el que estaba ubicada.

La cofradía mantenía la tradición de la flagelación, y era la única en el mundo de la que hubiera constancia en la que los flagelantes no se castigaban a sí mismos sino que los miembros de mayor edad y experiencia del grupo, los cofrades mayores, azotaban a los más jóvenes. El rito se mantenía fiel a una tradición que se remontaba a la Edad Media y que era la forma de castigo empleada por los monjes en el antiguo monasterio del lugar. Los escribientes de la época habían dejado documentado el ritual correctivo en los códices custodiados en la biblioteca del monasterio; Jorge había enseñado a Javi la reproducción en facsímil donde se detallaban los dos tipos de castigo, uno para los novicios y otro para los hermanos jóvenes miembros recientes de la orden.

Los novicios recibían 100 azotes con una vara de fresno cuya longitud y peso estaban cuidadosamente estipulados en el códice, que también establecía que debía aplicarse en las nalgas desnudas. Los que ya habían profesado votos eran castigados con disciplinas, látigos confeccionados mediante tiras de cuero unidas por la base, que se aplicaban sobre toda la parte posterior del cuerpo del joven infractor, aunque las instrucciones de la orden recomendaban hacer hincapié en los omoplatos, las nalgas y la parte superior de los muslos, aplicando no menos de 200 azotes en total. Se había encontrado gruesos documentos que registraban por escrito los muy numerosos castigos infligidos en el monasterio durante siglos.

En algún momento hacia el final de la Edad Media, los habitantes del pueblo habían tomado la tradición de que los monjes azotaran en festividades señaladas a jóvenes varones seglares como ritual de penitencia, en ocasiones por propia voluntad de estos, en otras por decisión de su padre o del jefe de su familia, y en otras como forma de corrección por delitos y faltas de no excesiva gravedad, por lo que surgió la necesidad de atar a los disciplinantes. Los más jóvenes recibirían la vara de los novicios, vestidos con un hábito especial de disciplina cuya falda corta se subía dejando las nalgas al aire, mientras que los adultos eran flagelados totalmente desnudos, como mostraban numerosos grabados. Mientras en los primeros tiempos los disciplinantes eran mancebos solteros que pasaban a ser azotadores al casarse, en épocas posteriores los escritos recogían a muchos jóvenes casados obligados o presionados por sus suegros a disciplinarse. También en esa época se formó la cofradía y fueron los seglares quienes se encargaron de honrar las fiestas del pueblo y de flagelar a los disciplinantes.

Jorge instruyó a su amigo sobre toda la historia de la cofradía; Javi al principio no ponía mucho interés, influido como estaba por su familia, que no hacía mucho caso de las tradiciones del pueblo. Pero su postura dio un giro de inflexión al llegar un día a casa de su amigo y escuchar un ruido de palmadas interrumpidas por gemidos suaves que lo envolvió y lo turbó inmediatamente. Jorge estaba radiante y le contó que su hermano mayor, Álvaro, había sido aceptado como novicio nada más cumplir los 18 años y tenía ya un cofrade mayor que se encargaría de instruirlo y prepararlo para la penitencia.

Con deseo y aprensión al mismo tiempo, Jorge llevó a su turbado amigo hasta la habitación de su hermano y Javi todavía se excitaba ante el recuerdo, perfectamente vivo en su mente, de lo que vio al entrar. Un hombre desconocido de mediana edad estaba sentado en la cama de Álvaro y acariciaba con parsimonia no exenta de firmeza las nalgas desnudas muy rojas del joven, habitualmente un chicarrón pícaro y desenfadado, pero que en ese momento sollozaba de una forma casi infantil con los pantalones y los calzoncillos arrugados en torno a sus tobillos. El bonito y redondo culo del joven, la postura sumisa de este colocado sobre las rodillas de su instructor y la actitud dominante y decidida del hombre le resultó de una sensualidad que no habría podido explicar ni describir. César les sonrió como
si fuera ajeno al hecho de que hubiera un joven desnudo sobre sus rodillas cuyo culo rojo estaba sobando con deleite y les invitó a sentarse con una voz igualmente cautivadora.

- Tú eres el amigo del que Jorge me ha hablado, ¿verdad? Álvaro está comenzando hoy su instrucción para ser disciplinante en la cofradía. Lo está haciendo muy bien y estoy orgulloso de él. Estamos descansando un poco y luego continuaremos con los azotes. Podéis verlo si queréis, aunque tal vez prefiráis hablar de vuestras cosas.

