miércoles, 5 de agosto de 2020

¿No te gusta el sexo anal? No eres el único

Sexo anal y BDSM

En primer lugar, aclaro que no estoy diciendo que a los amantes del BDSM no les guste el sexo anal, ni que haya ningún tipo de contradicción entre las dos cosas, ni voy a escribir nada en contra del sexo anal en sí, solo en contra del sexo anal como imposición si eres un hombre gay.

Hay gente que le gusta el BDSM y le encanta el sexo anal, y gente que no le gusta el sexo anal ni tampoco le interesa el BDSM. Pero sí creo que entre los amantes del BDSM hay un porcentaje más alto de personas que no basan su sexualidad en la penetración anal que entre el resto de los hombres gay, y esta es la razón de que crea que este artículo está ligado con la temática del blog y no es off topic (aunque si lo fuera, es mi blog y escribo de lo que me da la gana, jeje). Y a partir de aquí ya dejo el tema del fetish y del BDSM y me centro en el sexo anal en sí.

¿Ser gay implica que te guste el sexo anal?

La intención de este post es deshacer la equivalencia que muchos ven entre ser gay y ser amante del sexo anal. Hay hombres hetero a los que les gusta el sexo anal y también hombres gay a quienes no les gusta.

Por otra parte, también hay una diferencia entre penetración anal y sexo anal, puesto que lo último abarca también la penetración con dedos, plugs, etc. Puede haber quien disfrute con lo segundo pero no con lo primero, pero esos casos creo que se quedan también fuera de lo que es la sexualidad dominante y que los podemos incluir junto a quienes no sienten inclinación ante ninguna forma de sexo anal. Así que a partir de aquí hablaré de sexo anal y de penetración anal indistintamente.

¿Eres activo o pasivo?

La obligatoriedad que algunos ven de practicar penetración anal si eres gay viene de un concepto en mi opinión limitado de la sexualidad, que todavía arrastramos. Por detrás está la antigua idea rancia de que la "auténtica" sexualidad deriva de la necesidad de reproducirse, que el sexo es un "instinto bajo" que solo puede justificarse si se hace por la causa noble de tener hijos, y por lo tanto la sexualidad debe estar basada en la genitalidad y en la penetración vaginal; todas las otras prácticas sexuales se consideraban, y se siguen considerando, de rango inferior. Antiguamente se llamaban desviaciones o perversiones (la palabra heterosexual, igual que homosexual, se creó para designar lo que se consideraba una patología) y solo en las últimas décadas hay más permisividad y han pasado a considerarse aceptables, pero bajo una condición de juegos previos o preliminares para favorecer la penetración vaginal, que es el "auténtico sexo" y lo único que realmente puede llamarse así.

El sexo entre dos hombres estuvo mal visto, y de hecho criminalizado, durante mucho tiempo, precisamente por no poder tener esa función reproductiva. Ahora que se acepta, es también solo bajo la condición de que siga los patrones del "auténtico sexo" heterosexual: es decir, que un miembro de la pareja haga el rol de hombre, el activo, y otro el de la mujer, el pasivo, y, ante la ausencia de vagina, que usen el ano como sustitutivo.

Muchos hombres gays aceptan sin problemas este esquema y se identifican con un rol o con el otro; por supuesto no tengo nada en contra de ello y me parece genial que cada cual disfrute como quiera, lo que no me gusta es que se nos imponga este modelo activo - pasivo a todos los hombres gays. La solución de que quien no se identifique como activo ni como pasivo se meta en la etiqueta intermedia de versátil, tampoco es válida en todos los casos. Sigue dejándonos fuera del tablero de juego a quienes no vemos la penetración anal como el centro de nuestra sexualidad.

El punto G de la próstata

La próstata es una de las zonas erógenas más importantes para muchos hombres, de ahí que haya tantos pasivos para los que la estimulación anal es el mayor placer imaginable. Pero hay gente que piensa que todos los hombres tenemos las mismas zonas erógenas, lo cual es mentira. La única zona erógena común a todos es el pene; que los testículos, el ano, los pezones, el cuello, etc. sean o no una zona erógena ya varía según cada persona. Es un error lanzarse a pellizcarle los pezones a un desconocido con el que acabamos de ligar, o introducirle un dedo en el ano, y dar por hecho que le va a gustar; mejor ir poco a poco y ver su reacción para ver si tiene o no una zona erógena en esa parte, si hemos acertado o si corremos riesgo de meter la pata.

Los que yo llamo "pasivos naturales", porque tienen una zona erógena muy potente en la próstata y disfrutan mucho con la penetración anal, es probable que sean mayoría entre los hombres gays, al menos a juzgar por los perfiles que se ven en las aplicaciones. Pero eso no significa que todos los que no somos pasivos naturales y no disfrutamos con el sexo anal en el rol pasivo, tengamos la obligación de ser activos para darles placer, simplemente porque ellos son mayoría. Yo no voy exigiendo a todas mis parejas sexuales que disfruten dejándose atar, azotar y haciéndome sexo oral, aunque sea lo que a mí más me excita; el sexo, y la vida en general, debe ser toma y daca, no solo que los otros hagan lo que a nosotros nos gusta. Las otras personas no son nuestros objetos sexuales.

¿Qué puedes hacer para que alguien a quien no le interesa el sexo anal sí lo disfrute contigo?

Respuesta corta: nada, aparte de aceptar y respetar sus preferencias.

Respuesta larga: yo, y otras personas como yo, nunca vamos a ser entusiastas de la penetración. En una relación sentimental, o con una pareja sexual con la que nos encontremos muy a gusto, y sobre todo que no nos presione en relación con esto, pues igual conseguimos introducirla en nuestra vida sexual con cierto éxito, pero no te vengas muy arriba, nunca va a ser lo que más deseemos y siempre vamos a preferir otras prácticas.

Y, por favor, no pienses que vas a hacer "cambiar" a nadie, ni que le vas a descubrir a nadie la pólvora, ni tampoco le pidas explicaciones de por qué no le gusta. Que en 2020 siga encontrándome personas que me preguntan por qué no me gusta hacer sexo anal, y mucho más con desconocidos o con amantes esporádicos que conozco en una aplicación, es lamentable; es igual de absurdo que preguntarle a un hetero por qué prefiere las tías con lo buenos que están los tíos. Cada uno tiene sus preferencias y punto.

Por supuesto reconozco que sí, que puede haber chicos que no quieran practicar sexo anal por represión, o por miedo a la falta de higiene, o a que a lo mejor han tenido malas experiencias y no han dado con la persona correcta con la que disfrutarlo. Pero en gente que pasa de, pongamos, 30 años, y que no acaba de salir del armario hace poco, sino que tiene ya una cierta experiencia, pues no puede ser que siempre hayamos dado con gente que lo hace mal; simplemente es que la penetración anal no es lo nuestro. Si piensas que un gay que no le guste el sexo anal es que tiene algún problema, pues a lo mejor eres tú el que tiene un problema y nunca te lo has planteado.

jueves, 30 de julio de 2020

Cómo practicar BDSM con seguridad


Frecuentemente me encuentro con gente que les atrae el BDSM pero les da respeto, no tienen mucha experiencia y les inquieta que les hagan daño, o hacérselo ellos al otro. Han visto cosas en vídeos porno que les ponen pero no tienen muy claro si representan prácticas realistas o que se puedan hacer sin mucha preparación previa.Vamos, que no saben en qué consiste una sesión de BDSM.

Una entrada de un blog no puede ser un taller de BDSM, pero sí puedo ofreceros una serie de consejos sencillos para disfrutar de este mundo con seguridad y con cabeza.

1.-No tengas prisa


Vivimos en el mundo del lo quiero todo y lo quiero ya; estamos acostumbrados, y la gente joven todavía más, a obtener inmediatamente cualquier cosa que deseamos, así que vemos una peli porno con contenido BDSM y queremos estar haciendo ya eso mismo una hora después. 

Pues lo primero que debes tener claro es que no funciona así, lo siento mucho; las cosas se van aprendiendo poco a poco. Encontrar una pareja adecuada te puede llevar un tiempo e irte iniciando en prácticas BDSM hasta llegar al nivel que ves en algunas películas es un proceso gradual. No es bueno actuar siguiendo el impulso cuando estamos cachondos y luego olvidarnos del tema hasta el siguiente calentón, sino tener un poco más de constancia, indagar, leer y ver cosas, etc.

2.-Elige a la pareja adecuada

Se deriva un poco de lo que acabo de comentar; has visto una peli BDSM, te ha puesto cachondísimo, te metes en una aplicación, buscas algún perfil de "amo", "dominante", etc. y te vas con el primero que aparece sin apenas hablar ni pactar nada previamente, porque consideras que como sumiso tu papel es simplemente dejarte hacer ... Como todo en la vida, depende de la suerte que tengas, pero actuando así tienes muchos boletos de tener una experiencia poco satisfactoria, incluso peligrosa, y / o de dar con alguien abusivo. 

Para introducirte de manera placentera en este mundo es mejor tener paciencia, leer con calma el perfil del otro (y, por lo tanto, escribir algo en el tuyo para que te sea más fácil encontrar alguien compatible) y hablar un poco con él; no me refiero a charlas interminables ni pajilleras que no llevan a nada, pero sí ver algo por donde respira y si parece de fiar. Un margen de error lo va a haber siempre y el riesgo cero no existe, pero sí se puede minimizar.

3. - Aclara tus límites



Si no tienes experiencia es probable que no conozcas tu umbral de dolor o que no tengas muy claro hasta donde estás dispuesto a someterte. Pero a lo mejor sí tienes claro que es lo que más te pone (estar atado, que te den azotes, estar desnudo delante de un amo vestido, que te humillen verbalmente, etc., etc.) y decirlo puede ser un punto de partida para encontrar a alguien afín. Y, sobre todo, tener claro qué no quieres hacer.