Javi notó como César lo miraba de arriba a abajo y los ojos y la voz del hombre le generaron un estado casi hipnótico. No solo no podía pensar en nada que le apeteciera más que quedarse en aquella habitación y ser testigo de lo que allí pasaba, sino que deseaba seguir y obedecer a ese hombre en lo que le dijera, y percibía que Jorge sentía lo mismo que él. En ese momento entendió todo lo que le había contado su amigo sobre la cofradía y sintió la misma pasión y fascinación; su sentimiento quedó reafirmado a fuego cuando César reemprendió los azotes firmes con la mano sobre las nalgas desnudas de Álvaro, alternados con nuevos gemidos e hipidos del joven y con caricias durante una tanda y otra de palmadas. La seguridad y el convencimiento con la que azotaba el culo ofrecido sobre sus rodillas, con la naturalidad y la dedicación de quien cumple con un deber que representa el orden natural de las cosas, confirmó la atracción, aunque él no habría sabido definirla con esa palabra ni con ninguna otra, que sentía por el cofrade.

Unos minutos más tarde, Álvaro se encontraba de rodillas con las palmas de las manos juntas en actitud de oración, que era la posición que los disciplinantes debían adoptar después de su castigo. Javi y Jorge compartían su atención entre el culo muy rojo del joven y la penetrante mirada de su instructor, que le acariciaba el pelo mientras explicaba el proceso que tendría lugar durante los meses siguientes.

- Si todo va bien, podrás debutar en la cofradía en la próxima fiesta en primavera. Tenemos unos cuantos meses delante; tiempo suficiente pero no podemos descuidarnos. Necesitaremos una sesión por semana.

- ¿Una .... sesión .... por semana, señor? ¿Con azotes?

- Naturalmente, jovencito. Para poder recibir la vara en abril voy a tener que calentarte el culo con regularidad. Tranquilo, durante un mes o dos solo usaré la mano. Pero luego pasaremos a la correa antes de poder empezar con la vara, que es más cortante. Te acepto como discípulo en la cofradía si lo deseas; la próxima semana te traería ya tu hábito de disciplinante, y también la raíz de jengibre, y te prepararía. ¿Tienes claro que quieres seguir, nene?

- Por supuesto, señor.

A pesar del escozor de los azotes, Álvaro estaba eufórico; la semana siguiente tendría el hábito, el mismo que llevaría cuando le azotaran en la sede de la cofradía la primavera siguiente delante de todos los hombres del pueblo.

Más tarde Javi preguntó por la raíz de jengibre, y Jorge le explicó que los disciplinantes debían evitar apretar o contraer los glúteos cuando se les azotaba. Para obligarles a relajar las nalgas y como castigo adicional, los cofrades mayores podían introducir en el ano de los muchachos a los que instruían una raíz de jengibre que calentaba e irritaba la zona evitando que se apretaran las nalgas y añadiendo un componente más de humillación en el castigo. César era uno de los cofrades partidarios de la utilización del jengibre.

La preparación, por otra parte, consistía en un afeitado completo de la zona anal y perianal, puesto que ambas debían permanecer claramente visibles y prominentes durante los azotes. Álvaro sería afeitado y penetrado con la raíz de jengibre antes de sus azotes de la semana siguiente.

Desde aquella tarde en casa de su amigo, Javi empezó a desarrollar una pasión casi obsesiva por la cofradía. Insistió en que Jorge le enseñara la colección de fotos de la familia, que guardaba instantáneas de las disciplinas de los cofrades a lo largo de más de un siglo. Buscó en Internet vídeos de flagelaciones y entrevistas con patrones de la cofradía que explicaban la elaboración de disciplinas y varas, que llevaban a cabo los cofrades mayores por métodos totalmente artesanales; César iba a fabricar también la vara con la que azotaría a Álvaro, en la que se inscribiría su nombre y no sería utilizable con ningún otro joven. Javi y Jorge fueron admitidos a presenciar las sesiones de entrenamiento del novicio durante las siguientes semanas y meses.

Cuando Jorge cumplió los 18 años no corrió a solicitar su ingreso en la cofradía; espero un par de meses a que Javi fuera mayor de edad para apuntarse juntos y ser entrenados juntos. Los dos querían a César como su cofrade mayor; era uno de los cofrades más apreciados por su defensa del rito tradicional y la confianza que desarrollaba en sus pupilos para recibir penitencias severas. Además de Álvaro, entrenaba a otros tres jóvenes, lo que consideraba que era el máximo número de chicos a los que podía dedicar la atención adecuada.