Algunas preguntas podrían ser: ¿quiero que el amo me bese sí o no? ¿quiero hacerle sexo oral sí o no? ¿que juegue con mis pezones? ¿y con mi ano? ¿con plugs, con dedos, con el pene, con el puño? ¿con o sin condón? ¿que me sujete? ¿solo las muñecas o que me inmovilice totalmente? ¿que me vende los ojos? ¿que me azote? ¿solo en el culo o en más sitios? ¿fuerte, con marcas? ¿bofetadas en la cara? ¿insultos? ¿que me orine encima? ¿que me escupa? ¿que me haga lamerle el ojete? Las prácticas más extremas, que incluyan la presencia de sangre o heces, se da por hecho que están excluidas, salvo que el otro indique de manera explícita lo contrario; la moda del fisting parece estar remitiendo y esta práctica estaría volviendo a la categoría de extrema que debe considerarse excluida si no se indica previamente, pero por si acaso cúrate en salud y dilo si no te interesa.

Naturalmente la respuesta a algunas de estas preguntas puede variar en función de quién sea el otro. Pero es probable que tengas claro que hay una o más de una  de esas preguntas a las que responderías sin duda que no, y entonces es mejor  dejarlo claro antes de quedar. Si el otro no te pregunta, dilo igualmente.

4. - No seas mueble
El BDSM es sexo, y el sexo es cosa de dos. Poca gente encuentra estimulante en la cama a alguien que se ofrece y se deja hacer, que ni sufre ni padece, sin ningún tipo de interacción ni reacción por su parte. Ser sumiso no es ser hierático y en una buena sesión no es solo el dominante el que decide lo que se hace; en realidad el amo, si es medianamente bueno, está pendiente de la reacción del sumiso y adapta el juego en función de esta.

El juego del BDSM consiste en encontrar los umbrales del sumiso, luego insistiremos en ello, llevarlo al límite y, si la sesión es muy buena, ensancharlos un poquito, pero solo un poquito; funciona de manera parecida al deporte, en el que un buen entrenamiento es aquel en el que te acercas a tu marca y el mejor es cuando consigues superarla. Esa marca puede ser muy diferente en cada persona, en función de su entrenamiento previo, y un buen entrenador debe encontrar el nivel en el que está el deportista para ayudarlo a conseguir su mejor resultado. A veces conseguir que un novato corra su primer kilómetro es igual de satisfactorio, o más, que lograr que un especialista corra su enésima maratón, así que, quienes no tengan experiencia, que no se acomplejen, porque no es cuestión de quién llega más lejos.

Para que esto funcione el sumiso debe saber comunicar si la cosa va bien o no, a traves de gestos, de movimientos, de gemidos, de lenguaje verbal y no verbal ... Hay gente más histriónica y gente más contenida; no hace falta montar un escándalo ni exagerar nada, pero tampoco esperar que el amo tenga telepatía y lea tu mente, más cuando hablamos de juegos en los que te pueden hacer daño.

5.- Cómo azotar bien

 
Ahora ponemos un poco en práctica, con un ejemplo concreto, lo que he dicho en el punto anterior. Si te gusta azotar a un chico, o tu chico te pide que le azotes y quieres hacerlo bien, la norma es muy sencilla, y también muy parecida al deporte: ir poco a poco y con calentamiento previo. Dar azotes en el culo no es tocar el tambor, no hay que hacerlo de manera constante con la máxima fuerza, típico error de primerizo (aunque encuentras a amos con años de experiencia que siguen cometiéndolo).

Salvo que estés con un sumiso muy experimentado que le guste arrancar en quinta, que son los menos casos, se empieza con cachetitos débiles y poco a poco se va aumentando. Se trata de buscar el umbral de máximo aguante del sumiso, que puede ser muy variable según la persona, y jugar a bajar y a subir el nivel; llevarlo casi al límite, luego dejarlo descansar y acariciarlo, luego otra vez fuerte, luego otra vez flojo .... Vigilando las reacciones del sumiso y disfrutando con ellas.




Hay que tener en cuenta algunos principios de anatomía: la parte de abajo de las nalgas, donde se juntan con las piernas, es muy sensible, y la parte superior de los muslos mucho más todavía. Y no todas las pieles enrojecen igual; si el chico es muy blanquito se le va poner el culito colorado enseguida, mientras que una piel más morena enrojece mucho menos o no llega a enrojecer, sino que se oscurece más, que es un efecto menos espectacular que el enrojecimiento y que nos puede pasar desapercibido. Ah, y si el chico tiene muchos granos en las nalgas puede ser que revientes alguno y veas alguna gotita de sangre; no entremos en pánico por ello, porque no quiere decir que te hayas pasado ni hayas hecho nada mal.

6.- Uso de látigos e instrumentos



Siempre digo que es mentira que haya instrumentos que dejen marcas, o que sean muy dolorosos. Ningún instrumento bien usado deja marcas (salvo que se quiera hacer una sesión extrema y se busque a propósito dejarlas), y cualquier instrumento mal usado, incluida la mano, puede dejarlas. He usado varas, palas y látigos con chicos primerizos que nunca habían sido azotados, y que tenían un umbral de dolor medio o incluso medio-bajo, y, yendo con cuidado, los han aguantado perfectamente.

Eso sí, hay instrumentos más peligrosos que otros. Los más son la vara, porque puede cortar la piel porque incide en una superficie muy pequeña, y el cinturón, porque puede golpear donde no lo buscamos. Por regla general, si eres un amo novato, usa solo la mano y no empieces a usar instrumentos hasta que controles bien los azotes con la mano. Y empieza con instrumentos planos, como palas, antes de usar un cinturón, una vara o un látigo.

A la hora de pegar en zonas que no sean las nalgas, muchísimo cuidado, sería un paso posterior al dominio de los instrumentos. En la espalda solo se puede azotar en la mitad superior, nunca en la zona de los riñones. Mucho ojo a golpes en manos, pies, rodillas, articulaciones y todo lo que es el estómago y la zona del vientre, porque puedes hacer daño en las vísceras.

7.- Cómo atar bien



El spanking es un arte muy sencillo, aunque hay que tener claras las normas básicas que os he comentado. El bondage es más complejo y requiere más habilidad, pero la norma para hacerlo con seguridad también es muy fácil: no aprietes en las articulaciones, ni en general en ningún sitio, para no impedir la circulación de la sangre; deben estar bien apretadas las cuerdas, no los músculos ni las articulaciones. Si el sumiso te pide que lo desates a los diez minutos porque se le duerme el brazo o la pierna, es que no lo estás haciendo bien.

Y el grado de inmovilidad debe ir vinculado a la experiencia y a la confianza que tengas con el compañero de juego; alguien que acabas de conocer tal vez no desee estar totalmente inmovilizado sino solo con las muñecas sujetas, o tal vez con las muñecas sujetas al cuello o a los tobillos pero sin forzar demasiado la postura, y es importante respetar eso.

Un sumiso bien atado puede aguantar la postura durante mucho tiempo, una hora o más, aunque siempre depende de lo forzada que sea la postura, claro. Si no se te dan demasiado bien los nudos, no te compliques la vida. En la entrada anterior hablaba de como hacer bondage doméstico con cintas y mosquetones que te permiten liberar al sumiso en unos segundos en caso de calambre muscular, o simplemente de que se agobie. Y si usas esposas de metal, grilletes como los de la policía .... asegúrate de que la llave funciona bien y no se atasca para evitarte momentos embarazosos.

8.- Prueba a ser sumiso primero

En BDSM sería aplicable el refrán de que hace falta ser cocinero antes que fraile. Soy de los que pienso que casi siempre es mejor ser sumiso antes de empezar a ser dominante; hay dominantes natos que pese a ser muy jovencitos o tener muy poca experiencia lo hacen bien, pero son excepciones. Es como el hijo del jefe que entra directamente como jefe, y el que ha empezado de aprendiz en la empresa y ha ascendido poco a poco hasta llegar a jefe; pues casi siempre el segundo lo va a hacer mejor. Si nunca te han azotado o nunca has estado atado, es difícil que sepas azotar o atar por puro instinto. Hay excepciones pero son eso, excepciones. 

9.- Empatía

Y acabo con el principio fundamental en todo lo que es el sexo y las relaciones entre personas. Es un juego que se hace entre dos; olvídate de que el BDSM consiste en un sumiso dándole placer a un dominante; son dos personas dándose placer la una a la otra, aunque desde un juego de poder y dos roles diferentes y marcados.

sábado, 25 de julio de 2020

Low cost fetish: Como practicar BDSM con poco dinero

 
 Fuente de la imagen: https://www.pngwing.com/es/free-png-nybul

Viendo algunos perfiles en aplicaciones puede dar la impresión de que hace falta estar forrado para ser dominante o sumiso, o incluso puede reforzar la idea de que la sexualidad alternativa es un pasatiempo para gente acomodada.

 Sí que hay postureo, pero no todo es postureo

A ver, es cierto que algo de esto último puede haber; mientras muchos jóvenes o no tan jóvenes no pueden permitirse comprar material BDSM porque tienen trabajos precarios y / o necesitan ahorrar, y a otros nos ha llevado años ir creando poco a poco nuestra colección de juguetes y tener una mazmorra lo vemos como un sueño irrealizable tal como está la vivienda, últimamente se ve un cierto número de jovencitos de familia bien, que por estar perdidos, inadaptados, o necesitados de atención, se inventan una nueva identidad sexual y de la noche a la mañana se transforman en amos, sumisos, puppies o adult babies a golpe de tarjeta de crédito. Creen que el BDSM consiste en tener material muy caro y que quede bien en las fotos de su perfil, aunque no tengan nada claro qué quieren hacer con él porque en realidad tienen una sexualidad convencional o vainilla, y no fetichista.

Pero a ver, que ocurre lo mismo si vemos muchos perfiles de aplicaciones gays; también parecen darle la razón al tópico de que para ser gay hace falta ser joven, urbanita, tener cuerpazo y mucho poder adquisitivo para gimnasio, anabolizantes, ropa de marca, vida nocturna y demás postureo. Pero sabemos que eso no es cierto y que hay mucho mundo fuera de Chueca o del Eixample.

Así que lo primero que me gustaría dejar muy claro es que el BDSM, al igual que ser gay, es una orientación sexual que tenemos algunas personas, independientemente de nuestro poder adquisitivo. Quien realmente se sienta atraído por estas prácticas se inventará maneras de pasárselo muy bien. Desde aquí os doy una serie de consejos, que no son ni mucho menos los mejores ni los únicos posibles.

Cinco trucos para practicar BDSM con un presupuesto bajo

1. No compres un kit de iniciación al BDSM

Típico error de principiante cuando empiezas a entrar en tiendas de material fetish, ya sean reales o virtuales, con un presupuesto pequeño y te compras lo único que está a tu alcance. 

Pero estos kits consisten en un antifaz igualito a los que hay en las tiendas de chinos, unas esposas de juguete que se te van a romper al segundo uso, un latiguillo que no hace ni cosquillas, y algún que otro artilugio ridículo que tienen más que ver con las despedidas de soltero que con el mundo BDSM. Si tienes muy poquito dinero hay otras formas mejores de gastártelo; ahora las vemos.

2. Bondage doméstico

Si eres o tienes un sumiso al que le gusta que le trabajen los pezones, pues yo tengo unas pinzas de metal muy monas y muy caras, pero que, como a veces ocurre, están más pensadas para sacar fotos que para usar (y cuidado, no digo que la estética no sea muy importante en el BDSM y que no me guste ver a los sumisos ataviados con un buen material). No agarran muy allá y se sueltan fácil salvo que el sumiso tenga unos pezonacos. Probablemente se deba a que el material está diseñado más bien para chicas.

En serio que lo que mejor funciona, aunque no sea tan estético, son las pinzas de madera de tender la ropa, que tienen un precio ridículo. Y la cuerda de tender o la cinta de embalar o de precintar son formas muy sencillas y baratas de inmovilizar; no hace falta comprar soga especial, salvo que seas un gourmet del bondage y te lo puedas permitir. Eso sí, hay que saber usar el material, y a eso le dedicaré otro post.

Si no tienes dinero para una mordaza comprada, se puede hacer una casera con un foulard, o un trapo de cocina en su defecto, y un calcetín. Y a los que les guste el guarreo y la ropa interior usada, pues que le echen un poco de imaginación.

3. Spanking doméstico

El mejor instrumento para dar azotes es la mano, y yo ni siquiera me plantearía otro para empezar si no tienes experiencia. Pero si eres muy travieso y estás seguro de que la mano de tu amo no es suficiente para dominarte, lo más fácil es echar mano de un cinturón. Cuidado porque, precisamente, los cinturones son uno de los más instrumentos más peligrosos si no se manejan con cuidado. Hay que saber usarlo, enrollándolo bien y por supuesto apretando la hebilla y no golpeando jamás con ella. Como os comentaba, dedicaré otro post a cómo jugar con seguridad en BDSM.

Las zapatillas de esparto, las palas de la playa, los cepillos de pelo con un lado liso o las chanclas de la piscina tienen un buen número de partidarios y se puede hacer un buen apaño con ellos. Las varas caseras, hechas a partir de ramas que recojas del campo, no las recomiendo salvo que seas muy hábil para dejarlas bien lisas, sin nudos ni puntas.

4. Material deportivo




Si quieres ser puppy y no puedes permitirte dejarte un dineral en unas zarpas y unas rodilleras de cuero, puedes comprarte en un Decathlon o similar guantes de esquiador y rodilleras de running, que son bastante baratos. Con ellos podrás servir a tu amo o handler de rodillas o a cuatro patas cómodamente sin desollarte.


Y el alpinismo y la escalada nos dan una opción muy barata y sencilla a los que somos más bien manazas y no formamos parte de esos gourmets del bondage de los que hablaba, por lo que nos gusta inmovilizar a un sumiso rápido y sin complicarnos la vida con los nudos. Con todo el respeto y sincera admiración por quienes se pasan media hora o más creando un armazón con nudos perfectos, y otro tanto para deshacerlo luego, yo confieso que prefiero recurrir a unos mosquetones y unas cintas y tener a un sumisete atado de pies, manos y cuello a una silla, o retorciéndose tan contento en un hog tie en un par de minutos (el hog tie es la postura que ves en esta foto).


5. Material para puppies y adult babies

El puppy play, los cachorros de perro humanos, y los adult babies o age play, pueden ser de los fetiches más caros ... o no. Para los puppies lo más importante es que no se hagan daño a cuatro patas, y eso ya hemos visto que se puede conseguir con material a precio razonable. Los huesos y juguetes son baratos y el resto es imaginación.

Con los babies es parecido; la ropa de adolescente y de adulto cada vez es más aniñada, y los chupetes y libros de cuentos para colorear son de lo más asequible. Si tu fetiche es en concreto el llevar un pañal y la textura del material, eso ya mala solución tiene porque los pañales son caros, y los de talla de adulto más. Pero si no siempre puedes plantearte unos bonitos calzoncillos de superhéroes o de dibujitos.

En resumen, que jugar al BDSM está al alcance de todos los bolsillos, así que todo el que le atraiga que se lo plantee porque soluciones y alternativas siempre las va a encontrar.
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sábado, 30 de mayo de 2020

Master and servant. Depeche Mode me ayudan a explicar qué es el BDSM

Había pensado hacer un post sobre canciones famosas que hablan de BDSM, pero en las circunstancias actuales he pensado que Master and servant, de Depeche Mode, merecía un artículo para ella sola porque me permite explicar uno de los puntos que quiero dejar claro con este blog, que es que en el BDSM la dominación y la sumisión son juegos sexuales, que no tienen que ver con lo que suponen esos conceptos en la vida real fuera de la cama.



El BDSM es un juego divertido; la sumisión en la vida real es terrible

Un amante de las películas de terror puede disfrutar como un mono viendo asesinatos y brutalidades en la pantalla, cosas que desde luego no le gustaría que le ocurrieran en su vida real, y casi todo el mundo tiene claro que los amantes del terror son gente sana y enemiga de la violencia, salvo algún tarado que pueda haber como en todos los sitios. Sin embargo creo que con el BDSM mucha gente no lo tiene tan claro.

Con cierta frecuencia me escribe gente que busca una relación de amo-esclavo 24/7, o una relación de pareja machista en la que su novio les maltrate, o una situación de dominación permanente. Quiero pensar que se trata de fantasías en la mayor parte de los casos, si no estaríamos ante un problema psicológico grave. El BDSM, como lo entiendo yo y la inmensa mayoría de quienes lo practicamos, de nuevo salvo algún tarado que existe, pero como hay tarados en todas partes, es un juego y los roles duran exclusivamente lo que dura el juego.

Durante el juego el sumiso obedece y permite que se le hagan una serie de cosas que se han hablado previamente, y se eluden todas las otras cosas que el sumiso haya dicho que no quiere hacer, o lo dice durante el juego. El objetivo del juego es el placer de ambos, de cada uno en su rol; el sumiso disfruta ofreciéndose al amo y el amo disfruta con la entrega del sumiso. Si hay una buena química, cada uno disfruta dando placer al otro y sintiendo el placer que el juego provoca en el otro, como en cualquier práctica sexual. Una vez se acaba, el amo y el esclavo pasan a ser dos amigos, o una pareja, o dos desconocidos, o lo que sean, que se tratan con todo el respeto.

Alguien que, sin tratarse de nada pactado, utiliza a sus parejas sexuales como objetos sin preocuparse más que de su placer y sin importarle si el otro disfruta o no, o incluso si disfruta provocando malestar al otro, eso no tiene nada que ver con ser un amo, es simplemente ser egoísta, ser malo en la cama, y, en algunos casos, incluso ser mala persona. Y ser un buen sumiso tampoco tiene nada que ver con ser un mueble que se deja hacer sin más en la cama, como algunos parecen pensar. El amo, si realmente lo es, disfruta con el placer del sumiso y le gusta que este participe en el juego, interactúe y exprese su conformidad; hay muchas formas no verbales de mostrar que estás disfrutando.
 
¿Ser dominante o sumiso en la cama tiene que ver con serlo en la vida?

La dominación y la sumisión forman parte del carácter de muchas personas. ¿Una persona autoritaria tiene más posibilidades de ser dominante en la cama? Algunos dicen que sí, mientras otros dicen lo contrario, que en la cama se busca invertir el rol que normalmente desempeñas en la vida.

Creo que el carácter que tenga cada persona y su orientación sexual, porque el gusto o el no gusto por el BDSM forma parte de la orientación sexual de una persona, son dos cosas independientes; a estas alturas de la película generalmente ya no hace falta explicar que ser gay es independiente de tener un carácter más o menos "masculino" o "femenino", sea lo que sea lo que cada uno entienda por una personalidad femenina o masculina, pero con el BDSM todavía hace falta aclarar los conceptos más básicos.

Por lo tanto, que yo disfrute de la sumisión sexual de un chico, no quiere decir para nada que yo sea una persona autoritaria; es más, diría que llevar al terreno de la fantasía sexual esta tendencia a la dominación o a la sumisión que está dentro de la naturaleza de muchas personas, te evita volcarla luego en la relación con los demás, que puede ser algo terrible, o en tu concepto de la sociedad y tus ideas políticas, que es más terrible todavía.

Me parece una buena muestra de la hipocresía de muchos, el que defiendan modelos sociales autoritarios, que vean las libertades individuales como algo de poco peso frente a otros valores como la seguridad (como estamos viendo durante estos últimos meses), o que traten con gran arrogancia o despotismo a la gente de su entorno, pero que luego se escandalicen, nos juzguen y nos consideren pervertidos a quienes llevamos el juego de dominante - sumiso al terreno sexual.

Una canción muy didáctica

Para la gente de mi edad imagino que Depeche Mode no necesita presentación, fueron uno de los más grandes grupos de pop electrónico de los 80 (para mi gusto, los mejores, junto con Pet Shop Boys) y están todavía en activo. Aunque su música sea muy melódica y pueda parecer fácil, sus letras tienen mucha miga, y en sus primeros discos no les faltaba contenido social ni político.

Master and servant es una canción ambigua que habla a la vez de sexo y de sociología o de política y que resume, seguro que con más gracia que yo, lo que acabo de explicar. Que la base de una relación BDSM es un juego de roles al que se puede llamar de amo y esclavo (There's a new game we like to play you see, A game with added reality,You treat me like a dog, Get me down on my knees, we call it Master and Servant). Y hay un eco en muchos fragmentos de la canción que repite continuamente que el juego "se parece mucho a la vida" (it's a lot like life).