Dos de ellos, animados por el propio César, iban a dar para el siguiente año el paso a disciplinantes senior, cambiando la vara por las disciplinas. Después de cuatro y cinco años respectivamente recibiendo la vara, era el momento de avanzar en su compromiso con la cofradía. Ello suponía cambiar de cofrade mayor; César se limitaba a los junior. Le satisfacía plenamente la disciplina que impartía; le encantaba azotar a chicos muy jóvenes, el reto de trabajar con principiantes y conseguir que confiaran en él y que disfrutaran de su castigo sin dejar de temerlo al mismo tiempo. Le gustaba el chasquido de la vara, las marcas que dejaba en las nalgas, y, pese a que los flageladores que empleaban las disciplinas tenían más prestigio dentro de la cofradía y muchos consideraban la vara como un ritual de iniciación al "verdadero" castigo, él no tenía intención de salir de su zona de confort. Él mismo recomendó a sus discípulos a dos amigos suyos cofrades de mucho prestigio, expertos en la flagelación con la disciplina. Aunque, por su prestigio en el pueblo, ambos tenían lista de espera de muchachos que deseaban ser azotados por ellos, la recomendación de César les consiguió una entrevista en privado con los expertos que aceptaron instruirlos, naturalmente no sin antes desnudar en privado a los jóvenes y examinarlos.

César sabía que separar a Javi y Jorge no era una opción, ambos debían ser entrenados conjuntamente por un mismo cofrade mayor. Aunque había muchos chicos que desarrollaban de manera individual su vocación como disciplinantes, la mayor parte se introducían con uno o varios amigos. Los cofrades en los que confiaba para recomendar a estos chicos tenían ya sus agendas llenas; podrían tener espacio para un joven más pero no para dos, puesto que eran igual de estrictos que él respecto a la calidad que querían en su trabajo con los jóvenes. Prácticamente el cien por cien de sus muchachos, como en el caso de César, llegaban hasta el final en su entrenamiento y eran azotados en público en las festividades celebradas por la cofradía con gran aguante y éxito, y la inmensa mayoría repetían año tras año y continuaban su penitencia luego en la categoría senior. Era más lógico que él los adiestrara, suponiendo que recibieran la aprobación de los patrones de la cofradía en el próximo encuentro de cadetes, algo que daba por hecho.

Javi y Jorge participaron con ilusión en el encuentro de cadetes, que tuvo lugar en la sede de la cofradía, el mismo lugar en el que se azotaba a los chicos en fechas señaladas. Tuvieron ocasión de ver los entresijos de la cofradía: el taller donde los cofrades mayores elaboraban las varas y las disciplinas, y las banquetas en las que se les colocaba para su penitencia. Alrededor de veinte jóvenes participaban, el doble que el número de cofrades mayores que iban al encuentro buscando discípulos a los que entrenar. También acudían tres de los miembros del patronato, que llevaban a cabo la primera criba. Los muchachos debían pasar a un pequeño cuarto y ser sometidos a un breve examen físico con desnudo integral llevado a cabo por los patrones, tres miembros de la cofradía de avanzada edad y experiencia, que los observaban y palpaban para comprobar su buena salud; los piropos que merecieron los cuerpos de ambos jóvenes, y especialmente sus nalgas, acariciadas y comentadas favorablemente por los tres patrones, hacían presagiar el éxito de la primera prueba de iniciación. Esta consistía en caber con comodidad en una de las tres tallas del hábito del disciplinante. Quien fuera demasiado delgado para que le sentara bien el más pequeño o demasiado gordo para caber en el más grande podría ser cofrade pero no disciplinante. A Javi le sentó bien el más pequeño y a Jorge, de cuerpo algo más redondo, el mediano. Los tres patrones votaron a favor de ambos muchachos; una mayoría de dos votos a favor habría sido suficiente para que pudieran quedarse con el hábito y buscar cofrade mayor durante el resto de la velada. Eufóricos, los chicos unieron sus manos en un gesto de triunfo y pasaron a la sala general.

Allí se mantuvieron juntos para que los cofrades supieran que iban en pareja y que no deseaban ser instruidos por separado. Los cofrades, vestidos con el hábito de azotador, de color pardo y que cubría hasta los pies, a diferencia de la falda muy corta de los disciplinantes, que les hacía enseñar buena parte de las nalgas cuando se agachaban, puesto que los muchachos debían ir desnudos bajo el hábito. Javi y Jorge no tardaron en percibir que agacharse con cualquier excusa y enseñar el culito a uno de los cofrades era una forma de mostrar interés en este, aunque formalmente fueran siempre los cofrades mayores quienes se acercaran a los chicos y les propusieran una prueba. No tardaron en ser abordados por dos cofrades, dos padres de familia maduros a los que conocían de vista del pueblo, que se acercaron a ellos y, tras saludarles, no tardaron en levantarles la parte trasera de la falda del hábito y palpar con evidente deleite sus culos desnudos. Tras ser manoseados por ambas manos, los cofrades los tomaron suavemente del brazo y los llevaron hacia dos sillas vacías colocadas a lo largo de la sala. Varios muchachos estaban siendo ya colocados sobre las rodillas de otros cofrades y empezaban a escucharse sonoros azotes. César, que estaba posicionando a un joven sobre sus rodillas mientras otro esperaba su turno para ser castigado después, lanzó un discreto guiño a Javi y a Jorge cuando pasaron delante de él. Les había explicado que deberían ser probados por otros cofrades, y él también probar a otros chicos, antes de ser seleccionados, así que no opusieron resistencia y, una vez ambos cofrades se sentaron en las sillas, cada uno se colocó sumiso en posición de castigo sobre el regazo de uno de ellos.