La conclusión es especialmente brillante: Domination's the name of the game in bed or in life, They're both just the same, Except in one you're fulfilled at the end of the day. El juego de la dominación es el mismo en la cama y en la vida, pero en la primera terminas satisfecho; es decir, disfrutemos de este juego en la cama e intentemos apartarlo en el resto de nuestra vida. Perfecto; no tengo nada más que añadir. Os dejo con Depeche Mode:



Los dibujos son del artista Tatsuji Okawa, que seguramente se merece un post para él solo. Podéis ver más aquí: http://imagesenfuies.canalblog.com/archives/2020/04/14/38198449.html  

martes, 12 de mayo de 2020

Entrevista con el creador de Spankchicos malos, la primera marca de videos de spanking en español

Imagino que no os sorprenderá que os diga que soy un gran amante del porno fetish. No hace mucho me sorprendió encontrar una página dedicada al spanking (los azotes en el culo) hecha en España, Spankchicosmalos, dentro de la plataforma de porno amateur Only for fans. Me entró la curiosidad por contactar a su responsable, hablar con él y compartir nuestra entrevista con los lectores del blog.

Spankchicosmalos ofrece hasta el momento tres videos en los que el responsable de la web hace de spanker y azota el culito de tres chicos diferentes; se trata de videos 100 % fetish en los que no hay penetración. En la entrevista hablamos de como surgió el proyecto y de como un aficionado puede llegar a introducirse en el mundo del porno.

Ojalá la web sirva de modelo para otros amantes del fetish que llenen el hueco que existe de material en español. Si algún lector conoce otros videos fetichistas hechos en España o países de habla española, o, todavía mejor, si él mismo los lleva a cabo, estoy encantado de que me contacte (spainkophile@yahoo.es) y de darles difusión.

¿Cómo empezó tu interés por el spanking?

Realmente para mí el spanking es casi como mi condición sexual. Me interesaba incluso antes de tener cualquier otro tipo de deseo sexual. Desde muy joven me fascina, porque mezcla sensaciones físicas, biológicas, psicológicas y sexuales que levantan un gran interés en mi. Es muy excitante ese momento de bajar el calzón y ver al chico con sus nalgas sonrosadas, el calor en la piel, el fresco por sus partes íntimas, la sexualidad del culo, mezclada con la dominación y el control o la sumisión; la liberación de endorfinas y serotonina que provoca dosis controladas de dolor, etc.

De muy jovencito veía las típicas escenas inocentes de nalgadas en los dibujitos y no sabía porque me captaban la atención mucho.

¿Cómo pasaste de espectador a productor de porno?

Por inconformismo. Un día estuve más de una hora buscando porno spanking en español y me quedé algo frustrado porque no lo encontré y pensé: “si algo no existe, ¿Por qué no crearlo? Y ¿Por qué no hacerlo yo si seguramente disfrutare haciéndolo?”. Desde entonces, que fue hace años, estuve dándole vueltas. Hasta que un día pensé: “si no lo hago ya, no lo haré nunca. No puedo quedarme con este deseo dentro”. Y empecé a ponerme en acción: buscar chicos, planificar, etc.


¿Qué opinas del porno fetish?

Creo que todo deseo sexual es fetichismo, nadie pagaría por ver un vídeo si no fuera por un fetichismo sexual, aunque sea en el porno más común y meanstream. ¿Por qué a alguien le pone ver un culo o unas tetas si no es por fetichismo? El mayor órgano sexual es el cerebro, no los genitales. El hecho es si cada fetiche en cuestión te gusta o no.

Estoy estudiando incluir en mis vídeos fetiches complementarios, como figging (introducción de raíces de jengibre u objetos similares en el ano), bondage, etc. Todo dependerá de lo que sea factible hacer, de lo que me guste y, siendo sincero, lo que tenga también buena respuesta en quienes pagan, jeje.

¿Spankchicosmalos es un proyecto personal o colaboras con más gente?

Es un proyecto que nace hace poco de forma muy personal, pero es un hecho que si el público quiere que crezca tendrá que ir sumando gente. Los primeros colaboradores obligados son los muchachos que salen en los vídeos. Los cuales se fian de ponerse en mis manos, muy literalmente, jeje. Aparte desde hace poco tengo un colaborador que me está ayudando mucho y también hay amantes del spanking que me ayudan a crecer con sus consejos.

¿Cómo contactas a los chicos que salen en tus videos? ¿Son gays?

A los chicos los contacto por internet, por anuncios. Y después empiezan los contactos y la selección, que es una de las partes más arduas, lentas y aburridas del trabajo, porque conlleva muchas horas de negociaciones que no siempre terminan en un acuerdo, mucha empatía y saber inspirar confianza y aspectos materiales, jurídicos y económicos más complejos. Es muy difícil conseguir alguien que se atreva y se fie de exponerse en un proyecto aún desconocido.

Realmente no les pregunto su condición sexual, pero a veces ellos me la cuentan y hay de todo, desde heteros que solo quieren el dinero, hasta gays que les da cierta curiosidad el spanking. Incluso alguno que tendría una sesión gratis si no hubiera cámara.

¿Cómo y dónde ruedas los vídeos?

Alquilo pisos en las ciudades donde grabó. Madrid y Sevilla hasta ahora, aunque en el futuro no descarto grabar en Málaga, Granada, Barcelona o Valencia. Si hay chicos interesados en grabar en esas ciudades solo tienen que contactar en alguna de las redes sociales de Spankchicosmalos, como Twitter o Instagram.

¿Qué tal los rodajes? ¿Los chicos entienden lo que esperas de ellos? ¿Estáis solo los dos o hay un cámara o algún equipo técnico?

Todavía no tengo mucha experiencia en rodajes, solo llevo tres, y cada uno es totalmente diferente. Todo depende de la química con el chico y de su carácter. No es fácil romper el hielo, lo bueno de esto es que tiene aún un cariz muy casero y auténtico, yo le pongo pasión y lo disfruto de verdad. Se nota que me gusta y que lo disfruto, aunque, evidentemente, nunca deja de ser un rodaje y pierde algo de fluidez respecto a una sesión personal e íntima sin cámaras.

Respecto a los chicos, algunos son más proclives, más naturales o dan más juego que otros. Por ahora hemos sido solo los chicos, el trípode y yo, pero posiblemente se una en próximos vídeos un colaborador para ayudarme con temas técnicos como grabar, lo que mejorará la calidad.

¿Por qué elegiste OnlyFans para distribuir los videos y no otras plataformas (Clips4Sale, JustforFans, etc.)?

Onlyfans me resultó la plataforma más sencilla, con condiciones más flexibles, intuitiva y de moda. De hecho empecé con Xtube, pero sus condiciones eran más abusivas y exigentes. Aunque estoy estudiando ampliar el mercado y comercializar mi contenido en más plataformas.

¿Qué tal la respuesta del público? ¿Tienes datos acerca de quien te ve?

Al principio la respuesta fue muy limitada, incluso me planteé dejarlo en el primer video, pero a medida que voy aumentando la calidad y aprendiendo a hacerlo mejor, el público va respondiendo, lo que me hace seguir luchando por el proyecto. Ahora serán los que lo vean quienes deciden si lo apoyan ,y cuanto más lo apoyen, más capacidad tendré de reinvertir y darles un contenido de mejor calidad.

Por lo que he podido ver mis espectadores son hombres de diferentes edades, la mayoría de países anglosajones, aunque poco a poco empiezo a ver algún que otro hispanoparlante, e incluso algún que otro asiático.

¿Qué planes tienes para tus próximos vídeos?

Lo principal es seguir mejorando la calidad. Mis primeros vídeos tienen los errores lógicos de un principiante, he aprendido de ellos y de los consejos que he ido recibiendo. A corto plazo estoy perfeccionando la estrategia de selección de chicos para trabajar con los mejores y los más spankables que sea posible. En los próximos vídeos mejorarán los encuadres, la voz y algunos detalles más que profesionalizarán los vídeos. Y, si esto funciona a medio y largo plazo, me replanteo crear una página web propia e ir invirtiendo en mejoras técnicas que requieren más inversión, todo para poder ofrecer contenido mejor que coincida con el gusto del público.

Muchas gracias. ¿Algo más que quieras añadir?

Quiero agradecerte que me des un altavoz donde promocionar mi proyecto. Y agradecer también a los chicos que han creido en mi sin ser nadie en el porno y a quienes me apoyan con sus consejos o consumiendo mi contenido. Para mi esto, más que un posible negocio, es mi hobbie y mi pasión. Podréis ver muchos culos colorados en un contenido cada vez mejor si así lo deseáis y decidís con vuestra ayuda.

Si a mí me va bien, habrá más gente que produzca este porno en español; y si no me va bien, cuando otro chico busque y se decepcione porque no encuentra porno a su gusto, será porque como consumidores hemos decidido que no exista. Esta en nuestra mano que exista lo que deseamos ver.

Para acabar quiero dar las gracias al autor de spankchicosmalos por su enorme amabilidad y disposición para compartir su experiencia, y por supuesto desearle mucha suerte. Las fotos son extraídas de su web.

Para más información o para contactar con él:

domingo, 3 de mayo de 2020

Relato: El castigo, nuevo capítulo de Tristán

Pues a veces todo llega; espero que quienes en todo el tiempo transcurrido desde el capítulo 5, por el que pido disculpas, han tenido la amabilidad de interesarse por esta serie y pedirme su continuación, piensen que nunca es tarde si la dicha es buena y ojalá disfruten con la vuelta de Tristán.

Capítulos anteriores:

TRISTÁN
CAPÍTULO 6: EL CASTIGO

Resumen de capítulos anteriores: Al finalizar sus estudios Tristán es inscrito por su familia en la abadía de una orden religiosa donde adiestran a chicos jóvenes para colocarlos como sirvientes sumisos en casa de señores adinerados. El abad de la orden encarga al entrenador deportivo, Horacio, el entrenamiento del joven; en el capítulo 5 Tristán pierde el control durante una revisión médica y es trasladado por los monjes a la mazmorra de castigo.

Horacio notó sobre el hombro la presión de una mano suave pero a la vez firme que en seguida identificó como del abad. Al volverse la expresión del prior le transmitió la misma tranquilidad y la misma autoridad que su mano; le indicó que le acompañara mientras el Padre Julián y sus ayudantes ponían en orden las sillas y la sala utilizada para la primera clase del curso de iniciación a la sumisión para chicos externos a la Abadía. El entrenador se imaginaba ya el tema de la conversación que iban a mantener, y alabó en su mente la discreción y el saber hacer del abad, que se lo llevó a un aparte en un pequeño despacho desocupado a aquella hora y cerró la puerta.

- Con la organización de la clase, que, por cierto, ha sido todo un éxito, no hemos tenido tiempo de hablar del incidente de esta mañana.
- Así es, Padre. Siento lo ocurrido.

El superior de la Abadía lo miró con una mezcla de reproche, ironía e indulgencia.

- No le doy más importancia que la que tiene. Estás haciendo un buen trabajo con Tristán, como me imaginaba. He visto como te mira; te tiene no solo respeto sino admiración y afecto, y se le ve contento de ser dominado, que es lo mejor a lo que podemos aspirar. La docilidad que le has dado a su mirada en los pocos días que lleva con nosotros no es fácil de conseguir.

La perspicacia con la que el abad captaba todos los detalles, sin estar prestando aparentemente atención, nunca dejaba de sorprender a Horacio. Pero él tampoco era tonto y sabía que detrás de esta halagadora introducción venía un pero.

- No obstante, una falta de disciplina es algo de lo que hay que encargarse, por supuesto. Unas horas en la mazmorra del Padre Julián no le van a hacer ningún daño; Tristán volverá a tus brazos todavía más sumiso y entregado.
- Sí, Padre. Hay algo más, ¿verdad? ¿También van a castigarme a mí?
- Así lo ha pedido el doctor al consejo de disciplina y me han trasladado que respaldan su petición. No me sorprende, los dos sabíamos que no te iban a dejar pasar ni una. Creo que la forma de conseguir que esto se olvide más rápido es mostrarme conforme y actuar de la manera habitual cuando el consejo me comunica una falta o un exceso de celo en la disciplina de cualquiera de los pupilos de la Abadía: someter al hermano responsable del joven a corrección fraterna.

Horacio solo había sido testigo de un par de correcciones fraternas desde que había regresado a la abadía en calidad de hermano y entrenador de los chicos tras haber sido novicio de joven. Mientras los novicios podían ser castigados por el hermano a su cargo en cualquier momento y por cualquier motivo que este considerara conveniente, los hermanos estaban también sometidos a castigos corporales, pero estos debían ser aprobados por el consejo de disciplina de la Abadía.

Lo más habitual era que el castigo lo aplicara toda la comunidad en su conjunto; el infractor era atado desnudo a una plancha de madera que se instalaba en el centro del comedor y los monjes se ponían en fila y se iban pasando de uno a otro las disciplinas eclesiásticas, un látigo formado por varias tiras de cuero, para corregir al compañero que había caído en desgracia. El abad comprobaba que todos los hermanos participaban del castigo, y que aplicaban la disciplina sobre la espalda del hermano castigado sin exceso de rigor y también sin defecto del mismo, amonestando si en algún caso el azote era demasiado severo o demasiado poco. También era el abad quien decidía el número de rondas que constituirían el castigo; las dos correcciones fraternas que había presenciado Horacio habían constado de 3 rondas, lo cual venía a suponer unos 90 azotes, teniendo en cuenta que solían participar alrededor de 30 frailes.

Desde su regreso a la Abadía, por faltas menores y pequeños incumplimientos del estricto código de disciplina de los monjes, Horacio había sido azotado en unas pocas ocasiones por el abad a la manera de los novicios, es decir, mediante disciplina baja, que era el eufemismo empleado en la orden para referirse a los azotes en las nalgas.  Estos castigos había tenido lugar en la intimidad, solo delante de uno o dos frailes que ejercían de testigos; esta vez, sin embargo, iba a ser humillado en público y no por el abad, al que debía obediencia, sino por todos sus compañeros al unísono. Al abad le parecía una excelente idea para compensar la posible soberbia que le podía producir el verse tan joven ya responsable de la educación de uno de los pupilos de la Abadía; naturalmente no expresó esta idea verbalmente pero el entrenador la captó y la aceptó con resignación. Naturalmente, ni Tristán ni ninguno de los otros chicos que recibían adiestramiento, ni de los novicios, tendría conocimiento de la corrección fraterna.

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Por su parte, el pupilo de Horacio, totalmente ajeno a la situación complicada que atravesaba su maestro, tenía bastante con sus propios problemas.

Había sido trasladado a la zona de castigo en un estado de mucha agitación, tras haber sido maniatado, amordazado y cargado sobre el fuerte hombro del Padre Julián, especialista en tratar con infractores de la disciplina de la Abadía. En su trayecto a la sala había sido conducido desnudo en esta humillante posición, como si se tratara de una mochila, por varias salas y zonas del edificio, cruzándose con varios monjes, algunos de los cuales no dejaron de comentar la hermosa vista que presentaban las nalgas de Tristán ni de recomendar al Padre que las castigara severamente. El joven no podía permitirse siquiera emitir un quejido ahogado por la mordaza, ya que el menor sonido era respondido inmediatamente con un potente manotazo de la poderosa mano del fraile sobre su trasero.

Ahora se encontraba  inmovilizado, con las muñecas atadas y sujetas a la pared con una cadena, y los tobillos muy separados entre sí y ceñidos por sendos agarres de metal. Sus sujeciones le obligaban a mantenerse en pie y le costaba girar la cabeza porque un collar metálico, unido a la pared mediante otra cadena, le hacía doloroso cualquier movimiento. No obstante, sabía que a su lado había otro chico con las mismas ataduras.

Una mordaza le cubría por entero la boca y esta no era la única abertura de su cuerpo que había sido tapada. Un dilatador muy similar a los que usaba su entrenador le había sido introducido en el recto y sus genitales estaban atrapados en una jaula. Lo más estresante había sido la venda que había tapado sus ojos mientras le colocaban todos estos artilugios de castigo y oía también como preparaban al otro joven que se encontraba a su lado; cuando se la habían retirado, sus pupilas tardaron un rato en acostumbrarse a la penumbra de la sala.

Cuando fue capaz de ver, apareció frente a él un tercer joven de aproximadamente su misma edad. Se encontraba de espaldas, desnudo y sujeto por el cuello, las muñecas y los tobillos, de manera muy semejante a él y a su compañero, aunque con la cabeza girada hacia ellos, lo que hacía visible su mordaza.

Tristán comprendió enseguida que el objeto de la disposición en la que los habían situado era que el joven de enfrente iba a ser castigado, azotado probablemente, y los otros chicos de la sala debían contemplar su castigo imaginándose que serían los siguientes. Los frailes dominaban bien el suspense y, tras retirarles a todos las vendas de los ojos, los dejaron solos un buen rato en el que Tristán reparó en las nalgas pequeñas sin apenas vello del joven y en su bonito cuerpo, delgado pero no menudo. No podía ver si tenía jaula de castidad colocada, pero sospechaba que no tenía introducido el dilatador. Probablemente podría ser un estorbo a la hora de azotarle en las nalgas.

Al escuchar pasos, vio por el rabillo del ojo el regreso del Padre Julián y de su ayudante. Entre los dos transportaban un par de disciplinas, los látigos utilizados por los monjes, y también un haz de varas y un sacudidor de alfombras cuyo uso se imaginó rápidamente. No obstante, a pesar de lo cuidado de la atmósfera amenazante de la sala de castigo, para su sorpresa los frailes se dirigían de una manera firme pero suave y calmada a los chicos castigados; su tono no era de verdugos sino más bien de médicos que consideraban sus faltas de disciplina como una enfermedad para la que tenían el tratamiento adecuado.

Con tranquilidad, los dos maduros monjes colocaron las varas y el sacudidor a un lado, se situaron uno a cada lado del muchacho que estaba en frente de Tristán y se repartieron las disciplinas. Tras comprobar que las tiras de cuero estaban sueltas y no enredadas, los dos disciplinadores se miraron y se dieron señales de conformidad para empezar el castigo. El primer azote del Padre Julián sobre los omoplatos del joven le hizo dar un respingo; el segundo, propinado por su ayudante, no tardó en sucederse.

Tristán, y seguramente también su compañero atado a su lado, no tenían más opción que presenciar el castigo convencidos de que a continuación llegaría su turno. Los azotes caían lentamente pero con firmeza, siempre de forma alterna de un lado y del otro, sobre la mitad superior de la espalda del joven, que comenzaba a enrojecer y a mostrar pequeñas señales objeto del impacto de las múltiples tiras de las disciplinas. La iluminación de la sala estaba calculada para resaltar el cuerpo del joven castigado, destacando el enrojecimiento de la piel, mientras el resto permanecía casi en penumbra.

Pese a su lógico temor, Tristán no podía evitar apreciar la belleza del castigo: el sonido de los golpes al impactar sobre el cuerpo desnudo con su ritmo casi melódico, los gemidos del muchacho ahogados por la mordaza, el estremecimiento de sus músculos casi totalmente inmovilizados por las cadenas, el tono rojo cada vez más intenso de la región azotada ... era un espectáculo casi hipnótico.

Tras un tiempo difícil de calcular para Tristán, los frailes interrumpieron el castigo. Mientras su ayudante esperaba látigo en mano, el Padre Julián apartó el suyo momentáneamente para acariciar la espalda y la nuca del joven con una suavidad que contrastaba con el vigor con el que había sido utilizada la disciplina. A Tristán le recordó la manera en la que Horacio, su cuidador, lo azotaba y lo acariciaba, y le volvió la sensación agridulce, de ternura y al mismo tiempo de aprensión, de deseo y de temor a la vez, que le envolvía cuando su tutor lo castigaba. No obstante, nunca había sido azotado en la espalda y no era frecuente ver espaldas rojas en los otros chicos sumisos a los que se entrenaba en la Abadía y con los que se cruzaba cuando Horacio lo sacaba de paseo, a diferencia de las nalgas, que sí mostraban marcas de azotes recientes en la mayoría de los casos, incluyendo las suyas. Así que estaba atemorizado ante un castigo nuevo para él y probablemente especialidad de aquella sala.