Al poco rato todos los cofrades estaban sentados en una de las sillas esparcidas por la sala azotando a alguno de los chicos y todos los jóvenes estaban sobre el regazo de un hombre maduro siendo azotados en el trasero desnudo o esperando su turno para serlo. Tras unos diez minutos de azotes de intensidad intermedia, los cofrades que castigaban a Javi y a Jorge se cruzaron una mirada cómplice: había llegado el momento de intercambiarse a los muchachos, que se vieron levantados pero solo para volver a colocarse sobre el regazo que su amigo acababa de dejar libre. Javi levantó la vista y contempló el trasero visiblemente rojo de su amigo y como se reemprendían los azotes sobre él a la vez que él también sentía el ardor en sus nalgas. No supo decir si la segunda mano que le castigaba era más dura que la anterior o si los azotes ya recibidos le hacían más penoso el segundo castigo que comenzaba.

Una vez superada su prueba con aquellos dos cofrades, ambos jóvenes fueron colocados en línea con otros chicos ya castigados en el medio de la sala, con el faldón del hábito levantado, en esta ocasión tanto por detrás como por delante. César les había avisado de que solía hacerse para incrementar la humillación y sumisión de los cadetes, y también de que no era inhabitual que muchos tuvieran erecciones, como Javi pudo comprobar, en primer lugar en su propio amigo. Los cofrades pasaban por detrás de los muchachos acariciando nalgas y haciendo comentarios, casi siempre aprobatorios, así como felicitaciones por lo bien que habían recibido su primer ensayo de castigo.

La suavidad no exenta de firmeza de una de las manos que acarició las nalgas de Javi le hizo reconocerla inmediatamente y, para su gran turbación, le provocó una erección considerable a la vista de los otros penitentes y de los cofrades. Era César, que acariciaba con cada una de sus manos el trasero de uno de los que iban a ser sus pupilos. Se los llevó con él para indicar que los había reservado y estuvieron hablando un rato antes de que los colocara por turnos sobre sus rodillas y los azotara. La química entre ellos era evidente y de nuevo Javi y Jorge, tras el examen de sus nalgas rojas y calientes por parte del tribunal del patronato, consiguieron un voto favorable unánime para convertirse en disciplinantes de la cofradía bajo la tutela de César como cofrade mayor.

Mientras César le llevaba delicadamente del cuello hacia la banqueta de penitencia y le sujetaba manos, muslos y tobillos tras haberle levantado la falda del hábito exponiendo sus nalgas desnudas a todo el público presente, Javi pensaba en los momentos más intensos del aprendizaje que había experimentado durante esos meses. La primera vez que Jorge y él esperaron a César con los hábitos puestos, comentando lo corta que era la falda y como dejaba el culito el aire cada vez que se agachaban, la llegada de César con las cuchillas de afeitar y las raíces de jengibre, la seguridad con la que les afeitó el ano y el periné y les introdujo las raíces, el calor y el escozor que le producían mientras veía como su amigo era colocado sobre las rodillas de su cofrade mayor, la visión tan excitante de las nalgas muy rojas de Jorge y de los gemidos que le provocaban los azotes, la mezcla de temor y deseo con la que había ocupado luego su lugar, la satisfacción del cofrade al ver ambos culos rojos y calientes y lo bien que habían aguantado su primer castigo, ver a otros chicos en el gimnasio con señales de haber recibido azotes de penitencia, y mostrar las suyas con orgullo, esperar durante la semana con excitación el día en el que César iba a visitarles. Luego la introducción a la correa, que había sido un punto de inflexión importante en su entrenamiento, y por supuesto el paso a la vara con su nombre inscrito, fabricada por César especialmente para azotar su culito.

Las varas chasquearon el aire antes de que los patrones dieran el visto bueno para comenzar la penitencia. El primer impacto ardiente sobre sus nalgas, por primera vez expuestas y azotadas ante el público, le provocó a Javi, además de un gemido que agradó a César y a muchos de los presentes, una intensa erección.

Durante el castigo hubo muchos momentos en los que lamentó haber entrado en la cofradía y se consideró incapaz de aguantarlo, pero, una vez superado, no le quedó dudas de que seguiría entrenando y sería disciplinante el año siguiente.