Para su sorpresa, puesto que ingenuamente había dado el castigo por terminado, los frailes, tras un descanso de unos escasos minutos, reemprendieron la sucesión de azotes con las disciplinas sobre los omoplatos y la región dorsal del joven, que volvía a gemir y retorcerse. Tanto el Padre Julián como su ayudante eran expertos flageladores que veían el castigo de cada muchacho indisciplinado como una tarea que les gustaba ejecutar con pericia disfrutando de cada momento, igual que un cocinero preparando una cena o un artesano reparando un mueble. Les gustaba comentar luego cada detalle de la flagelación: las reacciones del muchacho, la suavidad y el enrojecimiento de su piel o la calidad de las disciplinas o del instrumento utilizado. Llevaban tiempo azotando a jóvenes de manera conjunta y tenían una gran complicidad; sabían, con una breve mirada o un gesto, cuando había que incrementar el ritmo o la intensidad de los golpes, cuando disminuirlos o cuando hacer una pausa.

La sala de castigo era un lugar donde no resultaba fácil mantener la noción del tiempo, como Tristán pudo comprobar. Ni siquiera habría podido asegurar si las pausas en la flagelación del joven que tenía enfrente habían sido 3 o 4; estaba impresionado y sobrecogido por la duración del castigo. Una de las especialidades del Padre Julián y su ayudante eran las sesiones de azotes muy largas, prolongando y manteniendo en el tiempo las sensaciones del muchacho castigado, jugando con sus límites en el nivel justo para no hacerle daño ni sobrepasarse pero sí dejarle el recuerdo de una experiencia muy intensa. La mitad superior de su espalda había tomado el color de un tomate maduro, a punto de pasarse al púrpura. Por fin ambos frailes se miraron y consensuaron el detener las disciplinas, ponerlas a un lado y liberar al joven, que no cesaba de emitir sonidos ininteligibles.

Lo soltaron de sus ataduras, lo acariciaron, le quitaron la mordaza, le ofrecieron agua, le ayudaron a masajearse las muñecas y los tobillos para normalizar la circulación y, para la estupefacción de los tres jóvenes presentes, prepararon un reclinatorio para colocarlo en la posición de sumisión. Tristán estaba muy familiarizado con estos dispositivos, que los tutores, incluyendo el suyo, utilizaban para azotar a los chicos a su cargo, o para introducirles los dilatadores anales, o para violarlos, o para todas estas cosas.

El joven fue de nuevo amordazado y atado, pero esta vez en la posición de sumisión; tuvo que arrodillarse sobre el primer escaño del reclinatorio e inclinar la espalda sobre el segundo para que sus nalgas quedasen prominentes y ofrecidas, dejando bien a la vista el ano, el periné y la bolsa escrotal entre ambas piernas, convenientemente separadas a través de las argollas que inmovilizaban las piernas del castigado. Sus muñecas fueron también sujetas a la parte delantera del dispositivo, elevando todavía más y permitiendo una vista totalmente frontal del bonito culo del joven, a total disposición de sus castigadores.

Una vez bien sujeto el reo, los frailes discutieron sobre cuál de las varas de su haz, de diferentes grosores, era el idóneo para azotar su trasero. Una vez se decidieron, cada uno tomó una vara, ambas del mismo tamaño, y repitieron su posición a sendos lados del joven.

Tristán no podía creer que el muchacho, después de una larga e intensa flagelación en la espalda, fuera ahora a ser objeto de una sesión de azotes en las nalgas propinados probablemente con el mismo ímpetu. Si le quedara alguna duda, el Padre Julián lo miró a los ojos y le confirmó que, cuando acabaran con el joven colocado en el reclinatorio, él sería el siguiente. La consternación del pupilo de Horacio fue inmensa y se recrudeció al ver y oír el primer silbido de la vara y su impacto sobre el culo desnudo e indefenso de su compañero.

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- Creo que ya va siendo hora de dirigirnos al comedor para tu castigo, Horacio. Los hermanos han sido citados dentro de 10 minutos.
- Sí, Padre.
- Desnúdate.
- Esto .... ¿aquí, Padre?
- Me has oído perfectamente.

De no haberse tratado del mismo abad quien se lo exigía, Horacio habría protestado. Iba a ser conducido desnudo al lugar en el que tendría lugar su castigo a través de zonas comunes de la Abadía, como si fuera un novicio, si bien es cierto que el trayecto entre el despacho del abad, en el que se encontraban reunidos con el Padre Isidoro, y el comedor transcurría dentro de un ala del edificio destinada exclusivamente a los monjes, y que por lo tanto ninguno de los pupilos sometidos a adiestramiento tendría ocasión de verle. Pero estaba claro que el director del lugar pretendía darle una lección y no le ahorraría ninguna humillación.  El Padre Isidoro mostraba una sonrisa de oreja a oreja, encantado de presenciar el castigo del hermano más joven, y más atractivo, de la entidad, y de verlo desnudo y humillado.

Sumiso frente a los dos padres, de más edad y autoridad que él, se despojó sumiso de la camiseta, los calcetines y del pantalón de deporte, su atuendo habitual, y se quedó de pie en medio de la habitación con las manos en la nuca y mirando al suelo, vestido solo con un suspensorio. Se lo había puesto para complacer al abad, que sabía que era gran amante tanto de esta prenda en sí como de su trasero en particular. Se dio media vuelta para ofrecer sus nalgas desnudas, grandes y musculosas, ante la vista de ambos religiosos, que las observaron con mucho agrado.

- He dicho desnudo, Horacio. Quítate el suspensorio.

La tenue esperanza de guardar un mínimo de dignidad se había desvanecido; tendría que presentarse completamente  desnudo delante de los frailes con los que se cruzaran en el camino, y de los que se encontraran ya en el comedor. Procedió a bajarse el suspensorio, ofreciendo la hermosa imagen de su culo inclinado al abad y al Padre Isidoro. Ya totalmente desnudo, se giró de nuevo con las manos en la nuca mostrando sumisión frente a sus superiores.

El abad se levantó, lo agarró del cuello e hizo una seña al Padre Isidoro, que sacó la mordaza y las esposas.

Con las manos esposadas a la espalda, la mordaza puesta, y los genitales y las nalgas bien visibles, como se hacía con los novicios y los sumisos en fase de adiestramiento, fue conducido fuera de la habitación por la mano firme del abad, que seguía agarrándolo del cuello.

La sorpresa del desdichado Horacio fue mayúscula; tras ser paseado por varios pasillos y escuchar varios murmullos y comentarios acerca de lo acertado de que fuera a ser castigado, su humillación fue todavía mayor al entrar. Fue recibido por las sonrisas y las miradas irónicas de sus compañeros, evidentemente complacidos de verlo expuesto desnudo frente a ellos para ser azotado a continuación; pero lo peor, la guinda para colmar su vergüenza, fue que el dispositivo de castigo situado en el centro de la habitación para él no era la plancha para ser flagelado en la espalda, sino el reclinatorio que lo colocaría en la posición de sumisión, con las nalgas ofrecidas ante la comunidad.

Se le iba a azotar en el culo, como en sus tiempos de novicio. Y esta vez no en privado en el despacho del abad, sino en frente de toda la comunidad y de mano, o más bien de la vara, de todos ellos.

El abad sonrió internamente al ver la consternación y la súplica en la mirada del entrenador; con un pequeño gesto le confirmó que no se trataba de un error, que el consejo de disciplina había decidido que se le azotaría en las nalgas. No era desde luego lo habitual en un hermano con votos, pero tampoco era habitual que hermano fuera tan joven, sin llegar siquiera a la cuarentena, y mantuviera un trasero tan digno de ver y de azotar. Para la mayoría de los asistentes, el castigo de Horacio generaba tanta expectación como los de los novicios más guapos y deseables; en parte, eso sí, por ser mucho menos habitual y representar una interesante variación en el día a día de los monjes.

Desnudo, atado y amordazado delante de toda la comunidad, el abad siguió el procedimiento, explicando la falta que había cometido y por la cual el consejo de disciplina había decidido que era merecedor de un castigo corporal en forma de disciplina baja y aplicado mediante corrección fraterna. El castigo sería precedido, eso sí, de un calentamiento previo de mano del abad, con el objeto de favorecer la humildad y el arrepentimiento del hermano, transgresor de las normas de la abadía y necesitado de corrección.

Cuando se vio desnudo sobre las rodillas del abad, lo único que alivió la vergüenza de Horacio fue el pensar que sus compañeros no podían verle la cara; solo su redondo y carnoso culo, que el superior de la abadía acarició brevemente antes de descargar el primer y sonoro azote. El entrenador recordó rápidamente la fuerza que la mano del abad mantenía intacta pese a la avanzada edad de este; pronto tuvo que hacer un esfuerzo por no gritar mientras sus nalgas recibían un impacto firme tras otro. Los hermanos de la orden emitían murmullos y gestos de aprobación mientras veían enrojecer el gran y hermoso trasero que centraba la atención de todos.

Ya con las nalgas rojas y ardientes del efecto de la mano del abad, Horacio fue atado al reclinatorio con las piernas bien separadas, y el ano, periné y testículos ofrecidos al numeroso público presente. Era el momento de protagonismo de la vara y el abad la tomó en su mano, dando instrucciones a los hermanos para que se colocaran en fila. Cada uno cogería la vara, daría un azote firme sobre las nalgas desnudas del hermano penitente, cedería el instrumento del castigo y se colocaría al final de la fila, esperando su turno de nuevo al acabar la primera ronda.

La satisfacción general obligó a una segunda ronda, y posteriormente a una tercera. El castigado ya no intentaba evitar los jadeos o pequeños gritos cada vez que la vara impactaba sobre sus nalgas escocidas de color rojo intenso.

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Tristán volvió de la sala de castigo igual que había entrado en ella aquella mañana: desnudo, cargado sobre el hombro del Padre Julián, maniatado y amordazado. Naturalmente el color de su culito y de su espalda era lo que había sufrido una importante modificación; una vez trasladado el sumiso a su celda con su instructor, Horacio no pudo menos que admirar, además de envidiar, el tono casi púrpura de la piel del joven. Rápidamente lo colocó sobre sus rodillas y preparó el ungüento que utilizaba para aliviarle el escozor y evitar moratones y favorecer la recuperación de la piel después de los azotes.

No pudo evitar una erección ante la forma de ronronear del muchacho desnudo sobre sus rodillas, al sentir el alivio sobre su piel todavía ardiente. Su entrenador le avisó de que su castigo no había acabado; mañana continuaría: se pasaría el día desnudo, atado y expuesto en una zona pública para que toda la abadía supiera que había sido desobediente y pudiera ver en su espalda y su culito todavía rojos los efectos de incumplir las normas. Además seguiría llevando la jaula de castidad de manera habitual para el resto de su instrucción. Al introducir el dedo en el ano del joven mientras le extendía la pomada por las nalgas, notó el placer que le producía ser penetrado de esta manera, no a través de una erección, imposible de apreciar dentro del dispositivo de castidad, pero sí en sus jadeos.

Aunque la enorme excitación del entrenador provenía en su mayoría de volver a tener a su disposición el magnífico culito pequeño pero redondo y voluptuoso de Tristán, una pequeña parte tenía su origen en el recuerdo de la escena muy similar que había tenido lugar un par de horas antes en el despacho del abad, que igualmente lo había puesto desnudo sobre sus rodillas, esta vez en la intimidad sin testigos, para untarle igualmente de pomada y aliviar los efectos de los azotes. Esto le había retrotraido a muchas situaciones parecidas, humillantes y excitantes a la vez, de su época de novicio.

Los gemidos del muchacho al ser acariciado y penetrado, mezclados con los recuerdos de su etapa anterior como sumiso y del castigo vivido ese mismo día, elevaron la libido del entrenador obligando a un desahogo inmediato. Levantó a Tristán de su regazo, lo puso de rodillas y se abrió la bragueta para que su sumiso le diera satisfacción, recordándole que esa era otra parte fundamental de su entrenamiento.

martes, 14 de abril de 2020

Relato: El casero

EL CASERO


- Adelante.

El casero levantó la vista del ordenador y Rubén, uno de los tres inquilinos que ocupaban las habitaciones que él alquilaba en su piso, apareció en el umbral de la puerta de su despacho. Lucía la sonrisa pícara que tanto le atraía y que era probablemente el primer indicio de que su intención era conseguir algo.

- ¿Puedo pasar?
- Claro, ven aquí, no te quedes tan lejos.

El casero se quitó las gafas de presbicia y echó hacia atrás su silla para recibir a su visitante, apreciando más de cerca su cuerpo alto y desgarbado. Un pantalón corto de deporte dejaba a la vista buena parte de los muslos delgados y velludos del joven. El vello también asomaba por el cuello de su camiseta. Se podría haber dicho que con su aire alegre y desenfadado, como si no fuera consciente de su atractivo, el muchacho intentaba seducir a su maduro casero, si no fuera porque este estaba ya más que seducido desde el día en que lo había seleccionado como inquilino.

El hombre sonrió también; era consciente del juego y pensaba divertirse jugando. Era un juego muy viejo, uno de los más viejos del mundo, y su éxito estaba garantizado porque en él nadie perdía, los dos jugadores salían siempre ganando; el chico joven y guapo acababa consiguiendo su propósito, y al mismo tiempo y a cambio, el señor maduro conseguía también el suyo: disfrutar de ese bonito cuerpo y de esa vitalidad.

- ¿Qué tal? ¿Todo bien?
- Estupendamente, niño. Acércate un poco más, anda.

Con la sonrisa intacta, Rubén se acercó poniéndose al alcance de la mano de su casero, que no dudo en aproximarse a su vez para colocársela en la cintura. Los dos sabían que los dedos curiosos del casero tampoco iban a tardar mucho en tantear otras zonas de la anatomía del chico.

- Si se acuerda, teníamos una conversación pendiente.

La idea de tratarle de usted había surgido del propio joven, y al casero le agradó tanto que se la había impuesto a los otros chicos que se habían instalado en su piso después, un total de cuatro en los casi tres años que llevaba ya Rubén en su casa.

- Efectivamente; no me digas que me traes malas noticias.

Tal vez para compensar esas potenciales malas nuevas, la mano del caballero buscó consuelo palpando sin disimulo las nalgas del joven. Aunque las conocía de sobra, nunca había perdido la capacidad de sorprenderse ante el tacto de aquel culito redondo, prominente y suave, a pesar de la capa de vello, inesperado en un cuerpo tan delgado. La manera en la que podía sentir sus nalgas sugería que tal vez el muchacho no llevara calzoncillos debajo del pantalón de deporte. Habría que comprobar ese punto, desde luego.

- Bueno, digamos que malas pero también buenas ... ¡ey!

Rubén fingió una no muy convincente sorpresa cuando su pantalón fue bajado hasta las rodillas. El casero le sacó el teléfono móvil del bolsillo, para que no acabara en el suelo, y lo colocó sobre la mesa.

- Ya conoces las normas, nene.

Obediente, el joven colocó las manos en la nuca como le habían enseñado al poco de entrar en aquella casa, mostrando sumisión ante la autoridad patriarcal de su casero. Su sonrisa y su mirada pícara, no obstante, se mantuvieron intactas.

- Vaya, vaya, un suspensorio. ¿Son estas las buenas noticias o hay más?

La prenda interior elegida por el travieso joven confirmaba que estaba muy interesado en conseguir algo de su casero, aunque también que tenía el día juguetón. En todo caso, el dueño de la vivienda no dejó de aprovechar la ocasión para palpar las apetitosas nalgas desnudas que tenía a mano.

- Hay más, señor.
- A ver que tienes que contar.
- ¿Puedo sentarme, señor?

Así que Rubén estaba mimoso. Normalmente era indicación del casero que fuera a sentarse en sus rodillas. El hombre se dio un par de palmadas en el muslo indicando al joven que le daba permiso. Una vez sentado en su regazo, lo agarró conteniéndolo con las manos, ya que el chico le sacaba casi diez centímetros en altura.

- ¿Qué pasa, nene? Si estás tan cariñoso es porque nos vas a dejar, me temo. ¿No?
- Sí, señor. Pero un amigo mío podría ocupar mi habitación.
- Ah, vaya. Así que te has puesto el suspensorio para recomendármelo; debéis ser muy amigos.
- No le hablaría de él sino supiera que iba a gustarle, señor.
- ¿Tienes alguna foto suya?
- Sí, señor. ¿Puedo coger el móvil?

Le animó a hacerlo con un gesto. El chico no tardó en encontrar las fotos de su amigo.

- Muy guapo de cara, sí.

La expresión de aquel chico bueno un poco triste, su cara más bien redonda y su complexión fuerte, opuestas a las de Rubén, despertaron el interés del casero. A primera vista parecía más mayor al ser más corpulento, pero mirándolo con atención, tendría la misma edad que su actual inquilino, poco más de 20 años. No tenía un tipo ni un criterio especial ni cerrado respecto a los chicos; todos los que fueran guapos, tanto altos como bajos, gordos como delgados, le gustaban. Pero le atrajo todavía más lo que vio a continuación.

Un culo abultado, carnoso y sensual apareció desnudito para él en la siguiente foto. Los calzoncillos habían sido bajados hasta la mitad del muslo para revelar su hermoso contenido. Para acomodarse aun más a sus gustos, la foto había sido obtenida con el joven de cara a la pared con las manos en la nuca, como a él le gustaba castigar a los chicos. Las nalgas y muslos desnudos de Rubén no pudieron dejar de percibir la erección dura e instantánea que la foto provocó en el casero.

Para poner la guinda al pastel, su inquilino hizo zoom sobre las nalgas de su amigo y a continuación pasó a la foto siguiente, en la que este último aparecía todavía más sumiso y sensual, inclinado a cuatro patas con las piernas separadas mostrando sus encantos: un ano y un periné tiernos y sin vello y los testículos colgando debajo. La erección del casero se intensificó si cabe.

- Sí que conoces muy bien mis gustos, granuja.

Seguro de estar a punto de conseguir su objetivo, Rubén recordó al volver a verlas como habían sido conseguidas esas fotos.

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- No seas coñazo, llevas una hora haciéndome preguntas sobre el casero. ¿Y me dices que no quieres ni pensar venirte a mi habitación cuando me vaya?
- Es que me gusta que me lo cuentes.

Pedro llevaba, efectivamente, un buen rato preguntando detalles acerca de las sesiones de disciplina que tenían lugar en la casa de Rubén, y no había parado hasta que este se bajó los calzoncillos. El tono todavía rojo de las nalgas le fascinó y no pudo evitar tocarlas.

- ¡Ay! ¡Para!
- ¿Aún te duele?
- Si aprietas sí, si tocas normal no.
- Es aquí donde duele, ¿no? Es que aquí está más rojo.
- Ahí, sí.

A Rubén le había tocado el turno el día anterior; el casero sometía a disciplina a cada uno de sus tres inquilinos entre una y dos veces por semana: el muchacho elegido como sumiso era siempre azotado, a veces con la mano y casi siempre además con instrumentos variados, e inmovilizado en diferentes posturas. En la sesión de la noche anterior Rubén había sido atado desnudo con las manos a la espalda, sujetas a una cadena que las unía al cuello, inclinado sobre una mesa para probar el impacto sobre su culo ofrecido e indefenso de una pala de madera más bien contundente, no sin antes haber recibido una azotaina de calentamiento con la mano sobre las rodillas del casero. A continuación un plug de tamaño mediano había sido introducido entre sus nalgas ardientes y había tenido que permanecer quieto y amordazado en el salón con el plug colocado durante más de media hora mientras el señor de la casa y sus otros compañeros miraban la televisión con naturalidad.

La curiosidad de Pedro por estas veladas de dominación y humillación era inmensa y no había detalle que no quisiera saber, aunque supuestamente no solo no le atraían estas prácticas sino que le repelían. Rubén era el interlocutor perfecto por su se puede decir que indiferencia y total apertura con respecto al sexo. Ser sumiso ni le excitaba ni le escandalizaba; los azotes dolían y las posturas en que se le ataba a veces eran incómodas, igual que la introducción en su ano de dedos y de objetos, pero confiaba plenamente en su casero, con el que nunca había sentido nada parecido al miedo, y había algo agradable en el escozor y el calorcito que sentía en el trasero durante las horas o a veces los días siguientes. No veía nada vergonzoso en someterse en estos juegos a cambio de una más que decente habitación en un buen barrio de la ciudad a coste cero; mucho más humillante le parecía estar aguantando a clientes maleducados y jefes prepotentes en empleos mal pagados que le robarían mucho más tiempo de sus estudios que las dos noches semanales que se pasaba inmovilizado.

Por ello nunca había ocultado a sus amigos íntimos las condiciones bajo las que había conseguido un alquiler gratuito; el único que mostró especial interés por el tema era precisamente Pedro, pero enseguida se dio cuenta que no era por juzgarlos a él ni a su casero sino porque le estaba descubriendo un mundo desconocido que era evidente que le interesaba aunque supuestamente le produjera rechazo.

Lo que tal vez no había sido buena idea era haber sido sincero también con sus padres, lo que pasa es que Rubén no sabía guardar secretos con sus seres queridos. El mismo día que se lo contó, comiendo en casa de ellos un domingo, cuando iba a volver a su piso y estaba empezando a despedirse, su padre lo cogió a solas con un pretexto poco verosímil y lo llevó prácticamente agarrado del brazo hacia su antigua habitación de la adolescencia. Sin soltarlo ni darle tiempo a pensar ni a reaccionar, su padre cerró la puerta, se sentó en la cama y, con firmeza pero sin brusquedad, le hizo perder el equlibrio y caer doblado encima de su regazo, una técnica propia que había adquirido adaptando las habilidades en artes marciales que había adquirido de joven tras años de entrenamiento y que le había sido muy útil para dominar a sus hijos varones.

Al verse en la misma posición que utilizaba su padre para inmovilizarle cuando era pequeño y había que ponerle inyecciones, supositorios o el termómetro, situaciones en las que Rubén siempre había ofrecido resistencia, el joven se quedó estupefacto ante la situación de regresión que vivía; ya no era un hombre adulto, se había vuelto muy pequeñito de repente; no concebía tener derecho a la intimidad ni sobre su propio cuerpo. Ni siquiera se atrevió a moverse mientras la mano firme de su padre le bajaba el pantalón del chandal y los calzoncillos.

El progenitor acarició con suavidad las nalgas de su chico, aliviado al no ver en ellas señal ni daño de ningún tipo. Sin ninguna vacilación, las agarró con las dos manos y las separó para revisar el ano en busca de posibles huellas de violación.

-¡Papi!

Le halagó oírse llamado de esa manera, algo que hacía años que no ocurría y que constituía un símbolo evidente de la total sumisión que había logrado de su hijo. Y le gustó también no ver señales de violencia en el agujerito rosáceo que apareció ante su vista, salvo el afeitado de la zona. Visiblemente relajado, y tras un par de palmaditas cariñosas, subió los calzoncillos y los pantalones de Rubén, lo puso en pie y lo miró con afecto acariciándole la nuca. El joven se echó en sus brazos y lo recogió con mucho agrado; la fuerza que notaba en su padre disipó toda la confusión que la inesperada inspección le había provocado y le ayudó a recomponerse.

Durante las horas y los días posteriores, esta escena volvió a la cabeza del padre, sorprendido por el placer que había encontrado en la dominación y el control sobre el cuerpo de un muchacho ya mayor. Empezó a escuchar con mayor comprensión a uno de sus compañeros, que le había confesado que estaba engañando a su mujer desde hacía varios meses con un  joven al que sacaba más de veinte años y como disfrutaba con la sumisión total que este le ofrecía. Y consiguió también comprender, dentro de lo que cabe, al casero que disfrutaba con estos juegos de dominación, azotes, cuerdas y cadenas, aunque, como es lógico, habría preferido que los practicara con otro chico y no con el suyo. En cualquier caso, decidió que habría que llevar a cabo regularmente inspecciones del culito de Rubén para asegurarse de que seguía sin sufrir abusos. El joven estaba ya familiarizado con esa rutina, y su amigo Pedro tampoco dejaba de preguntarle cada vez que venía de visitar a la familia si su padre le había sometido a revisión, mostrando también gran curiosidad por cualquier detalle.

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Hombre maduro dominante, amante del castigo corporal, ofrece habitación exterior gratuita en piso céntrico a varón joven sumiso. Interesados enviar foto clara de cara y del trasero desnudo; la entrevista de selección incluirá desnudo integral.

Este era el texto del anuncio que el casero siempre publicaba cada vez que se iba uno de sus inquilinos dejando una habitación libre. Su profesión le había permitido jubilarse anticipadamente y dedicarse a su auténtica vocación, la dominación de chicos jóvenes; el ambiente en el piso era bueno, el alquiler gratuito y el inquilino solo debía abonar la parte proporcional de los gastos, si bien esto era negociable en caso de que el candidato tuviera una situación económica muy complicada. El casero era generoso; no le sobraba el dinero pero tampoco le faltaba y le gustaba portarse bien con quien se portaba bien con él. Los chicos solo debían respetar normas de convivencia básicas, no organizar fiestas ni traer novias ni poner música alta. Y, naturalmente, someterse a las reglas especiales de la casa: ser castigados una o dos veces por semana, en privado o delante de los otros inquilinos, desnudarse y dejarse acariciar siempre que se les indicara y no protestar ni estorbar cuando fuera otro el castigado. Por ejemplo, situaciones bastante habituales eran que alguno de los chicos se encontrara desnudo y atado sobre las rodillas del casero sobre el sofá del salón, o encadenado a la pared, o que todo el que quisiera ver la televisión tuviera que hacerlo desnudo, salvo, naturalmente, el casero.

El recuento de las normas que el casero estaba repasando para su potencial nuevo inquilino era prácticamente idéntico al que Rubén había escuchado en su día en la entrevista tras contestar a un anuncio que tampoco había variado en ese tiempo. Pedro había pedido que su amigo estuviera presente en su reunión con su posible futuro casero y este último no vio razón para oponerse. No le gustaba marear; si le había propuesto a Pedro la entrevista era porque estaba interesado en él y no había llamado a otros candidatos. No obstante, aunque el anuncio no había llegado a publicarse, tampoco tenía intención de hacerlo porque disponía aun de remanente de candidatos de otras ocasiones; pero solo pensaba tirar de ellos en caso de que las fotos que le había hecho llegar Rubén fueran engañosas o que intuyera que Pedro pudiera dar problemas por algún motivo. En principio ese chico y ese culazo eran lo que estaba buscando.

Al muchacho se le veía tímido, nervioso y sin ninguna experiencia como sumiso ni con hombres maduros, pero ir poco a poco no era problema para el casero, que tenía experiencia en pulir diamantes a partir de mineral en bruto. Lo importante es que el joven era todavía más guapo en persona que en la foto, al menos en su cara delantera; faltaba la inspección visual y táctil de la trasera.

- ¿Has comprendido las normas, chaval?
- Sí, señor.

Sin duda Rubén le había enseñado lo de "señor". El casero sonrió complacido.

- ¿Estás listo para que te pruebe?
- Creo que sí, señor.
- Tienes que estar convencido, nene.
- S... Sí, señor.
- Buen chico. Levántate y acércate.

Pedro se acercó con gran inseguridad y con expresión muy sumisa, lo cual fue muy del agrado del señor de la casa.

- Voy a desnudarte. Tú te vas a portar bien y a dejarte hacer. ¿Entendido, nene?
- Sí, señor.
- Levanta los brazos.

La camiseta de Pedro no tardó en caer al suelo. El casero le ordenó poner los brazos en la nuca mientras le quitaba los zapatos. El muchacho no se atrevió a abrir la boca mientras se imaginaba que a continuación le tocaría el turno a sus vaqueros. No se equivocaba.

La mano experta del casero bajó el pantalón dejando al descubierto un slip ajustado cuya talla era al menos un número más pequeña de lo que correspondía a un joven ancho con un culo casi rollizo. Las nalgas carnosas del joven se veían exuberantes dentro de aquel calzoncillo que no llegaba a cubrirlas, dejando su parte inferior al aire.

El casero miró a Rubén, que le devolvió una sonrisa pícara. Era evidente que Pedro había estado bien asesorado para preparar su entrevista, teniendo un amigo que conocía bien los gustos del señor de la casa. Probablemente aquel slip era del mismo Rubén, que tenía unas caderas bastante más pequeñas.

Muy complacido, su nuevo amo se sentó en el sofá y colocó a Pedro sobre sus rodillas, indicándole que sería una postura muy familiar para él si se mudaba a su piso. El joven no pudo evitar dejar pasar un pequeño gemido al sentir una mano firme palpando su gran trasero voluptuoso, tanto la parte tapada por el minúsculo slip como la desnuda. El casero notó la erección incipiente del joven al verse en posición sumisa; le recordó que pronto le bajaría el calzoncillo y el miembro sobre sus muslos se endureció de manera notable. Su nuevo inquilino era un sumiso nato y estaba encontrando su lugar.

Rubén lucía una amplia y triunfal sonrisa al comprobar su gran acierto; el casero se iba a olvidar muy pronto de los otros posibles candidatos y Pedro iba a recibir el tratamiento que necesitaba y por el que durante los últimos meses tanto había envidiado a su amigo aunque no quisiera reconocerlo. Sus reacciones cuando le había hecho desnudarse para las fotos días atrás le habían dejado pocas dudas al respecto; ni siquiera fue capaz de fingir una pequeña protesta cuando le propuso afeitar su vello más íntimo para gustar más al que podría ser su nuevo amo; disfrutó tanto de colocarse a cuatro patas y de las palmadas suaves que su amigo le propinó durante el afeitado, que este último no pudo menos que ponerlo sobre sus rodillas y darle unos cuantos azotes que servirían para prepararle para los que iba a recibir en su entrevista.

Pedro comenzó a balbucear sonidos ininteligibles mientras su slip bajaba por sus muslos empujado por la mano firme de su casero, que no tardaría en impactar sobre las imponentes nalgas que se exhibían ante la vista del que sería desde ese momento su amo. Rubén se puso cómodo para disfrutar de contemplar aquel castigo tan deseado por ambas partes, con la tranquilidad de quien dejaba su habitación seguro de compensar a su amo por el hueco que provocaba y al mismo tiempo de poner a uno de sus mejores amigos en excelentes manos.